Categoría: Historia

Fuente: La Vanguardia, Barcelona  (1-09-09)

{mosimage}En la segunda mitad del siglo XX la pregunta "¿cuándo empezó la Segunda Guerra Mundial?" aún tenía una respuesta fácil: el 1 de septiembre de 1939. Vivíamos en un mundo en el que Europa, el occidente euroatlántico, aún conservaba casi el monopolio de la historia. Ya no estábamos en el XIX colonial, cuando africanos, sudamericanos y asiáticos simplemente no existían pero aún podíamos escribir la historia a nuestra medida con cierto confort.
     Grandes historiadores europeos contemporáneos como Eric Hobsbawm mencionan las hambrunas de Irlanda, en su famosa trilogía sobre el siglo XIX, pero no citan las hambrunas de la India victoriana, infinitamente más letales. En el siglo XXI las cosas han cambiado.
El mundo sigue siendo muy desigual, pero aquellos chinitos, indios y africanos que antes no contaban nada, cada vez cuentan más. Por eso es necesario replantearse esa pregunta, y muchas otras, con miras a una historia más moderna y más acorde con el nuevo mundo global en el que nos hallamos.
En este mundo de hoy, nuestra antigua respuesta de que la Segunda Guerra Mundial comenzó a las 4,45 de la madrugada del uno de septiembre de 1939, cuando el acorazado alemán Schleswig-Holstein inició el bombardeo de la Westerplatte de Gdansk (entonces Danzig), es al menos discutible. Para entonces aquella guerra tenía ya ocho años de historia en el mundo de verdad, que es mucho más grande que el mundo eurocentrista.
En 1931 los japoneses se habían apoderado de un trozo de China mayor que Francia. En 1933 y 1935 habían expandido su invasión a otras tres provincias chinas, practicando su guerra química y bacteriológica con experimentos en la población civil. En 1935 Italia invadía Abisinia, con el mariscal Badoglio utilizando gas mostaza contra la población civil. En mayo de 1939 se producía el ataque japonés contra Mongolia, retaguardia de la URSS. Daba comienzo así la batalla de Jaljyn Gol, concluida en septiembre con muchos más muertos que toda la campaña de la invasión alemana de Francia de 1940 y sobre la que vale la pena extenderse.
La batalla de Jaljyn Gol, evocada en la carta de Putin a los polacos que se divulgó en Varsovia, y la invasión japonesa de China no fueron episodios marginales sino jugadas centrales de la II Guerra Mundial. En la estepa mongola se libró una batalla moderna, con uso integrado de artillería, tanques y aviación, que luego sería típico de la guerra en Europa. Los soviéticos estrenaron allí el carro T-34 (500 unidades) que seis años después llegaría hasta Berlín, y 500 aviones.
Muchos han oído hablar de la heroica y quijotesca carga de la caballería ligera polaca contra los tanques de Hitler, episodio que tiene el pequeño inconveniente de no haberse producido nunca y ser pura fantasía, según manuales como el Oxford Companion to the Second World War. Lo que no ocurrió en Polonia sí tuvo lugar en Mongolia, pues en la citada batalla participaron decenas de miles de mongoles a caballo, con fusil, espada y máscara antigás, atacando no los tanques pero si los flancos del ejército japonés, que acabó completamente desorganizado. El jefe de las tropas era el general Georgi Zhukov, que luego se convirtió en el mariscal soviético más importante de la URSS en la II Guerra Mundial.
La batalla contribuyó a cambios de planes que afectaron directamente a Europa, a esa Europa sin Rusia que era la que se entendía entonces, y en parte todavía hoy, razón por la que aún no tenemos un esquema continental de seguridad integrado. Perdiendo 60.000 hombres entre muertos y heridos, la derrota obligó a Tokio a enfocar la guerra hacia las colonias europeas en China y el conjunto de Asia, donde aniquilaron a unos 20 millones de chinos y acabaron chocando frontalmente con intereses europeos.
En el mundo de ayer estos datos quedaban fuera de la historia. Las agresiones y las matanzas contra no europeos, o que no implicaran a intereses europeos, no contaban, o podían ser tolerados. Mucho de ello continúa hoy, aunque no tenga futuro.
*Barcelona, 1956. Ha sido durante veinticinco años corresponsal el periódico “La Vanguardia” en Europa del Este, la URSS / Rusia, y, recientemente, en China, donde acaba de concluir una experiencia de seis años. Antes, en los años setenta y ochenta, estudió Historia Contemporánea en Barcelona y Berlín Oeste, fue corresponsal en España del diario alemán "Die Tageszeitung" y redactor de la agencia alemana de prensa DPA. Actualmente es corresponsal de "La Vanguardia" en Berlín.