Categoría: Comunitarias

Fuente: Revista CONVERGENCIA Nº34 Julio


{mosimage}La aparición en la Argentina de diversas expresiones de repudio a la agresiva y últimamente sangrienta acción militar israelí contra el Líbano y Gaza, sumada a la actitud dilatoria evidenciada por los distintos gobiernos de Israel en dar por terminado un prolongadísimo conflicto con los residentes palestinos, dando fin a una ocupación de más de 40 años que posibilitaría la constitución de un vecino estado palestino viable e independiente, se torna razonable la pregunta que  deberíamos formularnos: ¿Cuales de estas manifestaciones pueden considerarse una continuación del endémico antisemitismo que ha debido enfrentar una comunidad judía en los más de cien años de su visible existencia en el país, y cuales son simplemente expresiones condenatorias, similares a las que lamentablemente han aparecido en distintas geografías del mundo civilizado?


El antisemitismo en la Argentina en donde vive actualmente la colectividad judía más numerosa de toda América Latina tiene un frondoso historial con características que han sido fielmente descriptas en valiosos trabajos de investigación. No afloró, expandió y se manifestó exclusivamente durante los regímenes autoritarios y militares. Fue nutrida desde sus orígenes por las ideologías raciales y antisemitas que comenzaron a tener auge en Europa a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con precursores relevantes como el conde de Gobineau, su continuador Charles Maurras, el inglés naturalizado alemán Houston S. Chamberlain y otros, cuyos escritos alimentaron el accionar y el discurso xenófobo de los nacionalistas católicos de derecha en la Argentina, férreos oponentes al pensamiento surgido por la Ilustración, corriente intelectual inspiradora de movimientos de liberación individual y afirmación de derechos civiles esenciales frente a las autocracias dominantes. Una corriente intelectual que culminó en la Revolución Francesa, cuyas concepciones liberales fueron tomando vigencia en todo el continente europeo, posibilitando el desarrollo de un capitalismo ya en auge y un posterior nacimiento de una visión socialista a la que se sumó un entusiasta y creciente proletariado industrial, motor indispensable en la lucha por el logro de una sociedad más igualitaria.

La presencia de un antisemitismo virulento en la Argentina ya comienza a ser notoria a principios del siglo pasado, atizado e implementado por el ultra nacionalismo criollo y que tiene el acompañamiento intelectual de relevantes figuras del clero católico. En sus discursos y escritos sus planteamientos hacen aparecer a los judíos ligados a la masonería universal, ya sea como promotores de una conjura internacional, o como los inspiradores e introductores de las ideas liberales y socialistas en la sociedad argentina, destructoras de la herencia de esenciales valores de la hispanidad cristiana.
Estos grupos de la derecha reaccionaria argentina entran en acción luego del atentado y muerte del jefe de policía, el coronel Ramón Falcón,  llevado a cabo en noviembre de 1909 por el anarquista judío, Simón Radowitzky, en represalia contra quien personalmente ordenó y dirigió la sangrienta represión policial contra la concentración convocada por el anarquismo en Plaza Constitución, conmemorando el 1º de Mayo. En respuesta a este hecho son atacadas y destruidas por elementos ultra nacionalistas amparados por la policía, las imprentas donde se imprimían los periódicos La Vanguardia (socialista) y la Protesta (anarquista). Su especial virulencia queda evidenciada en el incendio y destrucción de la Biblioteca Rusa, lugar donde se concentraban las distintas orientaciones de la militancia socialista judía, la mayor parte exiliados de la despótica Rusia zarista luego de la fallida revolución de 1905, destruyendo la imprenta donde se editaba el diario Der Avangard y siendo incinerados en impresionantes hogueras cientos de libros y publicaciones en la Plaza Lorea, hechos a los que siguieron arrestos y allanamientos.

Para ilustrar las conductas seguidas por la dirigencia comunitaria representadas por la Jewish Colonization Association (J.C.A.) y la otrora Federación Israelita Argentina ante estos hechos, solo podemos certificar de ésta última su apresurada solidaridad con el funcionario asesinado y su decisión de no defender a los detenidos judíos, preocupándose únicamente en poner a salvo sus buenas relaciones con el gobierno. Es más, la J.C.A. recurrió a sus contactos oficiales pidiendo la aplicación de la ley de residencia 4144, para hacer deportar al dirigente poalei sionista León Jazanovich, acusándolo de agitación entre los trabajadores de sus colonias. La élite judía consideraba perjudicial para el desenvolvimiento comunitario la acción de los activistas obreros judíos con sus reclamos sociales, haciéndolos responsables del brote antisemita. Una actitud similar asumió esta dirigencia años más tarde, en ocasión de los acontecimientos de la Semana Trágica, negándose a defender aquellos presos judíos conocidos por su militancia de izquierda. Ni siquiera fue relevante su intervención ante el poder oficial por los actos vandálicos, verdaderos pogroms, llevados a cabo en barrios con densa población  judía que, con la consigna “muerte a los rusos”, llevaron a cabo la policía e integrantes de la Liga Patriótica. Cuando el 24 de enero de 1919 el diputado socialista Mario Bravo pidió informes al gobierno radical sobre estos acontecimientos, jamás obtuvo respuesta. Todo pasó como si nada hubiese ocurrido. Sí fueron tratados rápidamente en el Parlamento, los proyectos de leyes represivos contra la protesta obrera. La defensa de Pedro Wald, dirigente del Bund y fundador del Avangard, detenido en condiciones humillantes bajo el cargo de encabezar un “plan” revolucionario destinado a sustituir al gobierno por un soviet maximalista, fue asumida únicamente por los abogados del Partido Socialista.

