Categoría: Internacionales

Fuente: +972 Magazine      (1-10-2020)

U.S. President Donald Trump speaks during the first presidential debate of the 2020 election campaign, Cleveland, Ohio, September 29, 2020. (Screenshot)El martes, antes del primer debate presidencial, en el que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se negó a condenar a los grupos supremacistas blancos, el Consejo Demócrata Judío de América (JDCA) publicó un breve anuncio dirigido a los votantes judíos en los estados indecisos. Yuxtaponiendo escenas de la Alemania de la década de 1930 y la América actual, incluidas imágenes de Trump y neonazis organizando una marcha con antorchas a través de Charlottesville, el anuncio instaba a los espectadores a votar y les decía que "nuestro futuro depende de ello".

Poco después de su lanzamiento, el video se ganó la condena de algunos de los grupos del establishment judío más grandes de Estados Unidos, incluido el American Jewish Committee (AJC) y el Centro Simón Wiesenthal, por supuestamente degradar la memoria de las víctimas del Holocausto. El director ejecutivo de la Liga Anti-Difamación, Jonathan Greenblatt, calificó el anuncio como "profundamente ofensivo", mientras que el AJC pidió a la JDCA que retirara "inmediatamente" el clip. El Republican Jewish Committee (RJC), , que hace mucho tiempo se convirtió en una lavandería partidista del antisemitismo de Trump, también se unió al coro.

Esta reacción del establishment judío estadounidense se vio rápidamente minada en dos frentes. En primer lugar, el ex director ejecutivo de ADL, Abraham Foxman, y la historiadora del Holocausto Deborah Lipstadt respaldaron el mensaje de la JDCA, al igual que numerosos académicos. En segundo lugar, pocas horas después de condenar las comparaciones con la Alemania anterior al Holocausto, las mismas organizaciones luchaban por censurar a Trump no solo por negarse a condenar la supremacía blanca durante el debate, sino también por dar la impresión de dar el visto bueno a los Proud Boys (Muchachos Orgullosos), violenta pandilla callejera pro-Trump que se visten con camisas negras.

La condena de Greenblatt a la comparación es curiosa teniendo en cuenta que les dijo a los miembros de la Knesset en diciembre de 2016 que los niveles de antisemitismo en los Estados Unidos se parecían a los de la década de 1930, de modo que "muchos judíos que vivieron en la Alemania nazi lo encuentran aterrador". Es difícil saber qué, en los cuatro años intermedios, desengañó al jefe de la ADL de la convicción de que tales comparaciones no solo son legítimas, sino adecuadas.

Este asunto puede parecer simplemente el último de una larga lista de explosiones sobre cómo reacciona el establishment judío estadounidense, o en ocasiones no lo hace, al antisemitismo de Trump y del Partido Republicano, así como a los esfuerzos por poner fin a ese antisemitismo. Pero este tipo de desacuerdos intracomunitarios son indicativos de tendencias mucho más amplias que durante mucho tiempo han moldeado y continúan moldeando a la comunidad judía estadounidense.

La primera tendencia, que por ahora es un territorio muy trillado, es el campo de distorsión creado por la serie de gestos y pronunciamientos políticos radicales pro-Israel de la administración Trump. Tales movimientos, que han servido principalmente para sellar la ocupación y la anexión mientras aceleran los esfuerzos para censurar a los críticos de Israel, han confundido a las principales instituciones judías estadounidenses que durante mucho tiempo han colocado la defensa de Israel en el centro de su misión.

Este consenso sionista, que es tan dominante y que sus seguidores parecen olvidar que su historia es relativamente corta, es responsable de gran parte de la confusión sobre cómo responder a una administración que promulga políticas violentas, racistas y autoritarias e incita a la violencia antisemita letal, mientras que al mismo tiempo baña a Israel con una victoria diplomática tras otra. Así, grupos como el AJC se encontraron, por ejemplo, felicitando a Trump por supuestamente proteger a los estudiantes universitarios judíos estadounidenses unos días después de reprenderlo (levemente) por invocar "estereotipos antiguos y feos" sobre los judíos. E incluso esa censura se expresó en agradecimiento por el apoyo de Trump a Israel, un lavado que la administración Trump está muy feliz de usar. En respuesta al anuncio de la JDCA, un portavoz de la campaña de Trump llamó al presidente "el mayor aliado que el Estado de Israel haya tenido en la Casa Blanca".

