Categoría: Nacionales

Fuente: Agencia Paco Urondo    (2-04-2020)

Hace unos cuatro años, en un almuerzo con académicos de la Universidad de Milán, una veterana profesora de Sociología me comentó sobre un viejo amigo, “il compagno Paolo”, un compañero de militancia estudiantil de décadas pasadas. Otro de los presentes, un investigador algo más joven (preservo los nombres de ambos por lógicas razones) aclaró: “el compagno es Paolo Rocca, hace años que le digo que no es más un compañero, pero ella lo sigue viendo así”.

El hombre explicó que ambos habían sido militantes de Lotta Continua (Lucha Continua), una organización de izquierda radical surgida a fines de los 60 en Italia, y que Paolo Rocca había sido uno de sus miembros destacados en el grupo milanés. “Incluso lo nombran en un libro, que habla de cuando lo enviaron a militar en Sicilia porque la mafia había acabado con nuestra agrupación en Palermo”.

Paolo Rocca, claro está, es el principal accionista y CEO de Techint, la multinacional que está en boca de todos por haber despedido a más de 1400 trabajadores a pesar de la emergencia por el coronavirus (o aprovechándola) y que fue objeto de la frase del presidente Alberto Fernández advirtiendo a los “muchachos” que esta vez deberían “ganar menos”. Tratándose de uno de los conglomerados empresarios más importantes del país, la actitud de la empresa no es un detalle de la situación crítica que atravesamos, sino más bien la punta del iceberg de una resistencia cada vez más abierta a la supuesta contradicción entre la salud pública y la salud de la economía, como intentan instalar desde los medios que responden habitualmente a la ideología neoliberal. La actitud de Rocca y, poco después, de Nicky “hermano del alma” Caputo fueron el puntapié inicial que después se reflejó, a partir de la respuesta presidencial, en el fogoneo del cacerolazo antipolítica.

Paolo Rocca y sus compañeros de ruta tienen bastante claro que no se trata solo de ganar un poco menos, sino de una disputa estratégica sobre el futuro de la economía y la relación entre el gran empresariado y el Estado. Tal como cuando militaba en Lotta Continua, en las lejanas épocas en que pensaba y actuaba desde las antípodas de su actual posición como el máximo magnate del país. Y, claro está, hace rato que no es un muchacho.

Sin embargo, como bien recuerda la anciana socióloga italiana, Paolo Rocca alguna vez fue un muchacho, y los muchachos de fines de los años 60 y principios de los 70 protagonizaron una ola de radicalidad política en la que proponían que los capitalistas no solo no deberían despedir ni ganar más o ganar menos, sino que debían ser expropiados y sus empresas colectivizadas a manos de la clase obrera. Aunque se cuida muy bien de ocultarlo, el capo máximo del grupo Techint era uno de esos jóvenes revolucionarios, un militante clandestino de la organización Lotta Continua en la convulsionada Italia que, después del agitado año 68, vio surgir una ola de extrema izquierda en la que dicha agrupación convivió con otros grupos internacionalmente más notorios como las Brigadas Rojas. El 68 italiano, menos famoso y romantizado que el Mayo francés, duró más tiempo y fue más violento: de las asambleas estudiantiles saltó a un poderoso movimiento obrero y surgieron organizaciones radicalizadas como la Autonomía Obrera (uno de cuyos referentes fue Toni Negri) y las Brigadas Rojas. Lotta Continua fue una corriente intermedia, con una perspectiva obrerista, crítica de la línea del histórico Partido Comunista Italiano –que estaba virando hacia el “eurocomunismo”– y del comunismo soviético pero, al mismo tiempo, con una estructura clandestina que, si bien no se dedicó sistemáticamente a la lucha armada, tampoco la rehuía. Su líder, Adriano Sofri, terminó años después cumpliendo una extensa condena por el asesinato (sin que se haya probado del todo su responsabilidad) de un comisario famoso por las torturas y asesinatos de militantes de izquierda. 

El libro que mi amigo investigador mencionó y en el que se consigna el dato de la militancia de Rocca es del periodista Aldo Cazzuolo. Irónicamente, hace alusión a “los muchachos” en su título: I ragazzi che volevano fare la rivoluzione (Los muchachos que querían hacer la revolución, 1). Paolo Rocca, en efecto, aparece nombrado brevemente en el caso de Sicilia, en que la mafia hacía muy dificultosa y peligrosa la militancia de la izquierda y, para las organizaciones revolucionarias que se desempeñaban en la ilegalidad, era una competencia directa. Il compagno Paolo fue enviado desde Milán para ayudar a un dirigente local, Vincenzo Gallo, a construir el aparato de LC en la ciudad de Gela, en la costa sur siciliana. Piqueteaban las puertas de las fábricas a las 5 de la mañana, reclutaban obreros industriales y desocupados para la militancia revolucionaria, participaban de manifestaciones y se enfrentaban con la policía. En ese activismo por la dictadura del proletariado, el joven Paolo debió bregar con el dominio de la Cosa Nostra en la zona y con la fuerza represiva del Estado. Una experiencia que seguramente le habrá sido útil cuando, décadas más tarde y del otro lado del Atlántico, superados los pecados de juventud, asumió la dirección de la gran empresa familiar. Haber vivido las vicisitudes de la lucha obrera es un conocimiento precioso para un capitalista, y lidiar con la mafia siciliana un buen aprendizaje para relacionarse con un descendiente de calabreses que logró llegar a la presidencia argentina.

Paolo ya no es más un muchacho y, por supuesto, tampoco un compagno, para decepción de la anciana profesora milanesa. Ahora participa activamente de otra lucha continua, la lucha por descargar las pérdidas –o la disminución de las ganancias– en las abrumadas espaldas de los obreros argentinos y las exhaustas arcas del Estado.


(1) Aldo Cazzullo, I ragazzi che volevano fare la rivoluzione. 1968-1978: storia di Lotta Continua, Milano: Mondadori, 2015.

(*) Andrés Ruggeri es antropólogo social, investigador y docente en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ). En la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA dirige el programa Facultad Abierta, que vincula al mundo académico con el de las empresas recuperadas. Es también director de la revista Autogestión para otra economía, órgano de comunicación de las empresas autogestionadas argentinas. 

(Foto principal: agencia Télam)