Categoría: Historia

Fuente: Tiempo Argentino      (19-10-2015)

Hace 70 años las columnas arrancaron en Berisso atravesando el Riachuelo, y los trabajadores argentinos metieron las patas en la fuente de la política nacional. Había nacido una corriente popular, y la sonrisa del icónico coronel vitoreado por la multitud terminaría iluminando la Casa Rosada, tras las elecciones de febrero del '46.

El viejo mundo de la posguerra, donde el estropicio fascista había dejado un tendal con decenas de millones de muertos, y un rango de destrucción y crueldad desconocidos en Europa, parecía una pesadilla del pasado.

Aun así, en 1945 los líderes del mundo eran todos hombres del siglo XIX. Stalin, Roosevelt, Churchill y De Gaulle, que nacieron en el siglo de la reina Victoria, construyeron los pilares del ciclo político que Thomas Piketty caracterizó como el de mayor justicia distributiva en la historia del capitalismo. El reparto del ingreso nacional no sólo fue más favorable a los asalariados, además los sindicatos se transformaron en factor político nacional: los trabajadores contaban.

El primer peronismo, el que cristalizó en las jornadas del 17 de Octubre de 1945, se benefició de esa nueva realineación de fuerzas internacionales; del ocaso de Gran Bretaña y del surgimiento de un mundo bipolar, donde en Moscú y Washington se pronunciaban las palabras definitivas, así como de su principal subproducto histórico: el Welfare State. El Estado de Bienestar supuso un salto abrupto en el orden político del capitalismo. Ya no se trataba del abstracto derecho a tener derecho que reconoce el liberalismo, donde cada cual debe velar por sí y por tanto la mayoría queda a la intemperie. Era otra cosa. Al tratarse de derechos relativamente garantizados, la vivienda, la educación, la salud, el esparcimiento y las vacaciones pagas, construyeron un nuevo piso colectivo que en la Argentina se expresó como peronismo, y este denominó "justicia social".

Sus célebres tres banderas (independencia económica, soberanía política y justicia social) no sólo sintetizaban un horizonte colectivo, además expresaban una nueva sensibilidad, donde los derechos de la mayoría no podían ser pisoteados sin resistencia. Cuando el movimiento obrero surge en la Argentina, los trabajadores son mayoritariamente extranjeros. En 1914 el 75% de los habitantes de Buenos Aires o eran extranjeros o hijos de extranjeros, al tiempo que dos terceras partes de los trabajadores de todo el país también lo eran. De modo que la democracia radical apenas rozó el mundo del trabajo, y cuando Hipólito Yrigoyen accedió a la presidencia en 1916 –hace casi 100 años– e intentó legalizar los sindicatos, el control conservador del Senado se lo impidió.

Es cierto que ese Senado era el producto del orden oligárquico del centenario. Tan cierto que Yrigoyen, primer presidente electo por voto popular en elecciones libres, en lugar de utilizar el ariete democrático de la intervención federal y poner fin a elecciones amañadas y espurias, aceptó dejarlo intocado. Es decir, permitió que el control oligárquico limara sus tenues intentos democratizadores. Una regla de oro deja evaluar la matriz de la resistencia conservadora: cuando un movimiento popular no modifica drásticamente el orden político, todo su programa termina bloqueado. Un conservador sabe que se trata de dejar en claro quién manda; de modo que la batalla democrática puede dirimirse en torno a una medida central o anodina. Un gobierno popular puede ser obligado a emplear la misma fuerza en ambos casos. Un ejemplo de años después aclara. Cuando en 1945 el gobierno del general Edelmiro Farrell decreta el cobro del aguinaldo, tras la movilización del 17 de Octubre, la patronal no vacila en rechazarlo al grito de "vayan a cobrarle el aguinaldo a Perón". El triunfo electoral del '46 cambió las cosas.

En realidad, tanto Perón como Yrigoyen intentaron evitar el conflicto social. Pero la endiablada lógica del capital no les permitió eludirlo.

