Categoría: Nacionales

Fuente: El Destape   (19-12-2020)

Reivindicación del relatoCristina sostuvo en su discurso del viernes en La Plata que el triunfo electoral del Frente de Todos fue posible no solamente por la amplia unidad alcanzada, sino, ante todo, por la experiencia de los gobiernos entre 2003 y fines de 2015. La expresión tiene una potencia inusitada. Discute con la interpretación que no solamente predomina entre los enemigos del gobierno sino que permea a muchos de sus integrantes. Es una interpretación del frente como un nuevo comienzo, como una criatura política desconectada de una experiencia popular profunda que no pudo ser borrada por el insulto, el agravio y la persecución sistemática con que los grandes medios, los aparatos del estado y, en general, los poderosos del país intentaron sacarla definitivamente de la escena histórica.

Una experiencia que, además, pudo compararse con los cuatro años que representaron de modo penosamente auténtico el otro proyecto político que funciona en Argentina, el que endeuda, cierra empresas, empobrece a la población, persigue opositores y multiplica la riqueza de sus principales referentes y de sus amigos.

Una vez más aparece la sombra del “relato”. La palabra convoca el consenso en el agravio por parte de toda la política y la intelectualidad “bien pensante”. Desde la caída del muro de Berlín hasta hoy se ha fortalecido aquí y en todo el mundo la idea del “fin de los relatos”. Se presentó inicialmente como el cuestionamiento a la idea de que la historia está predeterminada por “leyes” y rápidamente pasó a ser la exaltación de la libertad absoluta del mercado, de la negación de los derechos del trabajo y de un individualismo de radicalidad hasta entonces desconocida. Es decir, en nombre del fin de los relatos se impuso el relato de las grandes corporaciones económicas y financieras. Después del neoliberalismo de los noventa y del espantoso colapso con el que terminó en 2001, la experiencia de los gobiernos kirchneristas fue reconstruyendo un relato. “Nacional-popular-democrático” se lo llamó. Sin negar sus orígenes doctrinarios en la experiencia peronista, su hoja de ruta interpretativa se enriqueció con la reivindicación de la experiencia popular argentina de los años anteriores –particularmente en la lucha por los derechos humanos- y con la de un conjunto de países del sur de América, a partir del nuevo siglo.

La palabra “relato” reemplazaba así a la palabra “ideología” con la ventaja de disminuir la carga dogmática que ésta había ido adquiriendo en las experiencias populares del siglo XX. Pero rápidamente fue reinterpretada por los dueños del único relato válido en el universo ideológico neoliberal. Así el relato fue rebajado por sus enemigos al rango de “mentira de Estado”, de manipulación, de demagogia, de “chamuyo” que edulcoraba la realidad y la mostraba según las conveniencias del gobierno. Curiosamente el ataque al relato terminó por revelar –con la ayuda de instrumentos novedosos para la lectura crítica del aparato de agitación y propaganda de los poderosos- la existencia de otro relato cuyo soporte estratégico está en la concentración de la propiedad de los grandes medios de comunicación y, más en general, en la concentración de la riqueza.

La lucha política se sostiene inevitablemente en la lucha entre relatos. No es sino la forma orgánica en que se manifiestan las tensiones entre diversos intereses de los seres humanos. El relato es la creación de un sujeto político y una frontera diferencial sobre la base de la articulación de intereses diversos que encuentran un obstáculo histórico en común. Y esa articulación no tiene ningún instrumento más poderoso que la palabra. Si no se vuelve palabra, símbolo, pertenencia espiritual, la política se reduce a un pasatiempo de bien alimentados o a una burocracia que hace negocios (chicos en la mayoría de los casos) mientras hace silencio sobre los negocios grandes. Esa política, por otra parte, es la que practica una parte importante del sistema político. El sistema funciona perfectamente sin el pueblo, o con el pueblo circunstancialmente convocado a elegir en el interior de un “gran acuerdo”, de un gran cártel en el que todo se arregla entre caballeros.

¿Por qué la afirmación de Cristina nos lleva al relato? Porque significa que la sociedad tuvo la oportunidad de reconocer una diferencia profunda de sensibilidades políticas, al tener a sus espaldas las vivencias y experiencias de los dos grandes modos de interpretar el propio país y su relación con el mundo. Estuvo ante un gobierno, el de Macri, que desmanteló sistemáticamente un relato que tenía la forma de asignaciones sociales compensatorias, salarios lo más altos posibles, derechos laborales, sociales, sexuales, identitarios, culturales, sanitarios y simbólicos, a golpes de meritocracia, crueldad clasista y rapidez para los negocios con amigos y familiares. Es cierto que los gobiernos kirchneristas tuvieron muchos problemas y cometieron errores, pero estos solamente pueden ponerse en evidencia contrastándolos de modo exigente con la pública exposición de sus propósitos, con su relato.

La unidad hizo posible la victoria del peronismo y sus aliados, eso es indudable. Y haría bien en no olvidarse que esa unidad nació el mismo día de esa mañana del 18 de mayo del año pasado en la que Cristina lanzó la fórmula política que le daría vida. Pocas horas después los diferentes conciliábulos peronistas detrás de líderes incontaminados por el relato kirchnerista se habían esfumado. Esto es, la capacidad táctica y la generosidad política de la única persona que podía crear la unidad fue la clave de la cuestión. Y por supuesto que esa unidad debe ser sostenida y enriquecida, conteniendo a sus actuales promotores y atrayendo a nuevos actores. La cuestión principal es la brújula, el sentido que construye la unidad. Y también la conciencia de que los antagonismos políticos no son hijos de malentendidos lamentables ya que “hablando se entiende la gente”. Claro que la palabra debe ser usada como un arma poderosa. Y como tal debe servir para remover aquellos obstáculos que no consistan en la pretensión de que la suerte nacional se identifique con la riqueza y el poder de un puñado.

Finalmente fue la propia ex presidenta la que sostuvo hace poco aquella “tercera certeza” que consiste en que el país no saldrá de su atolladero sin un acuerdo amplio entre sectores, políticos, económicos, “mediáticos” y sociales. Sería la idea de convertir el derrumbe del período macrista en la oportunidad para un diálogo político refundacional orientado hacia un proyecto nacional viable para amplísimas mayorías nacionales. Lejos del estancamiento, el relato nacional-popular-democrático se enriquece con giros tácticos y estratégicos de la audacia y generosidad necesarias para salir de esta emergencia. Más allá de los avatares de la pandemia, 2021 será seguramente un año de reactivación de la política: la campaña electoral legislativa ya está en marcha. Es de desear, al mismo tiempo, que los pronósticos de reactivación económica se cumplan. Será un buen ámbito para un debate político intenso y fértil. Y sería muy bueno que ese debate no quede enmarcado en la etapa de persecución política que aún no ha terminado. Sería bueno que el debate tenga lugar sin presos políticos.