Categoría: Nacionales

Fuente: Nuestras Voces       (20-01-2019)
 
Publicado originalmente en El Dipló

Es posible el bolsonarismo en Argentina? Para responder una pregunta de este tipo, el análisis de los cambios políticos y económicos necesita prestar atención a las transformaciones culturales. Los cambios de gobierno, de orientación, la implementación de medidas o el despliegue de discursos que en otros contextos parecían imposibles, dan cuenta de modificaciones que operan en las profundidades de la vida social. Y pueden debatirse las causas.

El giro a la derecha, o incluso a la ultraderecha, que se vive en diferentes lugares del mundo es explicado por distintas teorías. Unas colocan el énfasis en los medios masivos, las redes sociales, las conspiraciones o la crueldad de los poderosos. Otras, denuncian a todos los humanismos y sostienen que las sociedades siempre han sido y siempre serán jerárquicas, conservadoras y reaccionarias. No hay esperanza en el ser humano que sea realista. Estos enfoques tan opuestos tienen una sola cosa en común: no colocan el énfasis en el conflicto social, en las disputas por el sentido común, en la construcción de hegemonías.

Vamos a detenernos en ciertos aspectos de la sociedad argentina, teniendo presente como tensión comparativa el surgimiento del bolsonarismo en Brasil. En el país vecino puede escucharse la opinión de que Bolsonaro fracasará rápidamente y que será un episodio olvidable en la historia brasileña. Más allá de las similitudes con el análisis político hecho sólo a partir de expresiones de deseo a fines de 2015 en Argentina, nos interesa subrayar aquí otra cosa. Mientras en el plano de las superestructuras efectivamente puede haber tanto cambios rápidos, figuras fugaces como otras mucho más perdurables, los cambios en las profundidades de lo social se relacionan con procesos más persistentes, de largo alcance.

Podríamos preguntarnos si una sociedad que logra avanzar en reducir la xenofobia, la desigualdad de género, la libre orientación sexual, y el racismo contra los pueblos originarios puede de pronto retroceder. La experiencia histórica muestra que claramente no existe un proceso continuo de avance desde una época de mayor desigualdad hacia otra de menor desigualdad. No sólo hay avances y retrocesos, hay también retrocesos brutales, duraderos y de grandes consecuencias. Ahora, lo que es seguro es que ese cambio no se produce “de pronto”, de la nada. Por ejemplo, en el brillante análisis de los orígenes del nazismo, Norbert Elías muestra cómo toda una serie de elementos (machismo, idea de superioridad, violencia social, etc.) estaban presentes hacía mucho tiempo en Alemania.

En el año 2011 hicimos una encuesta sobre creencias, valores y prácticas en relación a percepciones de diferencias de clase, de género, étnicas y raciales, cuyos resultados publicamos en los años siguientes, pero pasaron algo desapercibidos (1). Sintéticamente, mostrábamos (con validez estadística para la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires) que aproximadamente un tercio de la población era abiertamente misógino, homofóbico, racista, clasista y xenófobo. ¿Cómo lo sabíamos? Habíamos hecho preguntas acerca de si le molestaría que su hijo se casara con personas de bajos ingresos, con migrantes limítrofes, con alguien del mismo sexo. Habíamos preguntado si le molestaría vivir en la misma cuadra con judíos, travestis o bolivianos. Habíamos preguntado si creían que, en situaciones de crisis, había que dar prioridad en el acceso al empleo a los varones. Y toda una batería de preguntas en buena medida estandarizadas a nivel internacional.

