Categoría: Nacionales
Fuente: Revista  CONVERGENCIA Nº34 Julio

{mosimage}Las elecciones legislativas del último domingo pueden significar un hito referencial para la historia contemporánea. Puede, en varios sentidos. Será la marca inflexible de la decadencia de un proceso anómalo que reinstaló en la Argentina la pasión por la política y puso en debate a toda la sociedad acerca del modelo deseado para la convivencia en nuestro país por las próximas décadas o será, en contraposición a lo anterior, el punto de inflexión hacia la profundización de esos cambios anticipados por medidas audaces que conmovieron el sólido andamiaje del capital concentrado.
La elección en su conjunto marcó una clara tendencia potente de rechazo al gobierno y a Néstor Kirchner. Fue una derrota en toda la línea. Aún en los bastiones considerados propios, en las barriadas más humildes la performance del oficialismo dejó mucho que desear y las diferencias a favor logradas fueron exiguas.

Se podría decir que preponderó el voto anti K, utilizando los votantes para manifestarse los instrumentos más adecuados para ello. Este mecanismo sería una explicación de cierta volatilidad y falta de coherencia de lo expresado en las urnas. Evidentemente fueron emergiendo figuras controvertidas y distantes por origen e ideología – De Narváez y Solanas, por ejemplo – que cosecharon ese rechazo sin, aparentemente, tener en cuenta las propuestas que estas figuras expresaron en sus discursos.
Distinto es el caso, notable por sus perspectivas, de la muy buena elección que realizó Martín Sabatella, que, en un esfuerzo discursivo y militante, trató de reconocer los avances del proyecto kirchnerista como un piso y propuso una salida limpia para afirmar lo hecho y sumar fuerzas para cambios más profundos. Teniendo en cuenta la coalición plural que lo acompañó, que obtuvo votos no sólo en Morón y alrededores sino en casi todo el territorio de la provincia y observando sus declaraciones luego de las elecciones respecto a los logros gubernamentales y la necesidad de abordar cuestiones de fondo en tema de transformaciones, lo ubican como uno de los pilares para una construcción popular con proyección nacional.
Claro está que este resultado es el que prevaleció en los distritos más importantes del país, que la suma general de votos no manifiesta un desastre electoral total del gobierno, que puede considerarse que sostiene una sólida primera minoría, que esto no es poco luego de seis años de desgastante ejercicio de la gestión gubernativa, y que esta base lo habilita para mantener legitimidad y fuerza política en los dos años que le faltan para completar el mandato; pero no debemos olvidar que la elección del 28 de junio fue presentada por el oficialismo como una batalla decisiva y puso todos los elementos a su alcance para no perder fundamentalmente en la provincia de Buenos Aires. Y perdió.

De la intención a la consecuencia
Más allá de esta cuestión de análisis sobrevolado acerca de la subjetividad en la justificación del voto del domingo (tengamos en cuenta que no estamos en el papel del árbitro que “debe” juzgar la “intencionalidad” de una mano dentro del área), y, si bien estos estudios profundos sirven a la hora de conocer por lo menos el humor social en determinados momentos y los deseos más marcados de una fracción de ciudadanía, lo que esta intencionalidad implica una vez colocado el sobre en la urna es una consecuencia política. Y ¿cuáles son esas consecuencias? El voto legitimó en la provincia de Buenos Aires, una propuesta clara de restauración conservadora y vaciamiento de la política. Se coronó una obscena expresión de la mediatización del discurso público,  de la vacuidad del mensaje, de la apelación a subterfugios publicitarios en la “colocación” de un personaje y se premió una peligrosa simplificación de los problemas más sensibles sufridos por la población que se resumen con nitidez en el lema “un crimen, un castigo”. Se instaló en la Argentina, con una proyección imprevisible un personaje que invadió el espacio público a fuerza de dinero, imagen y mensaje reaccionario. La alianza contranatura (aunque en la “natura” de los dirigentes en juego todo parece ser posible) entre un espacio que se reputa heredero de una tradición popular (en este caso gerenciada por barones del poder) y otro que se plantea representar al más rancio liberalismo, logró en esa castigada provincia aparecer como una alternativa clara y distinta al kirchnerismo. Emerge con nitidez una propuesta política de restauración conservadora; lo que se esbozó en el conflicto entre el gobierno y las patronales agrarias se corporizó en una “esperanza blanca” cuya cabeza parece ser el sempiterno ex vendedor de lechones, ex corredor, ex gobernador y leve ganador en la provincia de Santa Fe, Carlos Reuteman, aunque seguido de cerca (sabemos lo que significa para él ser seguido de cerca) por el ex hijo, ex Boca, jefe de gobierno porteño Mauricio Macri.
La Mesa de Enlace, emergencia política de la derecha en aquel conflicto, se ufana de haber colocado varios de sus candidatos corporativos ubicados en el otro espacio de esta compleja realidad postelectoral, la Coalición Cívica. Arrastrando la historia más liberal y gorila este proyecto fracasó en el intento de incorporar una “pata peronista” y quedó casi como una expresión de la reconstitución de la vieja UCR y, si bien en la general fue la que congregó más votos luego del oficialismo y en algunos distritos creció fuertemente, la caída de una de sus referentes, Carrió, en la ciudad de Buenos Aires, el triunfo del hombre de Cobos en Mendoza, la buena elección del espacio en Córdoba y la permanencia del socialista Hermes Binner a pesar de la derrota de su candidato, prevén un fuerte desgaste interno por imponer un liderazgo, desgaste que será sin duda aprovechado por “la gran esperanza blanca”.

