Categoría: Nacionales

Fuente: Nuestras Voces     (11-06-2017)

El vínculo entre padres e hijos supone una vasta cantidad de experiencias que van del amor al odio, del elogio al desprecio, de la continuidad a la ruptura. Miguel Braun, actual Secretario de Comercio, y Alejandro Rozitchner, el “pensador” de la derecha argentina, comparten la virtud de haber mancillado el apellido de sus progenitores. Mauricio Macri, Horacio Verbitsky, Juan Abal Medina y María Victoria Walsh se agrupan dentro de los que, con matices, eligieron continuar el legado paterno.

También están los que se rebelaron a la pesada herencia del nombre: Liborio Justo –hijo del General Agustín Pedro Justo–, Juan Carlos Alsogaray o Mariana D –hija de Etchecolatz–, son ejemplos de esto.

Alejandro Rozitchner, el “pensador” de la derecha argentina, siempre ha sido un enigma para quienes conocieron a su padre. Todavía cuando León estaba vivo, y su vástago hacía alguna de sus primeras incursiones mediáticas, el autor de “Freud y los límites del individualismo burgués” sólo atinaba a decir, con un dejo de encogimiento, que su hijo Alejandro era simplemente un “potz”. La sintética –y para muchos incomprensible–definición de León obligaba a sus receptores a reclamar una traducción, a la cual sistemáticamente se negaba, justificándose en la imposibilidad de traicionar/ traducir una lengua.

El vínculo de las madres y de los padres con su descendencia ha supuesto una infinita gama de prototipos que han conocido experiencias que van del amor al odio, del elogio al desprecio y de la sobreprotección al desamparo. El linaje no posee continuidades garantizadas: la tradición psicoanalítica afirma que el crecimiento y la autonomía de los sujetos requieren de una separación con los progenitores capaz de permitir la construcción de una personalidad independiente. La ruptura con las madres y los padres permite a los herederos construir un camino propio, una subjetividad desligada de imposiciones, y un sendero alejado de marcas previsibles.

El curioso caso de Alejandro puede ser asociado al de Miguel Braun, actual Secretario de Comercio de la Nación, cuyo padre fue Oscar Braun, economista heterodoxo ligado al peronismo revolucionario de los ´70, autor de “Comercio Internacional e Imperialismo”, fallecido en Holanda en 1981. La prematura muerte de Oscar, a los 41 años lo resguardó –sin dudas– de la turbación sufrida por León Rozitchner los últimos años de su vida.

Rebelión de los herederos

Para regocijo de la activa justicia poética, también abundan casos, en nuestra historia, que están en las antípodas de Alejandro Rozitchner: el General Agustín Pedro Justo, que fue protagonista del golpe de 1930 contra el presidente Hipólito Yrigoyen, tuvo que cohabitar con su vástago rebelde y trotskista, llamado Liborio, que utilizó a lo largo de su vida política e intelectual los seudónimos de Quebracho, Agustín Bernal y Lobadón Garra. En 1936, en ocasión de la visita del presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, a nuestro país, mientras su padre cumplía con las galas de recepción en el Congreso Nacional, Liborio gritó –para sorpresa de todos los presentes e indignación de su padre– , “Muera el Imperialismo Yanqui”.

Otro de los casos de madres/padres e hijos opuestos por el vértice ideológico, y atravesados además por el genocidio de los años setenta, es el de Julio Alsogaray, quien participó de la frustrada asonada del general Benjamin Menéndez contra Perón en 1951 y posteriormente del golpe contra Arturo Illia en 1966. Su hijo Juan Carlos Alsogaray, alias “Lalo”, o “teniente Manolo”, devino en militante montonero y fue ejecutado el 23 de febrero de 1976 por el Comando de Operaciones Policiales, en Burruyacú, provincia de Tucumán. El caso de la hija del represor Miguel Osvaldo Etchecolatz, difundido por la revista Anfibia en las últimas semanas, responde a la inmemorial versión de que los hijos pueden llegar a ser versiones mejoradas de sus progenitores. Mariana D –así se presentó la hija de Etchecolatz–, sustituyó su apellido por otro, ante la posibilidad de ser asociada con la crueldad perversa de su padre, y decidió compartir la marcha de repudio al dictamen de la Corte Suprema, sumándose a cientos de miles de ciudadanos indignados por la intentona de impunidad.

