Categoría: Nacionales

“Sin condicionalidades, pero con prerrequisitos”

Fuente: Nuestra Propuesta     3-09-09


 El ministro de Economía, Amado Boudou, declaró días pasados en Brasil que “la Argentina tiene que buscar un punto de intersección con el Fondo” para restablecer el diálogo, aunque aclaró que no aceptará discutir acerca de la política económica ni que le fije “condicionalidades”.
La pregunta se impone: ¿por qué ahora Argentina quiere volver a los mercados de capitales y al FMI, cuando la posición del gobierno todos estos años ha sido de crítica y distanciamiento del organismo? La respuesta sería que Argentina estaría al borde del déficit fiscal, una situación muy temida por un gobierno demasiado acostumbrado a vivir al contado.

 


El intento de mantener o aumentar el superávit fiscal implicaría reducir el gasto público y/o aumentar impuestos. En suma, significa una extracción neta de dinero de la economía, restando poder de compra interno. En un marco en el que caen las exportaciones, la inversión y el consumo privado se estanca (o incluso disminuye), ese intento conduce a consolidar la recesión. Si se incurre en déficit, no está claro cuáles serían las fuentes de financiamiento. Entonces emerge un dilema sin solución aparente: si se privilegia el superávit fiscal en el contexto actual, se consolida la recesión. Pero, para financiar el déficit habría que endeudarse y tomar préstamos, por ejemplo del FMI, lo que tarde o temprano conduciría al retorno de las temidas “condicionalidades”. A su vez, estas condicionalidades incluyen la adopción de políticas contractivas, justamente las políticas que se querían evitar al pedir los préstamos, entre ellas, medidas tales como contención del gasto, aumento del superávit, etcétera.
Los economistas ortodoxos y los periodistas que los siguen (como el inefable Fernández Canedo de Clarín) sostienen que aquellos países que se permiten tener déficit fiscal, como Brasil, lo hacen porque pueden conseguir crédito a costo razonable, “una posibilidad vedada para la Argentina”, dice Fernández Canedo, en un inocultado llamado a restaurar la confianza (del FMI). Curiosamente, la respuesta de Brasil no es la observada por Fernández Canedo. Las primeras respuestas de Brasil a la crisis fueron en el sentido de la contención fiscal con cortes de gasto público. En los debates sobre el presupuesto de principios de año, se acordó una estrategia fiscal “prudente”, con leve reducción del superávit primario y contención de los gastos salariales en personal. Claro que Brasil tiene acceso al financiamiento del FMI. Pero, ¿para qué lo quiere si no lo puede usar porque privilegia políticas contractivas?
Uno de los requisitos del retorno de Argentina al FMI sería que el organismo realice una auditoría de las principales variables de la economía (conocida en la jerga como Artículo IV). Luego del examen, el Fondo trazaría un diagnóstico sobre la solidez y capacidad de pago del país que, sin dudas, incluirá críticas a la política oficial. Es cierto que Argentina tiene algunos buenos resultados económicos para mostrar. Por ejemplo, en agosto se frenó la tormenta cambiaria y se aminoró la impactante salida de capitales que arrancó el año pasado. También hay malas noticias: hay recesión y aumentaron la pobreza y el desempleo. Pero al FMI nada de esto le importa.
Eso quedó claro en las Jornadas Monetarias y Bancarias organizadas por el Banco Central a comienzos de esta semana. Allí, Olivier Blanchard, economista jefe del Fondo, sostuvo que los créditos blandos se dan a países “que se portan bien”, y para que no existan confusiones ni nadie se haga ilusiones vanas afirmó que los préstamos “flexibles” tienen “prerrequisitos”. En su presentación, el francés habló sobre las distintas herramientas de provisión de liquidez: los préstamos bilaterales o regionales, la emisión de DEG y la línea de crédito flexible, “sin condicionalidades, pero con prerrequisitos” (sic). El economista del Fondo sostuvo que la acumulación de reservas como mecanismo precautorio, que ha sido uno de los ejes de política monetaria y cambiaria