Categoría: Israel
Fuente: Iton Gadol y El Pais de Madrid   (13-07-09)
{mosimage}{mosimage}La ambición de Benjamín Netanyahu por auparse al cargo de primer ministro de Israel exigía concesiones de calado a una pléyade de partidos. Su principal soporte no podía ser otro que Yisrael Beiteinu, el grupo del ultraderechista Avigdor Lieberman, que con 15 diputados en la Kneset resultó imprescindible para forjar un Gobierno que acaba de cumplir 100 días de andadura. El político de origen moldavo exigió la cartera de Exteriores. Netanyahu accedió. Y ahora apenas puede contar con él. El jefe de la diplomacia -radical como pocos en su fobia antiárabe- es casi un apestado en Europa y en Estados Unidos.
En sus primeras visitas a Europa, semanas atrás, Lieberman comenzó a sufrir una cadena de desplantes. En París no se celebró la habitual conferencia de prensa con su homólogo Bernard Kouchner. En Berlín, peor: el jefe de la diplomacia alemana, Frank-Walter Stenmeier, departió con Lieberman en un restaurante. También viajó a Washington. Y Barack Obama, que había recibido a Netanyahu, al ministro de Defensa, Ehud Barak, y al presidente Simón Peres eludió reunirse con Lieberman. Incluso el mandatario francés, Nicolas Sarkozy, recomendó a Netanyahu deshacerse de su canciller.
 Son tiempos de diplomacia desbocada en Oriente Próximo. Obama ha visitado Turquía, Arabia Saudí y Egipto. Ha enviado a emisarios a Siria y el regreso de un embajador estadounidense a Damasco, tras cinco años de ausencia, es inminente. Diplomáticos franceses y británicos se entrevistan con líderes de Hezbolá en Líbano. Y mientras el enviado especial de Obama, George Mitchell, está a punto de aterrizar en Tel Aviv, cunde la sensación de aislamiento en la diplomacia israelí.
Los analistas políticos aseguran que Netanyahu no puede llamar a la Casa Blanca con la facilidad de la que disfrutaban sus predecesores con George Bush. Con Obama no hay sintonía. Y el primer ministro apunta su dedo acusador: Rahm Emmanuel y David Axelrod, asesores del mandatario estadounidense, son los responsables de este desamor. Los tilda de self-hating jews -judíos que se odian a sí mismos-, etiqueta muy en boga para aquellos judíos que critican con acritud las políticas del Ejecutivo israelí.
¿Y qué decir de la imagen de Lieberman en el mundo árabe? Un desastre. Es persona non grata y resulta harto improbable que sea recibido por el presidente Hosni Mubarak. Motivos no faltan. El ministro israelí mandó "al infierno" al rais egipcio hace unos meses. Jordania también se ha sumado al boicoteo.
Lieberman se ha tomado con calma su ostracismo. Se aferra a su condición de colono y a un eventual conflicto de intereses para justificar su exclusión en las negociaciones sobre los asentamientos judíos de Cisjordania. "Es natural", afirma, "que el asunto palestino sea gestionado por Barak. Al fin y al cabo, el Ministerio de Defensa maneja este tema". Cierto. Pero también es verdad que los jefes de la diplomacia siempre han estado implicados en las negociaciones con la Autoridad Palestina, y que su condición de colono (vive en Nokdim, cerca de Belén) le acompaña desde hace más de una década. Mientras, Lieberman dedica sus esfuerzos a una tarea menor: las relaciones públicas. Decenas de diplomáticos se esmeran en la labor de vender un Israel benévolo después de la brutal campaña de Gaza el invierno pasado