Una segunda tendencia es la relacionada a la influencia desproporcionada de los "mega donantes", muchos de los cuales son políticamente conservadores y firmemente pro-Israel, sobre las prioridades de las comunidades. El número de actores en la escena filantrópica judía estadounidense de miles de millones de dólares se está reduciendo, con instituciones cada vez más en deuda con sus fondos y cada vez menos representativas de las comunidades a las que se supone que sirven.

Sin embargo, hay una fuerza histórica más sutil y aún más arraigada en acción aquí. En pocas palabras, la corriente principal de la comunidad judía estadounidense, desde el período de la posguerra, ha atado en gran medida su fortuna a Estados Unidos. Ha entendido que sus intereses son los de la Nación. Y a medida que los judíos estadounidenses blancos se asimilaron a la corriente principal de la sociedad estadounidense, el mito estadounidense establecido sobre el excepcionalismo del país se convirtió en sabiduría aceptada dentro de la comunidad. A este artículo de fe se agregó la subcláusula de que Estados Unidos también era "diferente" para los judíos, al haberles permitido vivir relativamente libres de persecución y, ciertamente, de la opresión estatal explícita. Esta idea ha alcanzado el estatus de perogrullada, no solo en el discurso institucional judío-estadounidense del día a día, sino también, con notable retroceso, en el mundo académico.

Esa fe en las instituciones estadounidenses ha obstaculizado la capacidad del establishment judío estadounidense para afrontar este momento en dos frentes: en primer lugar, no tiene una formato sobre cómo responder cuando el antisemitismo y la violencia que inspira emana de la Casa Blanca; y en segundo lugar, actúa como una brecha entre la comunidad judía y aquellos que deberían ser sus aliados naturales.

Incluso si reconocerlo es doloroso, la idea ya vacilante de que a los judíos les ha ido excepcionalmente bien bajo el régimen estadounidense debería significar poco cuando ese mismo régimen, por diseño, ha infundido tal brutalidad incesante contra los negros e indígenas, las personas de color, los musulmanes, los trabajadores pobres, indocumentados y otros grupos agredidos. Una gracia incompleta no es gracia en absoluto.

Es difícil ver cómo un establishment judío estadounidense que opera de acuerdo con esta lógica, puede enfrentar adecuadamente el peligro que está surgiendo de la Casa Blanca y que continuará proliferando en toda la sociedad y la política estadounidenses, sin importar quién gane las próximas elecciones. Las condenas de la administración Trump que han surgido con demasiada frecuencia han sido cubiertas, inconsistentes o unidas a advertencias con respecto al desempeño del gobierno a favor de Israel. Y esas críticas quedan fatalmente socavadas por episodios vergonzosos como la debacle del martes, en la que el presidente demostró lo acertado del punto de vista de la JCDA pocas horas después de que la ADL y la AJC lo denunciaran.

Y aunque algunos pueden descartar este episodio como una mera guerra de palabras, este tema no es solo un ejercicio intelectual sobre cómo percibimos y respondemos a la retórica; se trata de cómo entendemos esta parte de las emergencias que abruman el panorama político estadounidense. En los últimos años, hemos visto dos tiroteos letales en sinagogas en el lapso de seis meses; el regreso de la judeofobia al estilo de los años 30 a las calles de las ciudades estadounidenses; la lectura de Mein Kampf en el pleno del Congreso; la circulación de anuncios publicitarios de campañas del Partido Republicano con caricaturas antisemitas; un presidente que habitualmente sugiere que los intereses políticos de los judíos estadounidenses están más arraigados en Israel que en su país de origen; una administración que ha ofrecido puestos de alto rango a los nacionalistas blancos; y un uso persistente del sionismo por parte de los funcionarios electos republicanos y varios derechistas no afiliados al partido, como una herramienta con la que perpetrar y gritar el antisemitismo.

Las resonancias históricas son tan evidentes que apenas es necesario señalarlas. Sin embargo, aparentemente hacerlo queda fuera del alcance de las principales instituciones judías estadounidenses, porque anula mitos muy arraigados sobre el lugar de los judíos estadounidenses en Estados Unidos y el papel de la comunidad en la historia estadounidense. Se puede comprender la tentación de evitar mirar directamente al abismo. Pero haecrlo ahora no evitará que nos trague.

*Natasha Roth-Rowland es una estudiante de doctorado en Historia en la Universidad de Virginia, donde investiga y escribe sobre la extrema derecha judía en Israel y los Estados Unidos. Sus trabajos ha aparecido en The Daily Beast, London Review of Books Blog, Haaretz, The Forward y Protocols. Escribe con el apellido verdadero de su familia en memoria de su abuelo, Kurt, quien se vio obligado a cambiarñp a 'Rowland' cuando buscaba refugio en el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial.

Traducción: Dardo Esterovich