del gobierno desde 2003, “es ineficiente y costosa”. Para él, la mejor alternativa son las líneas de crédito flexible que ofrece el organismo “sin condicionalidades, pero con prerrequisitos”. Por las dudas que el traductor no haya sido claro, Blanchard subrayó la relevancia de esos créditos “accesibles para aquellos que se portan bien y con un conjunto de buenas políticas”. Si bien en algunos trabajos académicos Blanchard promueve la expansión del gasto, en medio de la crisis el FMI continuó aplicando las mismas recetas, incluyendo medidas como fuertes ajustes fiscales, congelamiento de salarios y suba de tasas de interés en países como Rumania, Hungría, El Salvador y Letonia. ¿Por qué en Argentina sería diferente?
En el fondo, los economistas ortodoxos sugieren retornar al FMI porque -suponen- no se podría crecer sin financiamiento externo y porque la afluencia de ahorro externo debería traducirse en una mayor tasa de inversión. Sin embargo, desde hace tiempo se conoce la paradoja de Feldstein y Horioka, que aún hoy constituye un enigma para la teoría ortodoxa. En sus estudios empíricos, estos autores encontraron una fuerte correlación del ahorro interno (pero no del ahorro externo) con la tasa de inversión, incluso para países subdesarrollados. Más bien, el ahorro externo (los capitales internacionales y los préstamos) terminó generando ciclos de alta volatilidad que culminaron en trampas financieras y crisis profundas como las del 2001.
¿Hay solución al dilema de hacer gasto deficitario para “empujar” la demanda cuando se carece de financiamiento?. Hay. Con seguridad, la solución no es el FMI. Este camino, tenga el disfraz que tenga, lleva de nuevo a la receta de los noventa. En verdad, parte de la solución la propusieron algunos funcionarios del gobierno, aunque nunca se aplicó. Hace poco tiempo, Roberto Feletti, actual secretario de Política Económica, sugirió un camino para bajar las tasas de interés: «Podría bajarse la tasa con un coeficiente de monetización más alto -sugirió. En este caso, el gran desafío es emitir moneda al margen del comercio exterior y no como ahora, que todo depende del ingreso de dólares”.
En suma, lisa y llanamente, sugirió emitir moneda (inyectar poder de compra), algo imprescindible si se quiere evitar una mayor contracción de la economía, con mayores costos sociales. Luego propuso una fuerte regulación sobre los flujos de capitales (dólares), considerando a la divisa extranjera como un bien escaso y estratégico, como si fuera un bien público. En suma, el Bcra debería emitir moneda en línea con un objetivo de nivel de actividad y no depender del ingreso de dólares u otras divisas.
Ciertamente, la emisión está contraindicada en el sentido común dominante y hay mucha confusión al respecto. Prima un enfoque donde los gastos deben ser financiados por impuestos o deuda o algo similar. Pero la economía no funciona así. Es al revés: los impuestos son resultado del gasto precedente de las empresas, las familias y el Estado. La noción de “financiación del déficit” es, en rigor, incorrecta. A diferencia del sector privado o de una familia, mientras exista un banco central con capacidad de financiar los gastos del gobierno, el Estado no se regirá nunca por los criterios de solvencia que los bancos comerciales aplican a las empresas. En suma, para expandir el gasto no es necesario recaudar mayores impuestos.
El último refugio argumental de la visión ortodoxa contra la emisión monetaria es que ésta  llevará al desborde inflacionario. Olvidan que hoy, con recesión y desempleo en alza, ¡la inflación anual supera los dos dígitos! El resorte de la política fiscal lleva a que el Estado pueda regular efectivamente el nivel de actividad y de inversión. En este mismo acto, quita poder de veto a las empresas, porque éstas ya influyen menos sobre el nivel de inversión y de empleo. Por ende, no tienen manera de “disciplinar” el conflicto distributivo. Quizá por eso se grita a coro que se debe evitar, a cualquier costo, la creación de moneda y el gasto deficitario, y se recomienda volver, con la frente marchita, al F