Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 43    (9-09-11)

Diario íntimo de una joven judía (1938-1941)

 Jorge Luis Borges definió, con lucidez clínica, que “llamamos memoria a la última vez que recordamos”. Es así. Más allá de las intenciones o el esfuerzo para rememorar con precisión, el depósito del pasado es evocado, cada vez, de manera imperfecta: los neurólogos coinciden, hoy, en que las imágenes cambian, se acomodan, se transforman en cada ocasión que las traemos al presente. De allí que resulta necesario diferenciar entre introducirse en un texto donde alguien “recuerda”, años después de los hechos, con poder acceder al “testimonio” original de escrituras producidas de manera simultánea con los acontecimientos.

Confieso que tuve que insistir bastante, durante años, para convencer a Erika Blumgrund de publicar este libro. Las resistencias que ofreció son razonables: se trata de su propio “Diario íntimo” en una etapa trascendente para cualquiera de nosotros, la adolescencia. Que transcurre, precisamente, durante el momento más oscuro de la historia humana contemporánea. Finalmente ella accedió y hoy contamos con este impresionante y a la vez emotivo documento sobre los años de la destrucción del judaísmo europeo, pero también de una forma de vida hoy casi olvidada. Y que llega a nosotros a través de los ojos asombrados y perplejos de una artista-niña que, desde muy temprana edad, se reveló como alguien fuera de lo común.

Confesiones de una niña

Es conocida la expresión que suele escucharse en cualquier barrio: “¿Cómo esta señora puede ser una artista, si vive al lado de mi casa?” Lo excepcional coincide con lo cotidiano, lo que tenemos junto a nosotros. Descubrirlo requiere delicadeza en la percepción y posibilidad de discriminar lo esencial de lo accesorio.

Erika Blumgrund es una protagonista de nuestro tiempo histórico, además de poseer exquisita sensibilidad y notables (y múltiples) talentos. Pero, a la vez, es persona pudorosa, de bajo perfil, a la que cuesta extraer información personal porque en su caso, como en muchos otros -aunque ya no son muchos los que pueden atestiguarlo- “recordar” no es sencillo. Siguiendo lo que propone la Torá, existe una dialéctica esencial entre la práctica activa del acto recordatorio y la actitud pasiva de no olvidar. No se puede vivir todo el tiempo recordando, pero tampoco ejercitar el olvido como oficio permanente. Sobre todo, cuando una es sobreviviente de la Shoá.

En su ciudad natal, Bratislava -que en aquel entonces integraba Checoslovaquia, hoy centro de la República Eslovaca- la adolescente Erika presenta talentos poco habituales a su edad. Habla desde niña en cuatro idiomas: húngaro, eslovaco, francés y latín (a los que, con el tiempo, irá sumando alemán, inglés, italiano y varios otros, incluyendo un perfecto castellano desde su llegada a la Argentina en 1948). También estudia danza, dibuja y pinta de manera natural, al mismo tiempo que cursa la escuela de su ciudad y, sobre todo, atraviesa travesuras, inconsciencias, fantasías, desaires, alegrías y temores de cualquier persona de su edad. En esos años, comienza a llevar un Diario íntimo donde, como la mayoría de las adolescentes del mundo, cuenta sobre ella y su circunstancia.

Entre 1938 y 1941 llena cuatro de estos cuadernos con notas, poemas, ilustraciones, peleas rápidamente olvidadas, confesiones sentimentales, desarrollos de la familia y, sobre todo, el momento histórico que la rodeaba, a lo que adicionaba recortes de diarios de la época. Pero había algo más: Erika era una chica judía en Europa central cuando llegó el nazismo. Otros dos cuadernos posteriores fueron enterrados cerca de la casa paterna y jamás pudieron ser recuperados. Estaba en la última etapa de su huída de los gendarmes que finalmente la apresaron, para enviarla al campo de Terezin. Ese increíble y fascinante diario adolescente de época se presenta, en esta edición, con una reproducción puntual y respetuosa del estilo y los dibujos originales.

