Categoría: Internacionales

Fuente: Revista Zoom    (19-10-2017)

Donald Trump volvió a indignar a gran parte de un mundo que, bajo emoción violenta, puro cinismo o ignorancia, elige creer que Estados Unidos nunca estuvo gobernado por un presidente tan irresponsable y peligroso. Esta vez fue su decisión de no certificar el cumplimiento del acuerdo nuclear internacional con Irán, como requiere la ley, y pedirle al Congreso que “revise y corrija” el texto del pacto que fue negociado y discutido durante dos años por el anterior gobierno de Barack Obama y los líderes de China, Rusia, Reino Unido, Francia, Alemania e Irán, y ratificado por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU.

 En otras palabras, le avisó al mundo que está dispuesto a tirar el acuerdo por la borda.
 
El acuerdo con Irán estableció que la República Islámica debe limitar por diez años el tamaño de su programa nuclear, sus investigaciones para desarrollarlo y las reservas de uranio enriquecido, el material que algunos sospechaban podía utilizar para hacer una bomba. A cambio, las potencias firmantes levantaron las sanciones económicas y políticas aprobadas por la ONU y las unilaterales, vinculadas a las sospechas de un supuesto programa nuclear militar iraní. Según reiteró el domingo pasado el director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Yukiya Amano, Irán está cumpliendo al pie de la letra este pacto.
 
Más allá de las especificidades técnicas, el acuerdo buscó frenar lo que algunos países, con Estados Unidos a la cabeza, consideraban el camino seguro de Irán a una bomba nuclear –lo que siempre negó Teherán– y, a cambio, el país persa recibió importantes inversiones directas de trasnacionales, acceso a préstamos internacionales y un revitalizado comercio, especialmente con Europa.
 
Desde que asumió hasta ahora, Trump es el único de los firmantes del acuerdo que lo critica.

China, Rusia y las potencias europeas ratificaron en estos días su apoyo a la fiscalización de la OIEA y pidieron a Trump mantener el pacto. El presidente de Irán, Hassan Rohani, aseguró que continuará cumpliendo con los compromisos que firmó en 2015 y le dio una lección de derecho internacional a su par estadounidense al recordarle que un solo país no puede modificar un texto negociado y firmado por varios Estados y ratificado por la ONU. En definitiva, un masivo aparato diplomático y mediático mundial se puso en marcha para frenar lo que puertas adentro definen como una nueva decisión irracional de Trump.
 
Pero el líder republicano no está actuando desde la irracionalidad ni tampoco está haciendo algo que Estados Unidos no haya hecho antes y que el mundo, en su mayor parte, eligió olvidar.
 
La decisión que tomó el actual presidente estadounidense hace recordar al giro que asumió George Bush hijo con Corea del Norte y que, para algunos analistas, permitió que el régimen comunista acelerara su programa militar y se convirtiera en la potencia nuclear que es hoy.

Desde el principio, el gobierno de Bush dejó en claro que no coincidía con el acuerdo que había firmado en 1994 Bill Clinton y que, básicamente, estableció reemplazar el reactor de plutonio norcoreano –con el que buscaba desarrollar una bomba– con la promesa de construir, junto a un consorcio internacional, dos reactores de agua. Mientras esta obra se concretaba, Estados Unidos se comprometió a suministrar el combustible que el país necesitaba. Para Bush, este pacto se basaba en el mero “apaciguamiento” de Pyongyang y, en el fondo, recompensaba sus anteriores ambiciones nucleares con ayuda y asistencia.
 
Este acuerdo no se convirtió en ley en el Congreso ni fue ratificado a nivel internacional por el Consejo de Seguridad como sí lo fue el iraní. Era sólo un decreto presidencial y, por eso, Bush pudo suspenderlo con más facilidad, luego de argumentar en 2002 que tenía información de inteligencia de que Corea del Norte estaba violando el pacto y seguía trabajando para obtener una bomba nuclear.
 
La inteligencia estadounidense no era falsa, pero sí fue presentada de manera engañosa. Corea del Norte estaba intentando desarrollar una bomba nuclear, pero a través del enriquecimiento de uranio, un método que el acuerdo firmado entre Clinton y Kim Jong-il, el padre del actual líder, no limitaba ni prohibía.
 
Años después, funcionarios del gobierno Clinton contaron, de forma anónima, que sabían de esto, pero querían mantener vivo el acuerdo y a los inspectores de la OIEA dentro del país asiático, para más tarde y dentro del marco de ese vínculo incluir el uranio al pacto. Bush no hizo nada de esto ni intentó abrir una nueva negociación. Pese al descontento de sus aliados en la región –Corea del Sur y Japón–, denunció a Corea del Norte y cortó el suministro de combustible, el corazón del acuerdo.

En 2006, cuatro años después de que Bush rompiera el acuerdo, Corea del Norte realizó con éxito su primera prueba nuclear. La noticia sacudió al mundo entero y llevó al gobierno estadounidense a intentar un nuevo acercamiento, incluso sacó al país asiático de la lista de países promotores del terrorismo. Pero ya era tarde.
 
Hoy son muy pocos los analistas que recuerdan esto cuando analizan el temor a una guerra y prefieren poner el acento en la peligrosidad y presunta inestabilidad de Kim Jong-un, el joven líder que mantiene el mandato familiar y gobierna Corea del Norte con mano de hierro y protegido por un hermetismo total.
 