La aparición de ideologías y gobiernos fascistas en el escenario europeo después de la 1º Guerra Mundial, el fin de la República de Weimar con la aparición del nazismo en la década del 30 en Alemania y el advenimiento del falangismo en España, luego de la caída de la república, fueron fuente de inspiración de intelectuales y presbíteros católicos, que dieron vida a numerosas publicaciones y agresivas agrupaciones de abierta tonalidad antisemita. La alianza de nacionalistas y el clero derechista católico adhería firmemente a la convocatoria del ideólogo español Ramiro de Maetzu que en su libro Defensa de la Hispanidad instaba a unir fuerzas para combatir a los “malignos satanes del judaísmo y del comunismo que, junto con la masonería, están trabajando sin descanso por la disolución del Occidente Cristiano”. Entre los más fervientes seguidores de esta ideología estaban la revista “Sol y luna” que se publicó entre 1938 y 1943, dirigida entre otros por Mario Amadeo (quien años más tarde, como delegado del gobierno de Frondizi ante las Naciones Unidas, protestaría por el secuestro israelí de Adolf Eichmann); Juan Carlos Goyeneche, conocido antisemita que llegó a entrevistarse con los más altos jerarcas del nazismo, Marcelo Sánchez Sorondo, Ignacio B. Anzoátegui, escritor y poeta ultra católico, apologista de Hitler.

Entre las publicaciones antisemitas más virulentas que aparecieron en aquella época, se destaca Clarinada dirigido por Carlos M. Silveyra. Publicación que contó con el beneplácito de la alta jerarquía católica del país y sectores que veían con agrado el surgimiento del nazismo en el escenario europeo. Clarinada reproducía en forma persistente los más importantes textos como los Protocolos de los Sabios de Sión, las obras de Hugo Wast y escritos de los tristemente célebres presbíteros católicos ultramontanos y antisemitas como Julio Menvielle o Virgilio Filippo. Otras publicaciones pro nazis, lo constituyeron el diario El Pueblo, el Pampero y la revista Cabildo.

Estos ideólogos y sacerdotes católicos mucho tuvieron que ver con la formación totalitaria y antiliberal de nuestras fuerzas armadas evidenciada por la inclinación pro nazi en la 2ª Guerra Mundial que tuvieron grupos gravitantes en su seno, y años más tarde durante el Proceso de Reorganización Nacional con su accionamiento genocida, donde las víctimas judías sufrieron un tratamiento similar al practicado por el nazismo. En este último caso la dirigencia judía también cerró puertas y oídos a los angustiosos pedidos de familiares que buscaban  ayuda para localizar a sus seres queridos desaparecidos.

Hacer un resumen del antisemitismo en la Argentina resulta una tarea prácticamente imposible de cumplir en el marco de un artículo. Pero el fin de este escrito  no ha sido éste. Sólo he querido ejemplificar y diferenciar con este breve pantallazo, lo que fueron realmente manifestaciones de un antisemitismo vernáculo lacerante, donde esta dirigencia judía supo mantenerse en silencio, pero que hoy no vacila en calificar de antisemita a toda crítica que denuncie hechos condenables de la política israelí contrarias a toda ética y humanismo judío que pomposamente decimos sustentar.

Esto no significa que no repudiemos enérgicamente la actitud agresiva de grupos encapuchados autotitulados de “izquierda” que, en forma violenta, trataron recientemente de desbaratar un acto de homenaje para conmemorar el 61º aniversario de la creación del Estado de Israel organizado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires. La violencia siempre fue rechazada por la izquierda democrática como método de lucha para imponer sus ideas y nunca justificó y se solidarizó con regímenes autocráticos y semitotalitarios como el que hoy impera en Irán, cuyo líder máximo no vacila en pronosticar persistentemente la destrucción del estado israelí. Lo que fervorosamente deseamos es que Israel retome los ideales de justicia y hermandad con las poblaciones ya residentes que trataron de implementar los jóvenes pioneros que poblaron el país, y concrete las aspiraciones de Ajad Haam, ese gran pensador sionista, de que el futuro estado judío se convierta en un faro hacia el mundo de los verdaderos valores aportados por el humanismo judío a la humanidad.