Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 43   (0-09-11)

Chivilcoy 1924-Buenos Aires 2011

 Hemos perdido una voz que dejará un hueco en la cultura argentina. Una voz potente, apasionada, furiosa; una voz que abarcó cincuenta años de debates nacionales y que se propuso discutir sobre los grandes problemas humanos con una visión muy nuestra, de nuestra Patria y de nuestro tiempo.

León Rozitchner fue parte de una generación que se atrevió a enfrentarse, siendo muy joven, con figuras dominantes en la literatura del país, generando corrientes de iconoclastía que renovaron y modificaron el mapa intelectual a la salida del primer peronismo.

Desde las páginas de la ya no solo clásica, sino mítica revista Contorno, en conjunto con un grupo de pensadores brillantes como él, los hermanos Viñas, Noé Jitrik y Oscar Massota, entre otros, desafió los cánones que academia y sociedad consideraban sagrados.

De formación marxista nunca adoptó una mirada dogmática sobre la realidad, al contrario, en audaces intentos propuso incorporar al psicoanálisis a sus abordajes y, si bien laico, nunca olvidó su condición de judío. De perteneciente a una cultura de la que siempre destacó su humanismo y su contenido redentorista.

Tempranamente se preocupó por las cuestiones de la subjetividad cuando este costado de lo humano estaba devaluado frente a posiciones positivistas y cientificistas.

Crítico furibundo de la Iglesia Católica y al método proselitista de su promoción adjudicándoles a la esencia del pensamiento agustiniano las bases perversas que permitieron, o aun generaron, el capitalismo; sistema contra el cual luchó con la pluma, con la palabra y con el cuerpo, pues fue un modelo de lo que se llamó y llamamos un intelectual comprometido.

Enemigo de la guerra y del discurso bélico dedicó textos inolvidables en defensa de la vida, de la solidaridad, del debate fructífero.

Combatió duramente al peronismo primitivo en su costado autoritario y verticalista, pero no vaciló en reconocer los avances sociales logrados en su nombre. Terminó diciendo fui un poco Perón, un poco San Agustín.

Sin abandonar nunca una punzante mirada crítica, no se refugió en el izquierdismo ingenuo desde el cual tantos otros garantizan un lugar seguro y cómodo, una paradójica defensa de status quo cultural. Tan fácil le hubiera sido con la agudeza de ese lenguaje a veces polémico que llegó a dominar. Lejos de eso, tomó posición ante sucesos trascendentes para el rumbo social y político de nuestro país, por ejemplo, para reconocer del gobierno actual, sin ser kirchnerista, los avances políticos y culturales que llevó adelante.

Fue admirador y colaborador activo de la Revolución Cubana a la que, desde una postura de total defensa no titubeó en criticar cuando lo consideró necesario.

Hombre de izquierda sin sectarismos ofrendó su energía, que fue mucha y expresada por todos sus poros, en la afirmada fiebre de combatir por un país mejor, más humano, más amable.

Fue compañero y amigo generando afectos que se hicieron sentir en su despedida, maestro, formador de juventudes, sabio.

Mucho nos enriqueció con la originalidad de un pensamiento creador en el cual integró los legados de Marx y Freud para desarrollar un modo de hacer crítica política y cultural que nos ayudaba siempre a ir más allá de lo evidente. Así, aprendimos a pensar a su manera con libros como Persona y Comunidad (1963), Moral Burguesa y Revolución (1963), Freud y los límites del individualismo burgués (1972), Perón, entre la sangre y el tiempo (1985), Las Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia (1985), La cosa y la Cruz (1997) y El Terror y la Gracia (2003).

Sensual, ubicó al cuerpo como el templo del afecto y la sexualidad, aspectos a los que otorgó fundamental importancia en la construcción de una subjetividad libre de prejuicios, plena en el goce, generadora de derramada abundancia, verdaderamente emancipada. En esa línea destacó a la mujer, a la hembra humana, como la depositaria del placer, del goce, de la alimentación, de la reproducción, de la vida.

Un grande de un ciclo vital extenso, se nos fue a los 87, pero denso, porque no descansó ni un segundo, desplegó sin medida opiniones, diatribas, admoniciones y advertencias. Reconoció errores y afirmó sus convicciones. Nunca abandonó el margen izquierdo ni se tentó con modas editoriales y académicas. Fue uno de los nuestros, un camarada, un compañero, un amigo. Nuestra vida será más pobre sin él, pero está lo escrito, la estela de su aliento, voces que dirán su palabra aun sin saberlo.

Sí, nos quedará un vacío, su presencia irrepetible no estará, pero resonará por largo tiempo su sonora voz hablada por sus textos y por aquellos que pugnan por un mundo mejor.

*Editor del Centro Cultural Floreal Gorini, Director de la Colección Desde la Gente