Categoría: Historia

Fuente: Revista Convergencia N° 35

Buenos Aires, hace setenta años

 Aquella húmeda madrugada del 1º de setiembre de 1939 -se acaban de cumplir setenta años- una sala colmada de espectadores, que habían abonado $1.50 su platea, era testigo cómo Mecha Ortiz preguntaba a su “partenaire” desde el escenario del “Ateneo”: “¿Me amarás siempre?”

A la misma hora, muy lejos, otro actor, de imitativos bigotes chaplinescos, pareció responderle negativamente a la Rubia Mireya, cuando ordenó lanzar sobre Polonia una fulmínea ofensiva de aviones, tanques e infantería -la sangrienta “blitz-krieg”- dando comienzo así a uno de los periodos más represivos de la historia, que los especialistas en esquematización denominaron “Segunda Guerra Mundial”.

 

Esa mañana, Buenos Aires amaneció sobresaltada. Si bien los acontecimientos habían seguido un ritmo “in crescendo” desde largo tiempo atrás, la consumación inexorable sacudió los ánimos desde el primer instante.

La gente ganó la calle y deglutió los diarios.

“La capital de Polonia fue bombardeada por aviones del ejército alemán”, rezó el encabezamiento de “La Prensa” con su habitual tipografía y ascetismo, mientras sus páginas interiores informaban al mismo tiempo de la comida que, en obsequio de sus amistades, ofrecería esa noche en su residencia la señorita María Eloisa Berisso Obejero.

Las personas con familiares en Europa no concurrieron a sus ocupaciones y se agolparon frente a las pizarras de los diarios para seguir con inquietud el desarrollo de los acontecimientos (muy pocos, entonces, eran dueños de receptos radiotelefónicos).

Varios de los matutinos trasuntaban con gruesos caracteres la situación global.

La Nación”, el viejo diario liberal de la oligarquía vacuna fundado en el siglo XIX por el general Bartolomé Mitre que en la década del treinta había coqueteado con el régimen hitlerista, ese día se limitó a publicar telegráficos titulares a todo lo ancho de sus columnas: “Danzig fue anexado al Reich. Alemania invadió Polonia. Francia reafirmó su compromiso de ayuda a Varsovia. Ratificaron ayer las dos partes el pacto ruso-alemán”.

Mucho más escueto, “El Mundo”, publicado por la editorial Haynes, de capital británico, se redujo a notificar: “Invaden Polonia fuerzas del Reich”.

Por su parte el diario “El Pueblo”, que había sido fundado en 1900 y apareció casi en forma ininterrumpida durante alrededor de seis décadas fuertemente ligado a la cúpula de la Iglesia católica, sentenció categórico: “Alemania contestará a la violencia con la violencia”. Ese título reflejó sintéticamente la posición de la jerarquía eclesiástica que, en forma abierta, se volcó a favor de las “potencias nacionales” que “estaban haciendo un gran esfuerzo en el continente europeo para ponerle un dique de contención a la expansión comunista”. Las numerosas publicaciones ligadas al clero (como la revista “Criterio”, dirigida por monseñor Gustavo J. Franceschi o el mensuario “Clarinada”, que también tenía fuerte penetración en los cuarteles) mantuvieron similares actitudes de simpatía hacia el Tercer Reich y de aversión hacia los judíos.

Paralelamente, “El Diario” y “La Argentina” -poco conocidos para las actuales generaciones- tomaban partido por la trinchera antinazi: “Polonia se defiende de la invasión alemana con singular estoicismo”.

Al mediodía, grupos antagónicos -en su mayoría españoles favorables o contrarios a Franco, que todavía sentían visceralmente las cicatrices de la Guerra Civil- se tomaron a golpes de puño en la esquina de Avenida de Mayo y Salta. Prácticamente fue el único hecho de violencia ocurrido en esa jornada clave.

La mayoría, con sus rostros compungidos ante la dramática vertiginosidad de los hechos, prefirió mantenerse en calma y no excederse en la exteriorización de sus sentimientos.

Muchas personas, sin embargo, formaron corrillos junto a las vidrieras de “Casa Escassany”, una conocida relojería de la Avenida de Mayo, para ponerse al tanto de los horarios vigentes en París, Londres, Berlín o Varsovia con relación a Buenos Aires, lo que derivaba, inevitablemente, hacía referencias polemizadas de subido tono.

A media tarde los vespertinos fueron agotados apenas emergieron de las rotativas.

