Categoría: Historia

Fuente: Miradas al Sur   (3-05-2015)

Berlín, Alemania, 2 de mayo de 1945La 82ª división de fusileros del Ejército Rojo entra a una Berlín despedazada la tarde del 1 de mayo de 1945. Los soldados soviéticos caminan entre los escombros y los muertos recordándolo todo. Abduljakim Ismailov es uno de esos hombres que vienen sobreviviendo y peleando desde hace seis años. Recuerda, Ismailov, aquella orden recibida el 30 de noviembre de 1939, cuando con 21 años fue llamado a movilizarse a Finlandia, recién comenzada la Segunda Guerra Mundial. Recuerda los cuatro meses de batallas en aquel frente helado. Recuerda que no tuvo tiempo, desde entonces, para volver a la aldea de Chagar-Otar, en la región de Jasavyurt, frontera norte de Dagestán con Chechenia, donde había nacido y donde quedaron sus padres, sus dos vacas flacas y su perro eternamente hambriento.

Se pregunta, la tarde del 1 de mayo, mientras camina entre escombros y muertos, si seguirán vivos sus padres. Recuerda los combates saltando de una ciudad a otra, de Ucrania a Bielorrusia, durante 1940. Y, claramente, recuerda ese 22 de junio de 1941, cuando supo que las tropas nazis habían decidido invadirlos. Recuerda las largas batallas, las bajas, el frío desaforado entrando por los uniformes rotosos y los repliegues, cada vez más humillantes, cada vez con menos compañeros, hacia esa Stalingrado que no debía caer. Recuerda la pelea para romper ese cerco que los mataba de hambre más que de bala. Recuerda el sitio de 900 días a Leningrado. Recuerda la llegada del invierno junto a la orden de comenzar la ofensiva. Recuerda aquel cansancio y dolor que, de tan pronunciado, ya casi ni se sentía. Recuerda las aldeas recuperadas y los cadáveres de miles y miles de compatriotas asesinados por los nazis en su desbandada. Recuerda la batalla de Kursk y la muerte allí, al alcance de la mano. Recuerda los dos balazos en el pecho, recuerda el tiro en la pierna izquierda que aún lo hace renguear. Recuerda el 12 de enero de 1945 cuando llegó la orden a su división de avanzar hacia Berlín. Y recuerda el parte que todos dicen que llegó pero nadie vio, parte que todos sus compañeros repitieron por las noches heladas, las manos entrelazadas para protegerlas algo del frío: murió uno de cada tres habitantes de Leningrado, uno de cada cuatro de Bielorrusia, uno de cada tres de Smolensk. Recuerda, no puede dejar de recordar, los ojos fijos en las noches de los ojos de sus compañeros: más de 26 millones de compatriotas muertos, hombres y mujeres, soldados y civiles, viejos y chicos, amigos, desconocidos, todos.

Con 27 años, Abduljakim Ismailov camina entre escombros y muertos de la despedazada Berlín hasta bien entrada la noche del 1º de mayo de 1945. Ayer, sabe, saben todos, festejan todos en silencio, se suicidó Hitler. Y sabe, saben todos, que la guerra está a punto de terminar. Seis años, piensa Ismailov. Allí, esos escombros, esos muertos, ese suicidio son la causa de todos sus malos recuerdos. La humareda se arrastra por las calles de Berlín. Las nubes cubren el cielo de la despedazada Berlín. Es muy probable que, de un momento a otro, comience a llover, piensa Ismailov. Se agacha, saca el reloj de acero alemán de la muñeca de un SS muerto, mira la hora en el cuadrante: falta poco para la medianoche. Y serio, los ojos llorosos de humo y recuerdos, se cobra una parte ínfima de una deuda que jamás tendrá merecida compensación.

* * *

Yevgeni Khaldej entra en Berlín cuando amanece el 1º de mayo de 1945 y todavía se escuchan algunos disparos aislados. Llega fotografiando la guerra desde el principio, de acá para allá, de los momentos más dramáticos de un ataque hasta esa cotidianidad que trata de recuperarse por unos segundos entre muerte y muerte. Fotos de soldados jugando con perros que husmean en busca de algo que perdieron irremediablemente. Fotos de soldados, las cabezas bajas, humillados, retirándose por precarias huellas sembradas de muertos ante la supremacía alemana. Fotos de soldados en calzoncillos rotosos tomando un poco de sol entre las ruinas de una Sebastopol diezmada en 1941. Fotos de trincheras atestadas de soldados flaquísimos que parece que apenas pudieran sostener sus ametralladoras pero disparan como demonios. Fotos de tanques atravesando campos donde alguna vez hubo trigo. Fotos de aviones dejando caer su lluvia de muerte sobre una aldea indefensa a lo lejos. Fotos. Hace dos, tres rollos de escombros, de edificios derruidos, de jeeps despanzurrados, de personas que caminan sin sentido, de grupitos de soldados que apuntan hacia una ventana en la mañana de esa ciudad destrozada que es Berlín. No lo molesta la orden que llega transcurrido el mediodía de retirarse a la caseta de retaguardia hasta que llegue el grueso del ejército en las horas siguientes. Está cansado. Sabe que está a punto de terminar la guerra. Y quiere una foto que marque el fin de manera indudable. Para todo el mundo, piensa mientras guarda su cámara en el bolso y camina, pero principalmente para su pueblo.