Si en la mayoría de los casos los encuestados responden de modo no discriminatorio, puede plantearse un cierto alivio. Pero esa sensación puede ser equivocada. En la sociedad existe la noción de lo que es políticamente correcto. Los cientos de miles de argentinos que insultan a negros y gays todos los domingos en los estadios de fútbol no se comportan del mismo modo en otros contextos. Los periodistas, dirigentes sociales o académicos que lo hacen, no lo dicen en sus artículos ni en los discursos públicos. Es evidente que los sentidos comunes de la discriminación se explicitan o no según los contextos. Que más de un tercio no quiera que sus hijos se casen con inmigrantes limítrofes, o más de un cuarto explicite que en situaciones de escasez de empleo los hombres sí deben tener prioridad frente a las mujeres, debe considerarse un piso.

Cuando es detectada una minoría significativa cuyas opiniones están en contra de ideas básicas de igualdad entre los seres humanos, más que alivio por el carácter minoritario debería generar preocupación por su carácter significativo. Y ello en virtud de dos razones: por un lado, en ciertos contextos históricos las minorías se convierten en mayorías; por otro, una encuesta no capta el poder social efectivo de esas minorías.

Detectamos además que los habitantes de las villas concitan tanta o más discriminación que los inmigrantes, aunque ambos niveles son altos. El rechazo al casamiento de los hijos con personas del mismo sexo, un tema presente en las noticias y el debate actual, es factible que en lugar de ser “inimaginable” provoque escozor y por ello reúna un mayor rechazo explícito. También mostramos que la vida y la muerte de las personas son valoradas de modo desigual. Todos somos iguales en un plano muy abstracto, pero mientras un asesinato político en la frontera con la Capital puede producir una crisis política, algo similar en una provincia periférica puede pasar desapercibido.

Esta información y otra análoga tienen mucha importancia para comprender cómo se desarrollaron ciertos procesos sociales junto a sus correlatos políticos. Cuando hicimos la encuesta hacía varios años que no había políticas xenófobas desde el gobierno nacional. Sin embargo, detectábamos un racismo social profundo y persistente. Se había aprobado ya el matrimonio igualitario, pero en la encuesta se evidenció la persistencia de un núcleo homofóbico. Había habido varios avances legislativos en dirección a la paridad de género. No obstante, el rechazo a la igualdad entre varones y mujeres estaba presente mucho antes de la emergencia de los pañuelos celestes (que identifican a quienes se oponen al aborto legal).

Así y todo, las características específicas de las batallas sobre esa ley marcan una tensión creciente. Por una parte, la marea verde es un fenómeno que ha cambiado y cambiará a sectores muy relevantes de los jóvenes y de la población en general. Por otra, el surgimiento de los pañuelos celestes está lejos de ser un fenómeno pasajero. Y su lenguaje y el de varios diputados y referentes en el transcurso del debate legislativo han dado señales de alarma que no están siendo leídas adecuadamente.

Se considera irrelevante el nivel de agresividad alcanzado por algunos celestes porque son sólo una parte, porque serían los conservadores de siempre, o cosas por el estilo. Ese menosprecio de los microfascismos y esa aceptación de afirmaciones inaceptables en una cultura democrática conforman un típico error de etapas previas al crecimiento de estos procesos.

Hay una babyetchecoparización de sectores de la esfera pública. Incluso, Baby Etchecopar se está radicalizando y otros personajes se suman a las cruzadas contra choriplaneros, negros, villeros y también kirchneristas. En varios países de América Latina hay un renacimiento del macartismo contra los militantes o supuestos adherentes al correismo, petismo, kirchnerismo, etc.

Aquí Agustín Laje y Nicolás Márquez publican un libro titulado El libro negro de la nueva izquierda: ideología de género o subversión cultural. En Brasil Olavo de Carvalho afirma que el ascenso de Bolsonaro “no será sólo una derrota” del PT y las organizaciones sociales, sino “su total destrucción en tanto grupos, en tanto organizaciones y hasta en tanto individuos”. Si no es el anuncio de una noche de los cristales rotos, se le parece bastante.