Crítica” (el célebre diario de Natalio Botana), con su encabezamiento de “Doble ultimátum al Tercer Reich”, un subtítulo que proclamaba “Guerra a muerte al nazismo” y tres dibujos representando a Mussolini, Hirohito y Stalin, sugestivamente rotulados “Las figuras enigmáticas del drama europeo”, configuró ese día la personalidad de sus páginas que, en aquella época, leían con la misma avidez tanto la clase media intelectual como los sectores populares, en una rara amalgama de amarillismo y erudición.

La Razón”, que había estado a favor del franquismo entre los años 1936 y 1939, esta vez reveló una sospechosa sobriedad al informar sobre los sucesos bélicos de aquellas latitudes, haciendo además referencia a la espectacular alza del trigo en los Estados Unidos (la guerra perjudica a algunos y beneficia a otros, casi siempre en geométrica proporción), aunque no dejó de publicar a toda página el extracto de la lotería nacional que ese día favoreció al número 5700 con $120.000 y las habituales historietas de Gumersindo, Bómbolo y Hogar, dulce, hogar.

A las cinco de la tarde, la semana bursátil se cerró en Buenos Aires con gran volumen de operaciones, un alza general en la cotización de cereales y el leve descenso del dólar que de $ 4.36 bajó a $ 4.34.

Desde el primer día de la contienda -cuando Manuel Fresco era gobernador de la provincia de Buenos Aires, Roberto Ortiz presidente de la Nación, los diarios costaban cinco centavos, Boca Juniors construía su actual estadio y Perón todavía era un desconocido oficial del ejército- Argentina comenzaba a percibir ya hasta qué punto se convertiría en un proveedor importante de los beligerantes y en qué medida llegaría a registrar en pocos años una reserva excepcional de oro y divisas.

(Y a propósito de Fresco, vale la pena recordar que gobernó la provincia de Buenos Aires entre 1936 y 1940; que sobre su escritorio tenía a la vista fotos autografiadas de Hitler y Mussolini; que participó personalmente en varios actos multitudinarios en el Luna Park, en Plaza Congreso y en otros lugares a favor de las potencias del Eje; y que, en los primeros dos años de su gestión, su secretario de gobierno fue Roberto J. Noble -el futuro fundador de “Clarín”- que en 1937 había clausurado varias escuelas judías).

Mientras tanto, en el ámbito específico de la comunidad judía, el panorama era desolador. Muy lejos estaban todavía la Brigada Judía y el Palmaj. Los judíos se sentían desamparados.

Los diarios en idioma ídish no ocultaron su pesimismo por el curso de los acontecimientos. “Di Idishe Tzaitung”, excepcionalmente, lanzó una edición sabática. En Once, Villa Crespo y demás barriadas “guéticas”, una congoja general se había apoderado de las masas judías angustiadas por el destino de sus familiares en la incendiada Europa.

Las columnas de “Di Presse”, que días atrás habían publicado incisivos comentarios de Pinie Katz en contra del pacto Hitler-Stalin, reflejaban en esas primeras horas de conflagración, el estado de ánimo. Sus lectores, en su mayoría de extracción popular, desbordaron las pequeñas instalaciones de la redacción, inquiriendo detalles sobre los sucesos que conmocionaban al mundo.

No todos, sin embargo, parecían angustiados. En ciertos estratos comunitarios continuaban, como siempre, las pequeñas rencillas o los banquetes y los homenajes a la “honorable comisión directiva” de tal o cual institución, en tanto que una entidad barrial, Hebraica de Mataderos, anunciaba con orgullo la iniciación de un “torneo de dominó” que se prolongaría hasta fin de mes.

Ese fue el comienzo de la hecatombe. Miles de analistas trataron de interpretar esa trágica etapa de la historia contemporánea. Los psicologistas puros explican el nazismo con argumentos de tipo subjetivo y hacen referencia a la “locura” o a la “esquizofrenia psicópata” del “Führer”. Como si todo se redujera a una cuestión de diván. El marxismo también dice lo suyo y le atribuye el origen de la contienda al choque antitético entre el gran capital alemán e inglés, desbocados una vez que sus contradicciones alcanzaron el punto culminante.

De todos modos, sean cuales fueren las explicaciones socioeconómicas, filosóficas o de cualquier otro tipo, esos años de apocalipsis, que devoraron a más de 50 millones de personas, entre ellas seis millones de judíos, permanecen cada vez más desconocidos en sus pormenores para toda una generación que, parafraseando al Pentateuco, “no conoció a José”, porque nació y se desarrolló mucho después.

La lucha contra el fascismo, sin embargo, no concluyó con el hundimiento de la pesadilla hitleriana. Bajo otras condiciones objetivas y otras circunstancias, teniendo en cuenta la perdurabilidad de las fuerzas que contribuyeron al surgimiento de la reacción nazi, esa lucha continúa vigente. *Periodista