Categoría: Israel

Fuente: Haaretz     23/09/09

 Cuando el primer ministro Benjamín Netanyahu se  sentó el martes pasado frente al presidente de los EE.UU. Barack Obama, quizás se sintió invadido por el amargo recuerdo de los días cuando se desempeñaba como vice ministro de asuntos exteriores de David Levy. Incluso entonces, 17 años atrás, había un presidente americano a quien entretenía la idea de resolver el conflicto israelí-árabe y reflexionaba que este concepto era incompatible con la expansión de los asentamientos.                           

Ese presidente, George Bush, a cuyo nombre se le agregaría más tarde la descripción de “padre,” le avisaba al primer ministro israelí que tenía que elegir entre perceptibles relaciones con los árabes y asistencia americana para ayudar a absorber inmigrantes de la ex Unión Soviética, o estimular el lento progreso de la anexión de los territorios y enredar a Israel en una crisis con el único superpoder del mundo.

Netanyahu estuvo entre aquellos que instaron al entonces primer ministro Yitzhak Shamir a arriesgarlo todo, continuando la construcción en los asentamientos, mientras reclutaba apoyo en el Congreso en el forcejeo por ayuda financiera. Netanyahu recuerda realmente cómo terminó esta historia. Israel perdió las garantías del préstamo que ascendían a 10 billones de dólares, y el Likud perdió el control del poder. Netanyahu pudo el martes haber echado una ojeada al presidente del partido Laborista, Ehud Barak, que fue arrastrado por él a Nueva York, e intentado una sonrisa de satisfacción. En los últimos escenarios de 1992, un desacuerdo con los EE.UU. sobre los asentamientos y el proceso de paz que tomara estado público, era suficiente para derribar a un gobierno en Israel. A fines del 2009 un primer ministro israelí no sufre remordimiento alguno en retornar a casa con las manos vacías luego de una cumbre tripartita con el presidente americano y el líder palestino.¿Quién lo sacará del poder? ¿El ministro de Defensa Barak? ¿Los tres mosqueteros del Meretz? Incluso la opinión pública ha perdido interés y confianza en las negociaciones con los palestinos (del mismo modo que con Siria y el Líbano). ¿Que importa si Obama dijo que ha llegado el momento de impulsar hacia delante el proceso de paz? Su parloteo le causa tanta impresión a Netanyahu como las amenazas  surgidas de los rebeldes del partido Laborista. Benny Begin y el líder del asentamiento Yesha, Pinhas Wallerstein, lo alarman más que ese zurdo de Obama y sus pocos amigos en Israel. Mahmoud Abbas, por su parte, no puede irse satisfecho con una foto del momento en que estrecha la mano del presidente de los EE.UU. Los días de crecimiento de la Organización de Liberación Palestina, ante cada gesto de reconocimiento, hace mucho tiempo que se han ido.Todo día que transcurre sin progreso alguno en poner fin a la ocupación israelí es otro día de celebración de Hamas. Los palestinos en los territorios ocupados, y particularmente en la sitiada Gaza, han aprendido que es imposible comprar mercaderías -mucho menos comprar emancipación- con conferencias de paz.Precisamente para asegurarse que el fracaso de la cumbre afecte a su rival del Fatah, el líder de Hamas en Gaza, Ismail Haniyeh, despachó apresuradamente una carta al Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, en la que expresó su apoyo a un estado palestino dentro de los límites de 1967 con Jerusalén Oriental como capital. Haniyeh sabe incluso que tendría que ocurrir un milagro para que Netanyahu acepte llevar a la mesa negociaciones el tema de Jerusalén.Desgraciadamente, lo que resulta más notorio acerca de la cumbre en Nueva York, es quién no ha estado  allí presente: el campo pacifista israelí que se ha marchitado, y Hamas, que está celebrando.

Traducción: Israel Laubstein