El tercero (o el primero) en discordia
En el campo del oficialismo hubo resultados previsibles, en la mayoría de las provincias gobernadas por amigos o simpatizantes del gobierno, y otras sorprendentes, Mendoza, Santa Cruz, Tierra del Fuego y por supuesto Buenos Aires. Lo cierto es que el gobierno de Cristina Fernández salió debilitado, ha perdido bancas afines en el Congreso y la figura del jefe político del proyecto, Néstor Kirchner, quedó deteriorada.
En los distritos hostiles algunos candidatos descollaron por su coherencia, dignidad y entereza para remontar una campaña apoyando al gobierno cuando a todas luces las señales indicaban que los humores públicos iban por otro lado. En Córdoba, Santa Fe y Capital Federal las listas que militaban en el campo del proyecto nacional se debatieron con inteligencia y fuerza contra viento y marea. En todos estos casos los cabeza de lista en diputados lograron ser electos, Carmen Nebreda, Agustín Rossi y Carlos Heller. En la provincia mediterránea con la clara prevalencia de Luis Juez, el crecimiento del radicalismo y el traspié del gobernador Schiaretti como trasfondo, la lista del FPV salvó la ropa en un ámbito denotadamente antikirchnerista luego del conflicto que sucedió a las elecciones provinciales y al levantamiento agromediático. En Santa Fe, dónde más del ochenta por ciento de los votos fueron marcadamente contra el gobierno, el candidato Rossi, con una coherencia y una entereza que lo dignifican superó agresiones políticas y personales coronando su reelección como diputado cuando poco antes se daba por perdido. Una atención especial merece la campaña en la Ciudad de Buenos Aires. Distrito hostil al peronismo en general desde hace mucho tiempo, con un progresismo desgastado luego de las gestiones de Ibarra y Telerman, con un PJ casi inexistente, con un gobierno de derecha recientemente instalado que a pesar de las grietas que ofrece su gestión todavía goza de crédito en la sociedad y con la imagen del gobierno muy baja, se mostraba de antemano como de difícil abordaje. La decisión de Néstor Kirchner ante este panorama, ante la negativa aceptada de Daniel Filmus y la no aprobación de otras propuestas, fue la de apostar a una construcción audaz que quizás exprese el germen de una confluencia que puede ser fructífera en un proceso de profundización de los cambios. Una alianza encabezada por un dirigente social de clara trayectoria de izquierda con sólidos antecedentes en la construcción solidaria con afluentes provenientes de las dos centrales de trabajadores, dirigentes de DDHH, juveniles y sindicales, que obtuvo el apoyo militante del encuentro de intelectuales y trabajadores de la cultura Carta Abierta -uno de los espacios más interesantes que emergieron del conflicto del 2008- ofertó a los porteños un proyecto novedoso, plural y participativo.
La irrupción en el distrito de Pino Solanas, el éxito que logró al conjugar tras de sí aquellos que quieren realmente una sociedad más justa con los que querían castigar al gobierno y no les alcanzaban o no los abarcaban ni Michetti ni Prat Gay, obturó en cierto modo el éxito total de esta propuesta. Más allá del análisis que merece la emergencia de Solanas, al que habrá que abocarse, los resultados obtenidos por la lista encabezada por el cooperativista pueden considerarse positivos, fue el único candidato que defendió claramente lo hecho por el gobierno y planteó la necesidad de ir por más, en la campaña se respiró armonía y participación de todos, se expuso a los ataques y ninguneo de todos los medios y soportó la incomprensión o malicia de quienes, desplazados por su propia incapacidad, no se sintieron parte de esa construcción. Aún así esta lista fue la más exitosa de todas aquellas que lidiaron en distritos hostiles, faltándole solo un 0,70 punto para que ingresara la segunda candidata. De cualquier manera queda abierta una puerta a la construcción de un espacio que plantee esa confluencia, punto de encuentro sin el cual será difícil enfrentar a la coalición de la derecha que viene por todo. Negada por algunos, esta acechanza afila el cuchillo de la destitución, por domesticación “institucional”, o como sea.

Final abierto
Dijimos al principio que este puede ser un punto de clivaje que indique un quiebre para un lado o para el otro. El coro de medios y de ganadores solicita los “cambios” que indicarían las urnas, o sea para ser claros, volver a los noventa. Una brisa con aires restauradores que viene de Europa, de Panamá... de Honduras, los envalentona. Suponen un pronto triunfo de sus conmilitones en Brasil y Chile, sueñan con el aislamiento de Chávez y la asimilación de Cuba a los brazos del capitalismo. Quieren restituir a la Argentina al mundo, a ese mundo.
Pero hay algo irreductible en el proyecto que encabeza Kirchner, aquello que más le denostan sus adversarios y que también ocasionó dolores de cabeza a sus aliados, su obcecación, su firmeza aún en los momentos más difíciles, su capacidad de resistir. Su renuncia al PJ puede leerse como una manera de comenzar una nueva etapa, tal vez la etapa fundacional de una fuerza política que no sólo resista esta restauración en marcha sino que proyecte una ofensiva popular para consolidar lo hecho e ir por más.
No solo depende de él. Es necesario que todas las fuerzas que se reunieron para defender el derecho a un país solidario e inclusivo continúen en el esfuerzo de rodear lo logrado en DDHH, intervención del estado en la economía, ubicación en el plano internacional (afirmada por la decisión de la Presidenta a acompañar al legítimo mandatario de Honduras en su regreso) y de reinstalación de los debates profundos acerca del destino de la Patria, asuman como cuestión principal en sus agendas la construcción de un proyecto estratégico. Partidos políticos populares, organizaciones sociales, espacios de intelectuales, movimientos juveniles, de género, de jubilados. En fin, de todos los espacios representativos de los sectores que conforman aquello que llamamos pueblo y que debe ser constituido. El será el sujeto del cambio.

*Director Editorial del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”