Categoría: Internacionales

Fuente: Revista CONVERGENCIA Nº34 Julio

{mosimage}La resistencia de los pueblos originarios de América Latina comienza prácticamente a partir del inicio de la colonización por parte de las potencias europeas. Distintos factores económicos, sociales y culturales se conjugaran para que a fines del siglo XV,  los principales países marítimos del occidente europeo emprendieran su expansión colonial hacia una tierra para ellos desconocida, habitada por pueblos con distintos niveles de desarrollo, alguno de los cuales habían alcanzado un alto grado de organización de sus sociedades, sus economías y conocimientos, que todavía hoy provocan admiración.

Habitaban distintas geografías y climas en un continente que abarcaba los dos hemisferios, hablaban numerosos idiomas y dialectos, pero tenían en común un especial cuidado de la naturaleza y un profundo arraigo con el espacio que habitaban, lo cual se traducía en su concepción de la Madre Tierra como centro de su cultura y sus creencias religiosas.




Superados por la abismal diferencia en armamento con las potencias coloniales –armas de fuego contra lanzas y flechas-  que no pudieron contrarrestar con su superioridad numérica, fueron sometidos y exterminados en un genocidio que hoy merecen disculpas formales de los descendientes de los conquistadores. Los que sobrevivieron finalmente fueron reducidos a trabajos esclavos, o se replegaron a zonas de poco valor económico para esa época o vivían en las inexpugnables y tórridas selvas amazónicas.

En numerosas ocasiones, durante el período colonial, se produjeron  levantamientos encabezados por caciques cuyos nombres hoy forman parte de la historia y fueron rescatados  como paradigmas por los patriotas que encabezaron la gesta libertadora de América Latina en el siglo XIX, que no dudaron en incorporar a sus ejércitos, como San Martín y Bolívar, a pueblos originarios que veían en la independencia una salida a las oprobiosas condiciones de esclavitud y exterminio a que los sometía el régimen colonial. Recordemos a Belgrano en el Congreso de Tucumán proponiendo una monarquía constitucional encabezada por un rey inca como forma de atraer a los nativos a la gesta libertadora. Esta alianza duró lo que le duró a las oligarquías nativas, que sucedieron al dominio español, recuperar la conducción del proceso independentista de manos de los revolucionarios que lo iniciaron.


Poco a poco, terminada las guerras de la independencia, se continuó con la expansión de las fronteras a costa de los pueblos originarios en beneficio de pocos y sin la más mínima intención de incorporarlos como compatriotas de las nuevas naciones que surgieron, respetando su hábitat, sus tradiciones y su idioma.

Luego de esta segunda derrota, esta vez a mano de las oligarquías locales, estos pueblos continuaron aferrándose a sus orígenes, conservando su identidad y generando grandes y pequeñas resistencias en defensa de las tierras a las que fueron confinados y que pudieron conservar.


En estas últimas décadas, a la par y acompañando los cambios que se vienen produciendo en América Latina, las luchas de los pueblos originarios han adquirido una visibilidad  y repercusión como nunca antes, llegando a producir el acontecimiento inédito del primer presidente indígena, Evo Morales en Bolivia, como parte de un cambio más profundo reflejado en la nueva constitución, recientemente aprobada, donde las etnias indígenas adquieren un status especial en el reconocimiento de sus derechos, Algo similar, atendiendo a las singularidades de sus países, se estatuye en la nueva constitución ecuatoriana impulsada por su presidente Rafael Correa y en la bolivariana de Venezuela.


En otros países de Latinoamérica se han producido importantes luchas de los pueblos originarios en defensa de la tierra, el hábitat, la especificad cultural
y de su participación efectiva en la toma de decisiones atinentes al destino de las naciones de las cuales forman parte -la más emblemática y conocida es el fenómeno zapatista en Chiapas, México, - pero la mayoría han quedado a medio camino ya que no estuvieron articuladas con cambios profundos en sus respectivos países. Así podemos mencionar, entre otras, las luchas de los mapuches en Chile, la de los pueblos autóctonos de las áreas rurales de Colombia permanentemente masacrados por los grupos paramilitares al servicio de los grandes hacendados para provocar su éxodo y apoderarse de las tierras comunales, los hostigamientos y desalojos a sangre y fuego de los indígenas por parte de los garimpeiros en el territorio amazónico de la frontera de Brasil con Venezuela.


Nuestro país no es ajeno a estos acontecimientos. Son conocidas las luchas en defensa de la tierra de las comunidades mapuche en el sur y la de los campesinos de la etnia  quichuista vilela en Santiago del Estero, agrupados en el
Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase).

Recientemente tuvo amplia difusión por los dramáticos sucesos a que diera lugar, la matanza de indígenas en la amazona peruana. Vale la pena detenerse con algún detalle en este acontecimiento porque tiene incorporado un ingrediente político que trasciende las propias implicancias locales, para encuadrarse en un marco más amplio de resistencia, junto con otros sectores de la sociedad peruana, a la acción de los monopolios trasnacionales y a las políticas neoliberales que rigen los Tratados de Libre Comercio (TLC).


