Categoría: Nacionales

Fuente: Nuestras Voces     (31-08-2018)

El bombo con la inscripción “La Banda de Karakachoff-Regional La Plata” -en memoria del dirigente estudiantil y fundador de la Franja Morada, la pata estudiantil de la UCR- tiró por la borda en un segundo el término “kirchnero-troskista” que acuñó el ministro de Educación, Alejandro Finocchiaro, con el objetivo de deslegitimar el reclamo por las universidades públicas.

Nadie diría que un gran grupo de estudiantes que se concentraba en la intersección de las Avenidas Rivadavia y Callao, integrantes del partido radical —y parte de la alianza de Cambiemos— estaba allí por orden de algún dirigente peronista o de izquierda.

Y es que ni el intento de Finocchiario, ni el panfleto con números falsos que circuló por las redes sociales, ni la frase de Marcos Peña que aseguraba que en los tres años de gestión “se duplicó el presupuesto en la educación”, ni la invisibilización por parte de los medios monopólicos, ni la improvisada reunión entre algunos rectores y el Presidente, ni siquiera el frío, el viento y la terrible lluvia pudieron frenar la enorme movilización en defensa de las universidades públicas. Fue en un día signado por la locura, el pánico y la disparada del dólar que cerró casi a 40 pesos.

Más de 350 mil personas colmaron la Plaza el día que el gobierno tocó fondo, desconcertado, evidenciando que ni siquiera el acuerdo con el FMI alcanzó para contender a los rapaces del mercado, que en realidad son ellos mismos especulando con sus dólares afuera.

Entonces la marcha en defensa de la Universidad Pública, aquella que están desfinanciando, se volvió también un grito multitudinario en contra del fuerte ajuste generalizado. Al pañuelo verde por la legalización del aborto y al naranja por la separación de la Iglesia del Estado, se sumó en la tarde de ayer el pañuelo azul con la inscripción :“En defensa de la educación pública”.

En la esquina de Bartolomé Mitre y Callao, donde funciona la Universidad Nacional de las Artes (UNA) un grupo de la carrera de Folklore, entonaba entre charangos y flautas: “Al Gato que está en la Rosada y sus ladrones, no le importa el pueblo ni sus valores/ Las universidades están marchando, y al Gato en la Rosada acorralando; A nuestras facultades están vaciando/tenemos que dar lucha, seguir peleando/Nosotros en las calles damos la lucha/a ver si este gobierno por fin escucha”.

Miles de pibes, jóvenes y adultos de distintas procedencias y distintas clases sociales, muchos de los cuales ya vienen de generaciones universitarias, pero sobre todo los  que son la primera generación fueron llegando desde distintas partes del conurbano bonaerense. Como Rodrigo, que estudia Comunicación en la Universidad Nacional de La Matanza y que todavía se acuerda cuando tuvo que subir al techo del almacén de sus padres en 2001, en Rafael Castillo, para que no los saqueen. “Gracias a la universidad soy la primera persona de mi familia que puedo acceder a la universidad y eso es realmente algo que no tiene precio. Y puedo asistir a esta universidad porque es gratuita y sobre todo porque es cerca de mi casa. Viajar casi dos horas a la UBA para mí no era una posibilidad, no entraba en la configuración porque tenía que trabajar. La tarea que cumplen las universidades del conurbano más allá de que algunos piensan que sobran, son fundamentales porque es la institución que más te transforma”.

Por eso aquella recordada frase que dijo María Eugenia Vidal hace un par de meses, que “nadie que nace en Argentina en la pobreza llega a la Universidad” contrasta con los cientos y cientos de Rodrigos que marcharon a Plaza de Mayo pero en cada rincón del país.

La lluvia que caía como una ducha no daba respiro. Los techos de los locales y los bares funcionaban como refugio de los miles que iban llegando y que querían decir presente, porque sabían lo importante que era ser miles. Como Cecilia, docente de la Universidad Nacional Arturo Jaureche, de Florencio Varela, que contó preocupada que la universidad tiene presupuesto hasta octubre. O Fabiana y Nadia, de Merlo, maestras de nivel inicial que con una bandera Argentina quisieron acompañar la lucha porque están convencidas que “la educación pública es la base de un país y trasciende cualquier pertenencia partidaria”.  O Edna, Guadalupe y Ludmila, tres amigas que se conocieron hace un par de años en primer año de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires y que hoy ya cursan su último cuatrimestre—aún en suspenso—que llegaron juntas y bajo un paraguas gritaban que “la educación es un derecho y no un privilegio”.

Con banderas de diferentes carreras de las más variopintas universidades y facultades; con pecheras de sindicatos—no solo educativos— y de centros de estudiantes; la comunidad educativa y científica—muchos académicos e investigadores del Conicet— marchaba formando columnas que colmaban cuadras y cuadras con un frío que penetraba hondo, con el sonido de fondo de los bombos que emocionaban, sobre todo, cuando a las 6 de la tarde un nítido arcoíris asomaba en medio de ese cielo de color negro.

Y es que el conflicto casi inédito entró en su cuarta semana de conflicto, donde 57 universidades nacionales no comenzaron o comenzaron parcialmente el segundo cuatrimestre, tras rechazar el magro ofrecimiento de la paritaria por parte del gobierno—un 15% de aumento—y sobre todo por el recorte presupuestario. Un recorte que implica, sobre todo, que a partir del mes de septiembre y octubre ya no tengan con qué pagar el salario a los docentes. Pero además, el recorte ya está produciendo el cierre de programas, de becas, de cátedras, de proyectos, de actividades.

Esta situación retrotrae a los peores fantasmas, a los del 2001, cuando el FMI también exigió ajustar en las universidades. Así lo recuerda Belén Sotelo, Secretaria de Finanzas de Feduba, el sindicato de docentes de la UBA. “El otro día me acordaba que cuando entré a la Facultad en el 2001 teníamos clases en el parque centenario, se venía todo abajo y me acuerdo que habíamos decidido ir a hacer una clase publica al Village Recoleta todos vestidos de negro porque la intención era llevar el conflicto a otros lugares. Entonces sin dudas creo que hay un paralelismo en el nivel de conflictividad que tenemos hoy con ese momento. Volvimos dieciséis años atrás. Siempre hubo conflictos en la universidad pero no hubo conflictos tan en retroceso. Digo, siempre era ir por más, en cambio ahora discutimos ajuste como lo hacíamos en ese momento. Justamente está circulando por las redes sociales una imagen que dice ´Se despierta el gigante´, por las universidades, y hace referencia a cuando López Murphy era ministro en 2001 y anunció un recorte del 13% a la universidad y salió toda la universidad a la calle y López Murphy duró 10 días más”.

El gigante parece haber despertado. Ese gigante que sabe de pelea, que sabe de lucha, que sabe de defender sus derechos. Que no va a dejarse soslayar ni permitir que un Gobierno quiera aplastarlo. Un cartel pegado en una de las paredes del perímetro del Congreso decía: “Sin educación pública, el futuro es de unos pocos”. En 2019, el 40 por ciento el electorado va a ser menor de 30 años. Son el futuro y no van a rifarlo.