Transmisión y continuidad

La aparición de este libro es esencial para lo que considero el problema central de los años que estamos viviendo: la continuidad de la transmisión de la Shoá, de la memoria de este horror que está en el centro del mal (y de otros genocidios que los antecedieron y continuaron). Estamos a pocos años de que, por razones biológicas, ya no habrá testigos directos de aquello que ocurrió: víctimas y victimarios habrán desaparecido. En la reciente película alemana “Llegaron los turistas”, el realizador describe su experiencia personal en el Museo de Auschwitz, donde realiza un año de servicio civil. El lugar permanece como intermedio en la excursión a Varsovia: los turistas compran postales, recorren rápidamente las salas y siguen viaje, mientras el único sobreviviente y testigo es desplazado de su función didáctica porque “no tiene formación académica” como para transmitir esa experiencia, que queda en mano de jóvenes y asépticos licenciados en museología, más preocupados por sus amores y vacaciones que por el lugar donde trabajan.

¿Cómo sigue, entonces, esta memoria? A través de material documental, de testimonios grabados y filmados y escritos, de recuerdos y recreaciones. Pero, inevitablemente, este “conocimiento a la segunda potencia” dificulta -difumina- el peso de la historia vivida. Con un desvío peligroso y posible: el del “sobreviviente imaginario”, como lo llamaría el francés Alain Finkelkraut (1989). Aquel que sólo conoce de oídas la cuestión -se la refirió alguien que la escuchó de otro que conoció a un tercero, que atravesó ese espanto pero ya no está- y, a veces, cree sentirse autorizado a juzgar y dar cátedra sobre lo que aquellos protagonistas deberían haber hecho en esa situación.

El texto de Erika Blumgrund posee, entonces, valor histórico y testimonial. El horror avanza a pasos lentos sobre Europa. Hitler comienza su guerra de expansión hacia el este, las primeras medidas antisemitas aparecen en Bratislava: los judíos no están autorizados a circular de noche por las calles, algunos vecinos se alejan de ellos por temor o prejuicios, deben llevar estrellas amarillas que los identifiquen… El genocidio se cierne sobre una población que ni siquiera puede imaginar lo que vendrá.

Pero, al mismo tiempo, la vida cotidiana continúa en el Diario de esta muchacha: regalos y pequeñas fiestas, noviazgos pasajeros o confidencias escolares, amores inocentes, estreno de nuevos vestidos, caprichos, coqueteos, discusiones con padres muy nerviosos a los que ella no puede entender. Con una escritura ágil y atractiva -que permitirá identificarse a cualquier adolescente del mundo de hoy- el texto combina, sin intención previa, un retrato delicioso de época con el horror que se desparrama como mancha de aceite y destruirá ese mundo ideal.

Tal como lo demostrará en su obra poética de adultez, Erika Blumgrund -que además de todo lo anterior, es profesora de gimnasia y modelo publicitario- tiene un enorme respeto por las palabras y un poder de síntesis envidiable. Su mirada -y su escritura- siempre remiten a lo esencial, con palabras precisas y ritmo continuado. No pierde tiempo en desvíos ni digresiones improductivas. Convierte así, a este libro aparentemente voluminoso, en posibilidad de acceder a una lectura que resulta deliciosa y estremecedora, y no podrá abandonarse después de iniciada.

Se trata de un documento inusual, como existen pocos en las abigarradas estanterías de cualquier librería porteña. Me atrevería a decir: imprescindible. Un testimonio para esta época confusa y olvidadiza. 

*Escritor, ex director de la Editorial Mila, director editorial de Acervo  Cultural Editores.

Ficha Técnica

Por los peldaños de la vida

Diario íntimo de una adolescente judía eslovaca (1938-1941)

Erika Blumgrund

Acervo Cultural Editores, 2011