Cuando se refiere a los pueblos originarios de Perú suele mencionarse casi en forma exclusiva a los que habitan la sierra, descendientes del gran imperio inca, ignorándose a los pueblos amazónicos que actualmente representan el 11% de la población peruana y habitan la regíón selvática, la más extensa de ese país. De las 13 familias etnolingüísticas de la amazona peruana, la más numerosa, con aproximadamente 60.000 miembros, son los jíbaros, compuestos por los aguarunas -la mayoría y famoso por su costumbre de reducir la cabeza de sus enemigos vencidos para conservarlas como trofeo- y los huambisas. Guerreros implacables cuando se trata de defender su territorio, la zona alta de la selva, no pudieron ser conquistados por los incas ni los españoles; tampoco pudieron ser penetrados por las guerrillas del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru ni las de Sendero Luminoso. En la época de la explotación del caucho, fines del siglo XIX y principio del XX, se esclavizó a los indígenas amazónicos de las zonas bajas provocando una matanza que dejó más de 50.000 muertos, pero los aguarunas y los huambisas no permitieron penetrar en su territorio a los caucheros. Esta feroz matanza provocó un asilamiento voluntario hasta hoy día de muchas poblaciones nativas.


Es interesante conocer cómo cuidan el medio ambiente respetándolo profundamente cuando realizan sus cultivos, que son de subsistencia. No siembran un producto sino que despejan un  lugar del bosque, y ponen allí distintas plantas (palta, calabaza, plátano, maíz, mandioca, algún frutal) de diferente contextura y ciclo vital, entremezcladas, imitando a la naturaleza. Luego de un tiempo regresan ese predio a su condición natural y despejan otra área para el cultivo.

Los territorios por los cuales se produjo el enfrentamiento son el hábitat de los aguarunas y los huambisas y los motivos, una serie de nueve decretos leyes dictadas por el gobierno del presidente Alan García para favorecer la implementación del TLC con Estados Unidos que, contradiciendo la legislación peruana -como el convenio 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) aprobado por Congreso y otras leyes ambientalistas-, permitían que su modo de vida en armonía con la naturaleza, fuente de su subsistencia, fuera agredido por la apetencia de las empresas multinacionales extractoras de petróleo, gas y minerales así como por las grandes madereras depredadoras de los bosques.

Alan García, para justificar las leyes, elabora la teoría del “perro del hortelano”, que expone en un artículo en la prensa peruana, según la cual, como los pequeños campesinos o las comunidades indígenas no tienen grandes capitales para invertir, deben dar vía libre a las  grandes compañías mineras, petroleras y agroindustriales que trabajan productos para la exportación, lo cual –según él- es lo que Perú necesita.


Los nativos acusan al gobierno de violar el convenio 169 que estipula que ellos deben ser consultados antes de emitirse alguna legislación que los afecte, lo que al no ocurrir convierte a esas leyes en inconstitucionales. Arranca así una huelga y protesta de los nativos amazónicos que después de 54 días deviene en la represión salvaje del 5 de junio -irónicamente el día del medio ambiente- en la localidad de Bagua. Los indígenas se defienden con sus armas tradicionales, lanzas y arcos, toman algunas armas de los atacantes y la lucha se hace más sangrientas para ambas partes con mas de 50 indígenas y 22 policías muertos. Algunos organismos de derechos humanos hablan de un mayor número de víctimas entre los nativos además de numerosos heridos y desaparecidos durante los días posteriores.

Inmediatamente se desatan en Perú, especialmente en Lima manifestaciones de solidaridad con la defensa de su tierra y de la selva amazónica, el pulmón más importante de nuestro planeta, por parte de los pueblos originarios. Despues de una cerrada negativa durante los primeros días por parte del gobierno y el parlamento peruano, el día 10 de junio este último suspenden 2 de las 9 leyes, lo que es rechazado por los indígenas que a esa altura habían ganado el apoyo de importantes sectores políticos, sociales y sindicales. Así se convocan a marchas de protesta en todo Perú, se fortalece la huelga en la región amazónica y se mantienen bloqueadas varias carreteras importantes de la región. Finalmente, ante la firmeza de la resistencia y la solidaridad del resto del pueblo peruano, el parlamento deroga el día 18 de junio, trece días después de la masacre, las así nombradas “leyes de la selva”, coronando un triunfo importante de los pueblos originarios de la amazona peruana y un duro golpe a la política neoliberal del presidente Alan García.

La avidez de las grandes transnacionales seguramente no se verá disminuida y en el futuro buscará algunas formas no tan burdas como la que se intentó imponer en esta oportunidad, por lo que los pueblos originarios no podrán bajar la guardia en defensa de su vida y su hábitat.

En los acontecimientos actualmente en pleno desarrollo en la República de Honduras es   poco difundido la integración de los pueblos originarios a las luchas democráticas en su país, como surge de la información que señala que el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) ha emitido, un llamado donde “condena el cobarde y sucio golpe de estado dado contra el Presidente Constitucional de la República Manuel Zelaya Rosales”, agregando que “Nuestra organización desde horas de la mañana está convocando a sus bases y ya ha comenzado una caminata con representantes del Pueblo Lencas rumbo a Tegucigalpa”.

Después de más de cinco siglos la resistencia continúa.