Categoría: Historia

Fuente: Revista CONVERGENCIANº 34 Julio

{mosimage}Contactos directos entre el liderazgo árabe y judío de Palestina, antes de la proclamación del Estado de Israel, hubo muchos.

Se podrían citar numerosos ejemplos, como el interesante caso protagonizado por Moshé Sharet (dirigente del “judaísmo palestinense”, como se decía entonces), quien, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, le propuso a su amigo, el dirigente iraquí Nuri El Said, la presentación de un plan conjunto árabe-judío de descolonización del Medio Oriente.

 En esa etapa previa a los decisivos acontecimientos del 29de noviembre de 1947 y 14 de mayo de 1948 -enervadas ya las pasiones hasta un punto sin retorno-, los contactos personales o las relaciones amistosas que mantenían dirigentes sionistas con líderes árabes, no pudieron impedir el gran desencuentro.

 

Por ello es necesario remontarse mucho más atrás en el tiempo para ubicar los contactos de mayor fluidez y trascendencia desarrollados entre ambos pueblos.

El más importante de todos ellos fue el que llevaron a cabo el 3 de enero de 1919 -se acaban de cumplir noventa años- el profesor Jaim Weizmann (en nombre de la Organización Sionista Mundial) y el Emir Feisal (hijo de Hussein, jerife de la Meca y jefe virtual del Reino de Hejaz, en la península arábiga, aunque dos años después se convertiría en rey de Irak).

Aquel encuentro, efectivizado en Londres, superó con amplitud el carácter de simple contacto, ya que los dos líderes, en representación de sus respectivos pueblos, suscribieron un histórico acuerdo en el que se reconocía la legitimidad de ambos movimientos nacionales, el árabe y el judío, y el derecho de cada uno a construir su propio destino.

 En el texto del célebre documento, además de establecerse con claridad algunas premisas (“Confirmaremos el buen entendimiento existente entre los pueblos árabe y judío de Palestina, para llevar adelante el logro de sus aspiraciones nacionales”), se incluía una cláusula -el artículo 4º-, que resultaba más que significativo:

“Se deberán tomar todas las medidas necesarias para fomentar y estimular la inmigración de judíos a Palestina en gran escala y, tan pronto como sea posible, las medidas necesarias para establecer inmigrantes judíos sobre la base de la colonización y el cultivo intensivo de la tierra. Al tomar estas medidas se deberán proteger los derechos del campesino árabe y arrendatario de granja, los que también deberán ser ayudados en su desarrollo económico”.

El propio Feisal le escribió pocos días después, el 5de marzo de 1919, al dirigente sionista norteamericano Félix Frankfurter:

“Me anticipo y mi pueblo se anticipa conmigo a un futuro en el cual nosotros les ayudaremos a ustedes y ustedes nos ayudarán a nosotros, de tal manera que los países en los cuales estamos mutuamente interesados puedan, de una vez para siempre, ocupar sus lugares en la comunidad de los pueblos civilizados del mundo”.

 Nadie, ni antes ni después, había hablado un lenguaje pacifista de esta naturaleza, en el que se reconocían nítidamente los derechos nacionales de la otra parte.

Como figuras representativas de sus respectivos movimientos nacionales, Weizmann y Feisal -más allá de las limitaciones y más allá de los enunciados socioeconómicos escasamente progresistas- habían alcanzado un principio de entendimiento que eludía las retóricas innecesarias y encaraba de frente el meollo de las diferencias entre ambos pueblos. Teniendo en cuenta algunas de las constantes de la situación mundial de entonces, ese acuerdo constituía un fenómeno inédito, casi milagroso.

 En aquellos conflictivos primeros días de 1919 la vieja Europa pugnaba por recuperarse de los efectos de la “Gran Guerra”. Se vivían días críticos y, en ese contexto situacional, con burguesías exasperadas por la agitación social y el deterioro de sus posiciones, surgían el Partido Nacional Socialista (en Alemania) y el movimiento de los “fasci” (en Italia). Era la consecuencia casi lógica, porque la crisis había agotado las respuestas del régimen demoliberal y personajes siniestros como Hitler y Mussolini iban ya asomando en el firmamento para movilizar a los sectores más resentidos y frustrados de sus respectivas sociedades

 Sin embargo, la crisis del sistema no afectaba únicamente al Viejo Continente.

En aquellos primeros días de 1919 -a la misma hora, quizás, en que Feisal y Weizmann suscribían en Londres el famoso acuerdo-, la huelga de los trabajadores metalúrgicos de la fabrica Vassena generalizaba la eclosión obrera en Buenos Aires, iniciándose el episodio que, por las formas sangrientas de la represión y por las desviaciones inequívocamente antijudías asumidas casi de inmediato, fue conocido desde entonces como la Semana Trágica.

La crisis social argentina, pese a que gobernaba un caudillo como Hipólito Yrigoyen que había accedido al poder en medio de un enorme apoyo popular, generó en ese conflictivo año 1919, casi 400 huelgas con la participación de unos 300.000 obreros (la población total de la República era de 8.374.072 habitantes, en tanto que la de la Capital Federal llegaba a 1.644.467).

 Ese mismo año nacía la Unión de Tranviarios -un sindicato que luego se transformaría en multitudinario- sucediéndose continuas hazañas aeronáuticas, como la del teniente Locatelli, que asombró por su travesía Buenos Aires-Santiago de Chile, con escala en Mendoza.

En Londres, mientras tanto, dos hombres bien representativos -Weizmann y Feisal- suscribían en nombre de sus respectivos movimientos nacionales un documento que puede ser considerado el primer gran reconocimiento recíproco protagonizado por árabes y judíos.

La intransigencia de los sectores menos propensos al diálogo y la negociación, y las intrigas permanentes de la potencia mandataria británica que necesitaba un Medio Oriente convulso y dividido para asegurar la continuidad de su penetración colonialista, impidieron una comunicación más fluida y Feisal terminó diciendo en 1931 que “no recordaba haber firmando nada de esa naturaleza con su conocimiento”.

 Hoy, cuando otras son las potencias hegemónicas que generan imposiciones y muy otro es, además, el panorama de los pueblos de esa región -desaparecieron monarquías y surgieron varios estados soberanos desligados de sus metrópolis imperiales- aquel acuerdo, olvidado en ambas trincheras, parece de otro planeta.

Sin embargo existió y constituye un gran referente en la historia para todos aquellos que luchan por la concreción del objetivo de “dos pueblos, dos estados”. Y, aunque estos no sean los días más aptos para recordarlo (sobre todo después de la feroz masacre de Gaza de hace seis meses que ahondó los abismos y los desencuentros), su actualidad tiene más vigencia que nunca: la única salida para el malhadado conflicto es paz con justicia para Palestina e Israel. No la paz de los sepulcros, no la paz impuesta por los ocupantes, ni la paz impuesta por los intereses imperialistas, sino una paz que contemple claramente los legítimos intereses de ambos pueblos.