Categoría: Nacionales

Fuente: Página 12   (4-09-09)
{mosimage}En épocas de congelamiento ideológico y de vacío político, se celebraba mucho en Moscú la siguiente definición: “¿Qué es un pensamiento? Es el camino más corto entre dos citas”. Y en efecto, eran tiempos en los que más valía, para el cuidado de la salud, antes que la compleja y peligrosa argumentación, una frase oportuna bien refrendada por el principio de autoridad. Cualquiera fuese la circunstancia, el tema, el asunto a tratar o a resolver. Aunque el referenciado lo hubiese escrito o dicho en otra situación, respecto de otros problemas, en diferente contexto. Y aunque la cita, algunas veces, no fuera del todo fidedigna. Con la firma bastaba y sobre todo, e irrefutablemente, la de Stalin.
Lejos de invocarse la cita sólo por controversias teóricas, en muchas ocasiones se trataba de resolver vastos y graves asuntos de gobierno, tales como el desarrollo desigual de las economías regionales, el desparejo crecimiento de las naciones de la Unión, problemas alimentarios, energéticos, rurales, militares, y hasta culturales, lingüísticos, artísticos. Para todos había, en el digesto, una frase que transaba el pleito. Iban, alegremente, desde la célebre “el socialismo es dictadura del proletariado más electrificación” hasta aquellas de Vladimir Ilich Lenin sobre “la organización del partido y la literatura del partido”, las cuales, como revelara después su compañera de toda la vida y de luchas, Nadeska Krupskaia, “jamás se refirieron a obras de la literatura”.
La historia viene a cuento y vale evocarla desde otro polo, geográfico y político, a raíz de ese discurso que escuchamos hace poco, encabezado por una cita de nuestro poema nacional, el Martín Fierro. En medio de esta dialéctica actual muy paradójica, poblada de novedosas denuncias a la pobreza por parte de los más ricos de la sociedad, apelaciones a la institucionalidad por parte de veteranos cortadores de puentes internacionales y organizadores de puebladas, defensas de la libertad de expresión por parte de monopólicos manipuladores de cerebros y voluntades, y en un discurso con sesenta y cuatro menciones de “la patria”, y líneas también de Jorge Luis Borges y de José Martí, los versos “aquellos que en esta historia / sospechen que les doy palo, / sepan que olvidar lo malo / también es tener memoria” habrían tal vez pasado inadvertidos si no hubiesen sido citados nada menos que por el presidente de la Sociedad Rural en la inauguración oficial de la 123ª Exposición de Palermo.
¿Qué hacía allí el Martín Fierro, un poema escrito para denunciar la persecución del gaucho sin tierra, llevado a la guerra y la miseria por la fuerza, por los patrones y la policía, condenado a defenderse como un delincuente, despojado de su mujer y de sus hijos, de su solar y de todos los bienes materiales de este mundo? Justamente, a raíz de ello, el propio poema fue vapuleado y despreciado, y su autor, José Hernández, desconocido y ninguneado como escritor de segunda categoría y, aunque muy popular, escribiente de “cosas del gauchaje”.
Cuenta algún honroso poeta de la elite, como don Joaquín Castellanos, sinceramente avergonzado, que cuando Hernández visitó Salta a principios de 1886 (el año de su fallecimiento) “las atenciones que se le dispensaron fueron dirigidas al hombre político. Al poeta no lo tuvieron presente. La mayoría ignoraba, en aquel tiempo, hasta la existencia del poema Martín Fierro, cuya primera parte se había publicado diez años antes. Los pocos que allá conocían algo de la obra, la conocían solamente por los trozos popularizados y, sobre todo, por las frases criollas convertidas en dicho común, como aquella de ‘va cayendo gente al baile’. Pero aun los que sabían que Hernández era autor de aquellos versos, no los tomaban en cuenta para caracterizar al poeta. Creían que su composición había sido un pasatiempo juvenil, una payada de circunstancias sin valor alguno como producción literaria”.
El Martín Fierro sólo fue verdaderamente recuperado muchos años después por Leopoldo Lugones, porque éste supo unir la poesía con “la ideología nacional”, darle un papel a la literatura en la formación del Estado y de la identidad, y comenzó a forjar el arquetipo del argentino con su reconsideración del Martín Fierro, en aquellas seis conferencias en el Teatro Odeón, en 1913, que terminaría recogiendo en el libro El payador. Lugones venía pensando todas estas cuestiones: la formación de una nación, de una conciencia nacional, y ahí entronca lo del libro como el poema épico argentino. Por una parte, argumenta un tanto alucinado, la obra de Hernández consagra el ritmo poético vernáculo –el doble galope de las cuatro patas del caballo en el octosílabo– y, por la otra, al gaucho como emblema de la nacionalidad.
William Shakespeare –actor, empresario, sonetista de a ratos y, de a ratos, autor de una obra genial– pasó los últimos años de su vida en Stratford-on-Avon, su pueblo natal, sin escribir una línea, y dejó un testamento en el que no se menciona libro alguno. Arthur Rimbaud revolucionó la poesía moderna, si bien escribió solamente hasta los veintidós años y luego se dedicó a la trata de esclavos en Africa, olvidándose para siempre de la literatura y del mundo.
Batallador político constante, apasionado defensor de causas siempre perdidosas, denostado, perseguido, exiliado, defensor de la autonomía y el coraje del Chacho Peñaloza, cuya cabeza clavada en la pica de Olta endilga a Sarmiento, numen de la fundación de esa “ciudad futura”, masónica y astral que es hoy La Plata (a la que, además, dio el nombre), José Hernández murió, al fin, ignorando que había escrito uno de los libros inmemoriales de la lengua, un libro que es, ya, memoria de la humanidad.
Sin suponer ni imaginar que sus versos de justicia y dignidad iban a andar de boca en boca por generaciones de jóvenes, de adultos y de viejos, acompañándolos en sus trabajos y sus días. Sin sospechar tampoco, y esto seguramente, que alguna vez serían esgrimidos para sustentar vaya a saberse qué privilegios al comienzo de un discurso en una Sociedad Rural.
* Escritor, docente universitario.