Categoría: Israel

Fuente: Haaretz    (16-04-2017)

Israeli Border Police watch Palestinians returning to Jenin after the 1967 Six-Day War. Este es un año de jubileo: 50 años después del mayor desastre judío desde el Holocausto, 50 años después del mayor desastre palestino desde la Nakba (desastre). Es el jubileo de su segunda Nakba y nuestra primera. Un momento antes del comienzo de las celebraciones para conmemorar el 50 aniversario de la "liberación" de los territorios, debemos recordar que fue un desastre. Un gran desastre para los palestinos, por supuesto, pero también un fatídico desastre para los judíos aquí.

2017 debería ser un año de búsqueda de conciencia en Israel, un año de tristeza sin precedentes. Ya está claro que no lo será. En cambio, el gobierno planea hacer de ella un año de celebración, celebrando la ocupación. Ya se han asignado diez millones de shekels (2,74 millones de dólares) para celebrar 50 años de represión de otro pueblo, 50 años de putrefacción y destrucción interna.

Un estado que celebra 50 años de ocupación es un estado que ha perdido el sentido del rumbo, dañado su capacidad de distinguir el bien del mal. Una victoria militar puede ser celebrada, pero ¿celebrar décadas de brutal conquista militar? ¿Qué hay exactamente para celebrar, israelíes? ¿Cincuenta años de derramamiento de sangre, abuso, deshonra y sadismo? Sólo las sociedades que no tienen conciencia celebran esos aniversarios. No es sólo a causa del sufrimiento que ocasiona a los palestinos que Israel debe abstenerse de celebrar el aniversario. Debe cubrirse de tristeza también por lo que le ha sucedido a Israel desde ese terrible verano de 1967, el verano en el que ganó una guerra y perdió casi todo.

Un gran desastre nos golpeó. Como a un kibutz o moshav donde las tierras de cultivo han sido vendidas a desarrolladores residenciales privados, arruinando el carácter de la comunidad; como a la denigración que se ejecuta brutalmente sobre los pobres; como a un cuerpo alguna vez sano ahora plagado de cáncer. De esta manera ha crecido Israel desde el verano de 1967, así fue dañado su ADN, Basta con mirar a Jerusalén, que pasó de ser una encantadora ciudad universitaria con instituciones gubernamentales a un monstruo gobernado por la Policía de Fronteras.

Comenzó con la orgía ultranacionalista-religiosa que arrasó a todos menos a un puñado de profetas, y continúa hoy, a través de los conocidos mecanismos del lavado de cerebro. La magnitud importa, en el caso de Israel: lo ha convertido en un estado malvado, violento, ultranacionalista, religioso y racista. No era perfecto antes, pero en 1967 las semillas de la calamidad fueron sembradas. No debemos culpar de todos los males del estado a la ocupación, no todas las puñaladas en un club nocturno son perpetradas por un veterano de la Brigada Kfir del ejército*. Y no tenemos que creer que todo es más oscuro que lo negro para comprender la enormidad del desastre: desde un estado que comenzó como una tea arrancada de un fuego, modesto, inseguro, vacilante, acumulando logros asombrosos que a todo el mundo maravillaba, a un estado arrogante y despreciado, que maravilla sólo a aquellos que se asemejan a él.

Todo esto comenzó en 1967. No es que 1948 fuera tan puro, lejos de ello, pero 1967 aceleró, institucionalizó y legitimó el declive. Se dio vía libre al desprecio continuo por el mundo, la jactancia y la intimidación. En 1967 comenzó la ocupación. Se metastatizó salvajemente hacia adentro, desde los bloqueos de carreteras en Cisjordania hasta los clubes nocturnos de Tel Aviv, desde los campamentos de refugiados hasta las carreteras y las líneas de supermercados. El lenguaje de Israel se convirtió en el lenguaje de la fuerza, en todas partes. El éxito de la Guerra de los Seis Días fue demasiado para él -algunos éxitos son así- y después vino el alardeo, "para nosotros, todo está permitido".

Comenzó con los álbumes de fotos de la victoria y las canciones: "Nasser está esperando a Rabin, yai, yai, yai" y "Hemos regresado a ti, Sharm el-Sheikh." Justo después de la resaca llegaron las señales de cáncer: De repente el religioso se convirtió en mesiánico, el moderado en ultranacionalista, y desde allí es  un corto recorrido.

Nada se interponía en el camino de Israel para convertirse en lo que es, en casa o en el extranjero. Perpetúa la ocupación porque podía, aunque aparentemente no la quiso desde el principio,. Y estableció un régimen de apartheid en los territorios, porque no hay otro tipo de ocupación.

Ahora está aquí. Fuerte, armado y rico como nunca lo fue en 1967. Corrompido y podrido como sólo un país ocupante puede ser. Eso es lo que se supone que debemos celebrar. Y eso es lo que debemos llorar.

* Los clubes nocturnos de Tel Aviv suelen contratar como patovicas a veteranos de las brigadas que actúan en los territorios ocupados. (N. del T)

Traducción: Dardo Esterovich