Cuando llega a la improvisada caseta donde se amontonan soldados y algunos pocos periodistas alrededor de una olla humeante son poco más de las cinco de la tarde. Revuelve en los montones de cosas apiladas en los rincones de la barraca sin saber bien qué busca, pero con una idea clara. Más clara aún al encontrar un bollo de manteles rojos que se usaron en algunas conferencias de prensa de los altos mandos y se trasladaron desde vaya a saber dónde hasta esta ciudad despedazada. Más clara al encontrar un pedazo rotoso de manta amarilla. Lleva todo hasta una mesa y saca de la mochila donde guarda sus pertenencias una tijera, hilo grueso de remendar y una aguja oxidada. Mira su documento arrugado: nacido el 10 de marzo de 1917 en Donezk, Ucrania. ¿Cuánto hace, en realidad, de eso?, piensa, se pregunta. Y mientras corta y cose, repasa su historia.
En 1918 perdió a su madre en un pogrom. Diez años después murió su abuela, con la que se fue a malvivir entre hambres y enfermedades. De ella, sólo le quedaron sus anteojos. Con esos cristales construyó su primera cámara oscura y realizó las primeras fotografías. Consiguió trabajo a los 17 como fotógrafo en el periódico local de su pueblito natal donde le prestaron una cámara y aprendió los grandes secretos de la luz y de la falta de luz. Con sus primeros ahorros compró una cámara usada y pasó a colaborar con diversas revistas de la Unión Soviética. En 1935, la agencia Tass lo premia con un curso de fotografía en Moscú. La ciudad lo enloquece y allí comienza su carrera profesional. La construcción del subte es imagen desde su cámara. Y las maquinarias agrícolas y las chimeneas del desarrollo industrial y los miles y miles de obreros entrando y saliendo de sus trabajos. En 1938 pasa tres días charlando sin descanso con Robert Capa, que unos años atrás había retratado la muerte en la Guerra Civil Española. Cuando terminan de hablar, Capa le regala su Leica. Ese mismo 1938 conoce a Alexander Rodchenko. De los dos quiere saber algo que lo persigue: el instante preciso. Y de los dos lo aprende. En 1939, la agencia Tass lo suma a sus filas y en 1941 es enviado a recorrer la guerra: Bulgaria, Yugoslavia, Rumania, Austria, Hungría, idas y vueltas, avances y retrocesos. La invasión alemana, la batalla de Stalingrado, la campaña de invierno, la recuperación de Leningrado. Desde el 12 de enero de 1945, hace tres meses y medio, sigue a los soldados que avanzan, recuperando territorio destrozado, hacia Berlín.
Termina de coser sobre los tres manteles rojos unidos la hoz y el martillo y la estrella de cinco puntas que dibujó sobre la rotosa manta amarilla. Sale a la noche de la destrozada Berlín. Se anuncia lluvia. Por eso prepara el capote y lo mete junto a la bandera y la cámara en la mochila antes de echarse a descansar unas horas en un rincón de la caseta.

* * *

Amanece el 2 de mayo de 1945 en la destrozada Berlín y Khaldej camina bajo la llovizna por las calles esquivando los agujeros de las bombas en el empedrado, las montañas de escombros y los muertos. Tiene clavada en su memoria la imagen ominosa de la bandera con la svástica ondeando en lo alto del Reichstag. Cuando llega a las escalinatas del Parlamento, ese símbolo brutal del poder nazi, se encuentra con dos soldados. Los tres empapados, sucios, cansados, miran hacia arriba. Casi no hace falta que hablen, apenas se presentan y se dan la mano. Abduljakim Ismailov, Alexei Kovalyov, Yevgeni Khaldej; uno de Dagestán, dos de distintos pueblitos de Ucrania, saben que todas las naciones hermanas son el mismo pueblo. Y que ese pueblo entró a Berlín poniéndole fin a la guerra. Suben enloquecidos resbalando entre la lluvia y la sangre. Ismailov lleva dos relojes: el suyo, viejo y tosco, y el de acero alemán con que se quiso cobrar una parte de esa deuda inmensa que no tiene compensación. Kovalyov se ajusta el birrete y lucha contra su miedo a la altura. La cámara de Khaldej envuelta en el capote se bambolea sobre su pecho y golpea una y otra vez contra la mochila que guarda la bandera que cosió la noche anterior.

Cuando llegan al techo, Khaldej le da la bandera roja cosida con los tres manteles a Kovalyov y sigue subiendo solo hasta las imponentes estatuas que quisieron dominar el mundo desde la destrozada Berlín, mientras Ismailov busca entre las ruinas hasta que encuentra un mástil destrozado.

Abajo, la calle comienza a sembrarse de tropas y tanques que aparecen entre la humareda. Kovalyov tiene miedo y no quiere mirar hacia abajo. Quizás sea el último de sus miedos. Ismailov mira la calle y sonríe mientras le agarra fuerte la pierna para transmitirle esa seguridad que sólo brinda un compañero. Khaldej desenvuelve la cámara del capote, hace foco en esos dos hombres que unos metros más abajo libran la última batalla y comprende que aprendió al fin aquello del instante preciso que le habían contado Capa y Rodchenko cuando aprieta el obturador y muestra al mundo, de manera indudable, el fin de la guerra.