La autopercepción de clase

Muchas veces se argumenta que el crecimiento de las clases medias durante gobiernos progresistas llevó a que éstas giraran a la derecha y votaran en contra de las fuerzas que las habían favorecido. Sin embargo, en primer lugar, ni en Estados Unidos, ni en Gran Bretaña, ni en Italia, el giro a la derecha fue precedido por procesos redistributivos. En segundo lugar, las subjetividades culturales y políticas son bastante más complejas que esta teoría.

Hay que distinguir entre las concepciones sociológicas objetivas de las clases medias, por tipo de empleo, nivel educativo o niveles de ingresos, por un lado, y las autopercepciones de clase por el otro. Estas últimas se refieren a las percepciones subjetivas que las personas o grupos pueden tener respecto de su propia posición o pertenencia de clase.

Mientras en los análisis sociológicos objetivistas cada persona o familia es parte de una clase o estrato, en las visiones subjetivas hay dos diferencias cruciales. Primero, las personas utilizan otros elementos para considerarse o no a sí mismas dentro de una clase: tener o no un trabajo, el cambio en la calidad del trabajo, en la calidad de la vivienda, en la propiedad de la misma, en la asistencia de su hijo a la universidad, en la posibilidad de irse de vacaciones, aunque sean modestas. Segundo, mientras que para el objetivismo cada persona sólo puede pertenecer a una clase, para ellas mismas se puede pertenecer a dos o más clases en simultáneo. En tanto “clase alta” y “clase baja” se presentan siempre como términos mutuamente excluyentes para la gente, “trabajadores” y “clases medias” no siempre lo son. Al menos no en todas las sociedades, ni para todos sus miembros.

Según la visión más tradicional (todavía con peso político), sólo los profesionales, pequeños comerciantes y agricultores, son clases medias. Quizás también lo sean los trabajadores de cuello blanco. Los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) acerca del sentimiento de pertenencia a la clase media baja y a la clase media en América Latina son muy relevantes. Para las mediciones del Latinobarómetro, en 18 países el 26% se consideraba a sí mismo de la “clase baja”, el 31% de la “clase media baja” y el 38% de la “clase media”. Es imposible construir una estrategia política adecuada sin tener en cuenta estas autopercepciones de los sentimientos de pertenencia de la población.

En el lenguaje coloquial de diversas sociedades, el término “clase media” es utilizado de un modo muy distante al de la sociología objetivista, y al de las fuerzas políticas que no han tomado nota de este cambio cultural. Puede haber personas que si consiguen trabajos fijos, si obtienen una vivienda, si adquieren una moto o si su hijo concurre a la universidad dejen de considerarse parte del nivel social más bajo. Por lo tanto, no son “clase baja”, sino “clase media baja”. Esto incluye a gran parte de los trabajadores sindicalizados. Hay otros muchos trabajadores que se consideran, por su parte, miembros de la clase media a secas.

Cuando las personas modifican su visión sobre su propia posición en la estructura social es probable que tengan nuevas demandas, que puedan adherir a otros valores y modificar sus posiciones políticas. Lo que no se puede es predecir si ese cambio se orientará hacia la izquierda o hacia la derecha. No hay automatismo social. Es tan falso que el ser humano sea ontológicamente bondadoso como maligno. Es también falso que todo cambio social produzca un único y previsible cambio político. El hecho de que una sociedad sea más egoísta o solidaria, autoritaria o democrática, más o menos respetuosa de la diversidad depende, sobre todo, de luchas culturales y políticas nunca saldadas de una vez para siempre.



Las fuentes de los gráficos se encuentran en los artículos mencionados en la nota al pie.

Alejandro Grimson, “Percepciones sociales de la desigualdad, la distribución y la redistribución de ingresos”,  Revista Laboratorio, Año 15, N° 26, 2014-2015, y “El sentido común de la discriminación”, Revista Ensambles, Año I, N° 1, primavera de 2014, Dossier, pp. 37-56.

Este artículo forma parte de la edición especial editada junto con el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín: Anatomía del neoliberalismoente: Nuestras Voces     (20-01-2019)