Categoría: Nacionales

Fuente: Miradas al Sur      (4-10-09)

El accionar de la corporaciòn es un ejemplo de la nueva economía global, donde las trasnacionales tratan de marcarle el pulso a los estados débiles.

 El saber popular dice que una vez puede ser por casualidad, dos por accidente pero que tres, sin dudas, marcan una tendencia. Desde 2004, Kraft Foods –el segundo grupo alimentario más grande del mundo– puso en marcha un plan de despidos que afectaría a 10.000 empleados y el cierre de veinte fábricas en todo el mundo. Trabajadores de España, Venezuela y Colombia se movilizaron para defender sus fuentes laborales y, un año después, el sindicato de la alimentación de Bogotá –Sinaltrainal– denunció que la corporación se deshizo de decenas de trabajadores por haberse sindicalizado o reclamar por sus derechos. Treinta de ellos, además, fueron encerrados en un comedor para obligarlos a firmar sus renuncias y más tarde terminaron reprimidos por la Policía Nacional, en una situación casi calcada a la que sucedió recientemente en la planta bonaerense de Pacheco.

La política de Kraft Foods en la Argentina, entonces, más que una acción aislada parece ser un modus operandi, una política empresarial que nada tiene que ver con su rentabilidad: en la primera mitad del año –según información oficial publicada el pasado 4 de agosto–, ganó 1.487 millones de dólares, lo que supone un aumento del 10,6 por ciento respecto de 2008. Un dato más revela que el problema no tiene que ver con las finanzas de la firma: cualquiera de los 162 despedidos de la planta de Pacheco debería trabajar unos 280 años para obtener lo que gana en un solo mes Irene Rosenfeld, la CEO de la corporación que vive en Illinois, donde se encuentra la sede central de la compañía.

El accionar de la corporación, en verdad, no es otra cosa que el reflejo de un nuevo tipo de economía global donde las grandes trasnacionales les marcan el pulso económico, social y legal a los Estados débiles, excesivamente dependientes de las inversiones que provengan del extranjero. No por nada, una de las primeras reacciones de los ejecutivos de Kraft cuando estalló el conflicto fue amenazar al Gobierno con el cierre de las tres plantas que la empresa tiene en el país. Las economías nacionales están tan necesitadas de divisas que las dirigencias nacionales, muchas veces, terminan aceptando las reglas de juego que imponen las grandes firmas.

“El poder normativo de los Estados-nación fue socavado casi por completo –escribió el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en La Sociedad Sitiada–. Las empresas (y particularmente las grandes empresas, las que verdaderamente importan cuando se trata de equilibrar las cuentas del Estado y asegurar la vida de los sujetos) apostaron, y con éxito, a independizarse de la soberanía estatal.”ara tener una idea del poder que tienen estas corporaciones, basta señalar que de las cien economías más fuertes del mundo, 51 corresponden a multinacionales, mientras que 49 a la que desarrollan los países. No por nada, el Premio Nobel de Economía, Joseph Stligtz, imploró acotar el poder de a las trasnacionales.

“Las corporaciones son mucho más que suministradoras de los productos que todos necesitamos –señala la periodista canadiense Naomi Klein en No Logo, esa especie de Biblia que enarbolan los movimientos de resistencia global–; también son las fuerzas políticas más poderosas de nuestra época. Ahora ya conocemos todas las estadísticas: sabemos que empresas como Shell y Wal Mart tienen presupuestos superiores al producto bruto interno de la mayoría de los países. Hemos leído (u oído) que un puñado de ejecutivos poderosos escriben las reglas que gobiernan la economía global”.

No se trata sólo de las amenazas extorsivas de las corporaciones a países tercermundistas. A veces ni siquiera las necesitan. Por ejemplo, Mary Schapiro, directiva de Kraft Foods, fue nombrada por Barack Obama –que había recibido aportes de campaña de la corporación alimentaria– como directora de la Comisión de Valores, el organismo que controla a las empresas que cotizan en Bolsa.

El caso de Kraft apenas es el botón de muestra de una conducta empresarial a la que sólo le preocupa la máxima rentabilidad y las demostraciones explícitas de poder. Wal Mart, por citar un ejemplo distinto, es el mayor minorista del mundo: cuenta con 6.500 tiendas y 1.800.000 empleados. Para la Human Rights Watch, la prestigiosa organización estadounidense defensora de los derechos humanos, el gigante minorista obtiene sus laureales a costa de los derechos de sus trabajadores. En un informe de 210 páginas publicado hace dos años concluía que la compañía sobresale por la magnitud y agresividad de su aparato antisindical. Ese año, los empelados argentinos denunciaron una decena de despidos sin causa. O mejor dicho, a causa de su intento de agremiación.

El trabajo de la Human Rights Watch subrayaba que con 1.300.000 empleados en los Estados Unidos, no podía ser causa del azar que ninguno de ellos estuviera sindicalizado. “Los trabajadores de Wal Mart no tienen virtualmente ninguna posibilidad de organizarse ya que deben hacer frente a las injustas leyes laborales estadounidenses y a una compañía gigantesca que está dispuesta a hacer casi cualquier cosa para mantenerse libre de sindicatos”, señaló Carol Pier, investigadora sobre derechos laborales y asuntos comerciales de la organización.

En otros países, las imposiciones y las acciones de las corporaciones aún pueden ser peores. A pesar de que no se pudo probar judicialmente, existen testimonios de obreros de las embotelladoras de Coca Cola en Colombia que aseguran, por ejemplo, que los propietarios y directivos patrocinaron en los últimos diez años el asesinato de nueve líderes sindicales y el desmantelamiento, por la vía de la intimidación, de la estructura gremial. En No Logo, Naomi Klein da cuenta, entre muchas violaciones a los derechos humanos, de que el origen de las zapatillas Nike son infames talleres de Vietnam, el de las ropitas de muñecas Barbie, el trabajo de los niños de Sumatra y el de los cafés capuchinos de Starbuck, los cafetales ardientes de Guatemala. Por eso, explica, aparecieron en todo el mundo redes de militantes que ya no sólo vigilan a los gobiernos, sino que ponen en evidencia a empresas trasnacionales que se benefician con políticas represivas en todo el mundo. Desde 1994 –escribió la periodista canadiense– el Programa con sobre las Corporaciones, la Ley y la Democracia, con sede en Massachussetts, viene desarrollando alternativas para “negar que las empresas tengan autoridad para gobernar”. Mientras tanto, Corporate Watch se dedica a investigar –y a ayudar a otros a investigar– los delitos de las corporaciones.

Si son, como dice Klein, los militantes quienes hoy más controlan a las corporaciones vale pena preguntarse qué rol queda en mano de los estados. Bauman contesta: “Las tareas que se asigna a los gobiernos estatales es poco más que la de grandes comisarías. Destacarse en la función de agente de policía es lo que mejor (o tal vez lo único) que puede hacer un gobierno para convencer al capital nómada de que invierta”. A partir de esta nueva crisis del capitalismo global, ¿podrán los Estados recuperar fuerzas como para dejar de cumplir ese trabajo sucio?.