Categoría: Comunitarias

Fuente: Tiempo Argentino    (7-05-2015)

Negacionismo: Labaké contra la memoriaUna de las características que más sorprende a los desprevenidos juristas, criminólogos y analistas de los Derechos Humanos es la impávida mirada de los grandes carniceros de la historia. Adolf Eichman presenciaba su juicio desde una actitud postural oficinesca, como si el millón y medio de niños menores de 10 años masacrados en los campos de exterminio no fuesen producto de su genocida manipulación de la vida y la muerte.

El genocidio tiene mucho peso en nuestra historia. Fue instalado inicialmente por las potencias coloniales distribuyendo enfermedades, mita, yanaconazgo, esclavitud, servidumbre, desprecio, cosificación, desvalorización y discriminación sobre pueblos originarios y afro-descendientes robados desde el continente donde nació la vida humana. El genocidio, también, nos trae los ecos de los asesinatos en masa producidos por los jóvenes turcos en la segunda década del siglo XX.

La Shoá, Holocausto, fue la versión criminal que se cobró millones de vidas en nombre de una superioridad racial ridícula y ficticia. Dicho exterminio de judíos, gitanos, homosexuales, socialistas, eslavos, comunistas, testigos de jehová y personas con capacidades diferentes fue la gran masacre industrial sobre civiles indefensos durante la Segunda Guerra Mundial.

La desaparición forzada de personas, sugerida por los manuales castrenses de la política colonial francesa y las versiones actualizadas de la doctrina de la seguridad nacional (que debiera re-titularse como seguridad imperial) hace presente la noción de genocidio (o de políticidio) empapando aun la realidad política, jurídica e institucional de nuestro país. Los 30 mil desaparecidos, el robo de bebes, los vuelos de la muerte y la saña brutal de la tortura, incluso a niños y a mujeres, atraviesan –y marcan–el presente de varias generaciones yuxtapuestas de América Latina.

El femicidio, forma sistemática de un genocidio por goteo, que destruye la vida de mujeres, sistemáticamente, desde hace miles de años, sin que se reviertan las condiciones estructurales que la permiten, invisibilizan y naturalizan el patriarcalismo que la incentiva.
Una de las formas más perversas de la tergiversación de estos crímenes contra la humanidad –y el puntapié inicial para su repetición (y continuidad) con viejas o nuevas víctimas– es el negacionismo: ocultar a los masacrados, negar su exterminio, impedir que sus historias sean testimonios vivos del horror. Ha sido, históricamente, el mecanismo utilizado para viabilizar nuevos genocidios. La negación de los diferentes gobiernos turcos, desde 1920 hasta la actualidad, del exterminio del pueblo armenio supone no sólo la afrenta de invisibilizar a las víctimas, a los sobrevivientes y a sus descendientes, sino también la "autorización" para su repetición a futuro, bajo el pretexto vil de que todo podrá ser ocultado nuevamente.

El abogado Juan Gabriel Labaké cuestionó en 2009 la decisión del gobierno nacional de expulsar al obispo lefevrista y negacionista Williamson, quien declaró que la matanza de 6 millones de judíos era una invención hebrea. En la defensa de Williamson, Labaké señaló que no existen pruebas de la existencia de la cámaras de gas, que solo murieron 300 mil  y que "entre esos 6 millones –textual de Labaké– hubo una dulce adolescente llamada Ana Frank que escribió un enternecedor y 'hollywoodense' diario (…) y que hace poco se ha descubierto que fue escrito por un cagatinta pagado por el padre de Ana Frank." Mas adelante, en esta misma "conferencia" intitulada la Patria Prisionera afirma: "Por eso, en la Argentina de los Kirchner, los únicos privilegiados no son los niños, sino los sionistas." (http://www.maraustralis.com/090309labake.html)

En aquella oportunidad declaró "que el Holocausto debiera denominarse el Holo-cuento", postulando el viejo principio de la negación histórica: para el abogado que defendió a Isabel Perón, las cámaras fotografiadas en Auschwitz y Birkenau, por el ejército rojo la mañana del 27 de enero de 1945 son una invención. Para el señor Labaké –ex defensor de Kenoore Edull, pieza clave de la pista Siria–, el millón y medio de niños exterminados (cada uno con su nombre, su rostro, repetidos al infinito en el salón de la infancia del museo de Yad Vashem), no existieron. El asesinato despiadado, relatado por los propios verdugos en los juicios de Neuremberg, los partisanos fugados de los campos, los testimonios de Waldo Frank, de Primo Levy, de miles más, son burdas patrañas. Para Labaké los guerrilleros que sobrevivieron en los bosques y pelearon contra la sordidez de la gestapo y las SS son ficción. Para Labaké los sobrevivientes que guardan sus números en sus brazos, los esclavos en las fábricas de armas, los gloriosos hermanos Mordejai Anilevich en Milá 18, que dejaron su sangre inscripta en las paredes de Milá 18, son habladurías. Para Labaké las fosas Ardetinas y los sepelios colectivos tras los fusilamientos en Ucrania y en Rusia son ilusiones. Para Labaké la propaganda iniciada por Mein Kampf y el robo de propiedades de millones de judíos es literatura: todo eso está negado por Her Labaké, porque el odio tiene la curiosa y psicopática tendencia a negar la realidad.

La memoria histórica se instituye como una batalla entre la presencia y la negación. Entre el documento histórico fáctico que lo valida o la mentira que lo borra, entre quienes buscan la no repetición del suceso y quienes lo promueven mediante el negacionismo. ¿Existe acaso algo más abyecto que negarle en la cara a un hijo el asesinato de toda su familia? Cuando los dictadores, torturadores y cómplices civiles hoy juzgados en nuestro país repetían que los desaparecidos "no estaban", o que estaban en Europa,  cuando afirmaban que "eran un número menor" al que postulaban las madres y Abuelas, cuando justificaban la masacre en nombre de una necesidad de limpieza eugenésica, o cuando afirmaban que "por algo será", pretendían limitar la crueldad infinita de sus actos. Pero también amenazaban de una recurrencia futura.

El señor Labaké, que en 2004 acusó al entonces presidente Néstor Kirchner por "defraudación a los dineros de la provincia de Santa Cruz" (ver http://www.elembudo.tv/politica/40-politica/115-qnestor-y-cristina-kirchner-se-llevaron-los-fondos-de-santa-cruzq.html), declama reiteradamente su afinidad con el Momo Benegas al mismo tiempo que siembra el desprecio contra cualquiera que sea judío, fomentando el odio hacia quienes culpabiliza de todos los males de la humanidad.

La precaución sobre el desconocimiento o el ocultamiento de la realidad aparece como una de las labores centrales para impedir el vacío histórico. Si los testimonios del horror se esconden, si los justificadores de los genocidios "construyen agenda" estaremos, ya, un poco más cerca de la próxima masacre.