Quizás pensando en este antecedente, Obama, las principales potencias del mundo e Irán buscaron blindar el acuerdo nuclear de 2015 dándole un carácter multilateral y legal que supera la Casa Blanca e, incluso, a Estados Unidos en su conjunto. Sin embargo, una vez más, Washington echó mano al unilateralismo y está dispuesto a deshacer sus compromisos internacionales previos y dar un golpe de timón a su propia política.
 
¿Quién puede detenerlo? Y, lo que es más importante, ¿quién responsabilizará a Estados Unidos dentro de 10 o 20 años cuando el enfrentamiento internacional con Irán vuelva a escalar hasta niveles que hagan temer una guerra?
 
Es poco probable que el mundo y Estados Unidos aprendan de sus errores pasados. Aun cuando los acuerdos internacionales se construyen con más garantías legales y políticas, la hegemonía global de Washington continúa siendo más fuerte.

Si eventualmente Trump decide dar la estocada final al acuerdo nuclear con Irán, no será la primera vez que se retira de un pacto internacional que fue aprobado por el gobierno de Obama. Lo hizo con el Acuerdo de Asociación Transpacífico, más conocido por las siglas TPP, y el Acuerdo de París para frenar el cambio climático. Sin embargo, el compromiso asumido alrededor del programa nuclear iraní tiene implicaciones de corto plazo concretas para la dinámica siempre frágil de Medio Oriente y, principalmente, para la política interna de Irán.
 
Una salida unilateral de Estados Unidos del acuerdo nuclear daría aires a los sectores más conservadores de la República Islámica y afectaría la credibilidad de la política moderada de acercamiento a las potencias occidentales que inició el presidente Rohani desde su asunción en 2013, después del gobierno explícitamente combativo y virulento de Mahmud Ahmadinejah. El pacto internacional fue criticado desde el inicio por los sectores más conservadores de Irán y una ruptura caprichosa de Washington sin dudas alimentaría su discurso y, quizás, su popularidad.
 
Además, en Medio Oriente, terminaría de profundizar la polarización que Trump legitimó en mayo pasado cuando, desde Arabia Saudita, la cuna del islamismo sunnita más radical, llamó a todo el mundo musulmán a unirse en su confrontación con la República Islámica de Irán: “Desde Líbano hasta Irak y Yemen, Irán financia armas y entrena a terroristas, milicias y otros grupos extremistas que propagan destrucción y caos a lo largo de la región”.
 
Este discurso fue el preludio de una de las peores crisis diplomáticas y peleas económicas en el Golfo Pérsico, encabezada por Arabia Saudita, que terminó con el actual aislamiento del pequeño reinado de Qatar, entre otras razones por su buena relación con Irán, con quien comparte la explotación de una de las mayores reservas de gas del mundo.

En 2015, cuando en Washington gobernaba Obama, las principales potencias del Golfo Pérsico, incluida Arabia Saudita, aceptaron el acuerdo nuclear firmado con Irán. Dos años después y en consonancia con esta creciente polarización regional, el rey saudita Salam bin Abdulaziz Al Saud celebró “la nueva y visionaria estrategia para Irán” de Trump, en consonancia con la reacción de Israel.
 
Además, hay que recordar que Irán tiene capacidad militar, política y económica de influir en algunos de los conflictos de los países vecinos. En Irak, por ejemplo, ganó terreno a través de milicias chiitas aliadas, que pelearon codo a codo con el Ejército nacional en contra del Estado Islámico y ahora ayudan a Bagdad a hacer retroceder al gobierno autónomo del Kursdistán en el norte del país, replegarse de la ciudad de Kirkuk y desistir de sus ambiciones independentistas, plasmadas en un histórico referéndum el primero de octubre pasado.
 
Aunque Trump evita mencionarlo en sus discursos sobre Irak, Estados Unidos e Irán apoyan al mismo bando en ese país, el gobierno nacional dominado por parte de la minoría chiita, histórica aliada de la República Islámica y socia estratégica de la Casa Blanca desde la invasión de 2003.

Si Trump finalmente sepulta el acuerdo nuclear con Irán, la lista de posibles consecuencias regionales es larga y preocupante. Entonces, ¿qué gana Estados Unidos? ¿Qué ganó el gobierno de Bush al dilapidar el acuerdo con Corea del Norte y no tratar de expandirlo para evitar o postergar la emergencia de una nueva potencia atómica?
 
Casualmente ambos presidentes expresaron la respuesta de manera similar: Bush habló del Eje del Mal y Trump se refirió a un grupo de Estados rebeldes y parias en su reciente discurso ante la Asamblea General de la ONU. En los dos casos se trató de una simplificación al estilo buenos vs malos a escala global y en los dos casos, Corea del Norte e Irán, terminaron dentro del selecto grupo de los malos.
 
Obama no había entablado una relación de amistad con el gobierno iraní de Rohani ni una alianza ni había impulsado una prometedora relación comercial. Simplemente había roto con la política que ubicaba a Irán como un enemigo con el que no se podía hablar o negociar, algo similar a lo que consiguió con Cuba con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Y eso es justamente lo que ahora Trump, con el apoyo explícito de Israel y Arabia Saudita –los dos principales rivales de Teherán en Medio Oriente–, está intentando deshacer.
 
Si Irán es el “principal promotor estatal del terrorismo”, como ha repetido una y otra vez el gobierno de Trump, ningún diálogo es posible porque, como enseña Hollywood, Estados Unidos no negocia con terroristas.
 
Una vez más, un gobierno estadounidense boicotea un elogiado acuerdo diplomático firmado por un antecesor para evitar un conflicto armado en el futuro, y lo hace sin tener ninguna estrategia real para reemplazarlo. No es difícil imaginar que el resultado, una vez más, no será bueno.