Categoría: Israel

Fuente: Haaretz     (15-02-2018)

Resultado de imagen para We May Miss Netanyahu YetLas celebraciones van a todo vapor. El  Nicolae Ceausescu  israelí (con su esposa Elena) está camino a su casa, y probablemente a prisión. Las buenas personas que se manifestaron en Petah Tikva y Rothschild Boulevard de Tel Aviv están jubilosas, los luchadores de justicia se regocijan, los analistas están exuberantes. 

Del cautiverio a la esclavitud, de la oscuridad a la luz, el final de la corrupción. Benjamín Netanyahu se ha ganado todo el regodeo en su contra, por no mencionar su descripción como Satanás.

Su conducta es repulsiva, el daño que ha causado al país es considerable, las sospechas contra él son pesadas. Su mandato debe terminar, inmediatamente. Netanyahu vete a casa.

Pero un momento antes de que termine la fiesta, deberíamos pensar, como siempre en este tipo de jolgorio, en la mañana siguiente. ¿Qué le espera a Israel y quién lo espera? Los candidatos están calentándose en la línea de salida y la mirada está en algún lugar entre vergonzosa y sombría. Esto no puede ser ignorado, incluso cuando nos regocijamos por la caída del déspota. 

Algunos de los que ahora están celebrando estarán extrañando los días de Netanyahu. Los días venideros pueden ser más oscuros; es posible  un primer ministro peor que Netanyahu. Todos aquellos que vieron la lucha para eliminar a Netanyahu como la madre de todas las batallas que nos liberaría de él y todo sería maravilloso como lo fue una vez, descubrirán que todo puede estallar en sus caras.

Netanyahu ha expuesto una corrupción desagradable junto con la gran corrupción estatal, que ha sido perpetrada por casi todos los primeros ministros israelíes en las últimas décadas. Sus herederos pueden mantenerse al margen de los puros y el champán, pero ninguno de ellos puede arreglar la gran corrupción de Israel: la corrupción estatal institucionalizada que surge de 50 años de ocupación.

Entonces el regocijo por la caída de Netanyahu es prematuro y más, hasta cierto punto exagerado. Un Israel liderado por Yair Lapid, Gideon Sa'ar o Yisrael Katz no sería un lugar mejor. Incluso puede ser peor, incluso si sus esposas son piadosas y sus maneras muestren nada más que modestia y honestidad. 

El candidato principal en este camino hacia esta luz es, por supuesto Lapid, con un discurso de victoria que infunde esperanza en la plaza, una primera claridad, un nuevo amanecer para Israel. Brillantes sesiones fotográficas con líderes mundiales, la mayoría de los cuales estarán felices de sacudirse a Netanyahu, a quien ven como el mayor obstáculo en el camino hacia la paz y la justicia. Lapid les encantaría. Solo descubrirían la verdad con el tiempo: sus posiciones no son diferentes a las de su predecesor. Solo la retórica es un poco diferente.

En una reunión con Donald Trump, a los dos no les faltaría un lenguaje común. Compararían cuál de los dos es el más superficial y el más vacío; quién es el más ignorante y oportunista. La competencia no sería fácil. Podrían hablar sobre cómo ambos llegaron a la cima, directamente del vacío ideológico. Eso también sería una historia de amor, sin un final feliz. 

Un gobierno de Lapid probablemente tendría como componente  al radical de la derecha Naftali Bennett y quizás Avigdor Lieberman. Lapid sería como un bebé en el bosque.

De todos modos, no hay nada que esperar de un hombre que piensa que Jerusalén no debe dividirse, los asentamientos no deben ser evacuados y los árabes son Zoabis (Diputada árabe de posiciones nacionalistas extremas. N.del T.) Su padre (Tommy, ya fallecido, fundador del partido liberal  Sinuhi  N.del T.) lo dejó como un regalo al país y esta semana apoyó la ley que extiende la legislación israelí a los colegios y universidades de Cisjordania. Para probarse a sí mismo, también puede lanzar un salvaje ataque patriótico contra Gaza o una pequeña guerra en el norte. Él siempre luce una bandera israelí en su solapa.

 Y tampoco salvaría la democracia de Israel: ve a los ex soldados de Breaking the Silence  (Rompiendo el Silencio) como traidores, y su partido es un paradigma de obediencia servil a un solo líder. Si gobierna Lapid echaremos de menos a Netanyahu, incluso los cigarros. Por un momento quizás incluso extrañemos a su esposa Sara.

Sa'ar, amigo de los colonos y ultraortodoxo, debería ser el terror del centroizquierda. El comandante de la guerra contra los solicitantes de asilo, el fundador de la doctrina de la deportación y acorralamiento, puede convertirse en un primer ministro que supera el brutal nacionalismo de su predecesor. 

Su colega Katz podría construir una isla cerca de Gaza para actuar como un puerto artificial, pero deportaría a los árabes con cadenas de hierro, como ya los golpeó en sus días universitarios. Los tres pueden resultar más peligrosos que Netanyahu. 

La idea de que hoy en día no hay un solo líder inspirador de esperanza en Israel, alguien que presagie un cambio o puede generar una revolución, es deprimente. Se amortigua la alegría de perder a Netanyahu.