Dos fechas mal separadas

Si algo caracterizó a Juan Domingo Perón, en tanto militar con lectura política propia, fue su voluntad de controlar directamente el dispositivo político. Un lector y comentarista de Clausewitz no está dispuesto a "compartir" poder. Todo aquel que posea un poder requerido por el jefe, lo sepa o lo ignore, lo enfrenta. Perón en ese punto era implacable, y la histórica dirección del 17 de Octubre, la que hizo posible rescatarlo de la prisión y organizar el partido basado en los sindicatos –el laborismo– con que ganara las elecciones, repentinamente se volvió centro de una agria disputa. La pelea finalizó abruptamente: los que, como Cipriano Reyes, hicieron el 17 de Octubre terminaron mal; fueron desplazados primero y remplazados después por burócratas sin poder propio. A la hora de la verdad, ese control directo se pagó caro, tanto que en septiembre del '55, esos dirigentes obreros fueron perfectamente incapaces de defender nada.

Diecisiete años más tarde, cuando Perón no pudo ser candidato a presidente porque los sobrevivientes de la Revolución Libertadora se lo impidieron, Héctor J. Cámpora accede al sillón de Rivadavia. Duró seis semanas; de "Cámpora al gobierno, Perón al poder" cantado el 25 de Mayo del '73, se pasó al derrocamiento del "Tío", mediante una escuálida movilización de la CGT. En el medio se produjo el 20 de junio, la movilización de masas más importante de la historia argentina, a la que el General, con inusitada prudencia, evitó concurrir, el día de su regreso definitivo.

Dos  millones de compatriotas, de los cuatro puntos cardinales, encolumnados por los militantes de la juventud, arribaron a Ezeiza ese 20 de junio. Eran las huestes del tercer peronismo. El General las había convocado, desde el momento en que la dirección política de los sindicatos –que siempre había preferido a Perón en Madrid– no había estado dispuesta a movilizarse en defensa de su candidatura. Aquel segundo peronismo había carecido de política propia. El control de los sindicatos había sido todo su objetivo, y ahora, en el radicalizado 1973, el aliento de una militancia obrera capaz de ganárselos, democratización mediante, era su pesadilla. Entonces, la dirección sindical al verse desbordada por una movilización multitudinaria decide sabotear el acto.

Un tiroteo con epicentro en el palco donde deberán ubicarse el presidente en ejercicio y el jefe del movimiento, tras su arribo al aeropuerto de Ezeiza, muestra que el coronel Osinde no está dispuesto a permitir que la movilización exprese la nueva relación de fuerzas. El segundo peronismo, arrinconado, impulsa una masacre, y Perón corona la maniobra decidiendo descender en el aeropuerto de Morón, y evitar así el contacto con los movilizados.

El discurso del 21 de junio de 1973, que el General desgrana por televisión, no hubiera sido pronunciable en Ezeiza el día anterior. A diferencia del 17 de Octubre del '45, no se trataba de rescatar a un coronel preso, sino de llevar un movimiento en ascenso a la victoria. La proscripción electoral del jefe, que no pudo quebrarse el 11 de marzo de ese año, hubiera sido destrozada el 20 de junio. Pero Perón no quería ser el presidente de un levantamiento popular triunfante, sino ganar las elecciones. En esa decisión queda retratada toda su política: insoportable para la normalidad del establishment, insuficiente para la revolución democrática.

A 42 años del 20 de junio, ¿qué queda? El peronismo ya no contiene al movimiento obrero, los dirigentes sindicales no forman parte de ninguna dirección política. La letra del cuarto peronismo todavía retumba, aunque la música del tercero no se termina de apagar. En esa tensión todavía estamos.

Las encuestas nos hacen saber que es posible que Daniel Scioli venza en primera vuelta. Toda la estrategia opositora amenaza naufragar: basta que el margen de error estadístico de las encuestas fuera salteado por los votantes, para que el gobernador venza sin balotaje. Dos lecturas se disputarán ese posible triunfo: en la primera, el oficialismo habría ganado la continuidad de 12 años de gobierno y Cristina Fernández conservaría las riendas del movimiento, por lo cual Scioli no debería desoírla. En la segunda, un nuevo presidente dispondría del poder, y el modo en que lo utilizará será una sorpresa, tal vez incluso para él mismo.