Lo que no se hereda se mama

También han existido modelos de equilibrio y compensación biográfica, que someten a su descendencia a un ejercicio de coherencia y continuidad. Tanto para reproducir el sendero de la malevolencia como para consagrar y celebrar maternidades y paternidades sublimes: el actual presidente Mauricio Macri es una reverberación actualizada –“tuneada” por el marketing posmoderno–, de un padre que supo prosperar a la vera de los golpes de estado, pero que logró su consagración corporativa bajo la protección de la dictadura de los años ´70, cuando el programa neoliberal genocida cumplimentaba sus tareas de exclusión y disciplinamiento social. El caso de Julio Argento Roca puede agruparse en este conglomerado de coherencias ruines, sugeridas por acérrimos mandatos familiares: su hijo, Julio Argentino Pascual Roca, alias “Julito” fue el encargado de darle continuidad al sometimiento de nuestro país al imperio británico, mediante el afamado pacto “Roca-Runciman”.

Los recorridos sinuosos también ofrecen ejemplos de imitación, plagio o rutina: Juan Abal Medina (hijo) se ha esmerado en los dos últimos años en imitar el derrotero diagonal de su padre. Este último creció políticamente a la luz un título de nobleza militante, sostenido por su mítico hermano, Fernando, quien se inició en la militancia revolucionaria como integrante del Comando “Camilo Torres”. Juan Manuel (padre) se convirtió décadas después en un influyente consultor del multimillonario mexicano Carlos Slim. El actual senador, por su parte, continúa el sendero paterno al funcionar como furgón de cola de los sectores monopólicos de la economía argentina.

En las antípodas de estas continuidades, aparecen quienes han sido coherentes con senderos marcados por la ausencia de vacilaciones y flaquezas. Bernardo Verbitsky fue un escritor que dejó constancia de la desolación de una época marcada por el crecimiento geométrico de la miseria y la exclusión. Acuñó los términos de “villa miseria” para denotar el sufrimiento social de quienes eran marginados al desván de la civilización mientras sectores minoritarios disfrutaban de la acumulación de riqueza que América Latina proveía, producto del trabajo de sus pueblos. Horacio, “El Perro” continuó con su mismo sendero de decencias, comprometido con el ejercicio periodístico ligado a la memoria y la verdad. Rodolfo Walsh, quien fuera uno de sus maestros, ha dejado testimonio con la carta a su hija María Victoria “Viky” –escrita al enterarse de su muerte– de otro de los ejemplos de contigüidad paterno-filial. En esa carta retórica, Rodolfo escribe, en tono profético: “Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa, pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad”.

Matar al padre

Padres e hijos es una novela del escritor ruso Iván Turgeniev publicado originalmente en 1862 en el que se hacen referencias a las disputas intergeneracionales y a las diferentes formas que toman estos conflictos y desavenencias. Una de las formas de dicho enfrentamiento es la que Freud refiere como “la matanza del padre”, ejercicio simbólico –y no material— orientado a lograr la autonomía subjetiva. El caso de Alejandro Rozitchner parece ser un ejemplo desvirtuado de quien, cegado por la relevancia de su padre, elige la figuración a cualquier precio, incluso a costa de mancillar un apellido que siempre ofrendó sus energías al servicio de toda forma de subalternidad y sensibilidad.

En uno de los “Diálogos de Platón” se hace referencia al debate entre Sócrates y Eutifrón. Este último se enorgullece porque ha sido capaz de denunciar a su propio padre ante la justicia de Atenas, lo que Sócrates caracteriza como una indudable falta de piedad, rayana en la crueldad. Alejandro viene desde hace años transformándose en Eutifrón. Parece que se tomó demasiado literalmente la metáfora freudiana de la “muerte del padre”.