Categoría: Ecología

Fuente: Argenpress.info   (7-12-09)

Aunque actualmente el saber no es perseguido, es desestimado. A diferencia de los tiempos de Copérnico, la ciencia no es hoy confrontada por los dogmas, sino por poderosos intereses económicos de los cuales se derivan estereotipos ideológicos y patrones culturales sólidamente establecidos.

Aunque muchos científicos y reputadas instituciones concuerdan con la idea de que en materia medio ambiental la humanidad marcha hacia un desastre, los más poderosos líderes del planeta vacilan en dar los pasos necesarios para crear mecanismos de seguridad ecológica global. Ningún ejemplo peor que las actitudes de países como Estados Unidos, China, India y Rusia ante la próxima Conferencia de Copenhague.

Según un consenso que tiende a establecerse, las emisiones de gases de efecto invernadero son las responsables del cambio del clima de la tierra que acarreará enormes daños al planeta; algunas visiones se refieren incluso a riesgos para la existencia de la especie humana. Ante semejante situación y a pesar de los conocimientos acumulados y las capacidades tecnologías, sólo se ofrece una opción: reducir drásticamente las emisiones de tales gases.

La propuesta ha resultado tan complicada que tras décadas de estudios y de debates no ha podido llegarse a acuerdos para la adopción de decisiones vinculantes, es decir obligatorias que fijen las cuotas y los plazos en que los diferentes países deberán reducir sus emisiones. El problema no se debe, como algunos piensan, a la mala fe de ciertos líderes ni a imposiciones de los codiciosos capitalistas.

Los gases aludidos son generados en primer lugar por el empleo de combustibles fósiles, principalmente petróleo y carbón en la actividad industrial, en la generación de energía eléctrica, la refinación del petróleo, la industria química y naturalmente el transporte. Algunas tecnologías relacionadas con la climatización y la refrigeración, la petroquímica y la producción de papel, los populares aerosoles e incluso la cría de animales como es el caso del ganado vacuno. Limitar la emisión de gases, no es sólo colocar filtros y aplicar procedimientos avanzados para el tratamiento de los residuales, sino que en la mayoría de los casos se trata de limitar tales actividades.

Para algunos países la propuesta significa aplicar tecnologías no contaminantes, encarecer la producción, descontinuar algunas líneas y actividades y reducir los beneficios que ahora obtiene la empresa privada, especialmente las grandes transnacionales y los emporios industriales que ejercen una enorme influencia, no sólo a escala de países sino a nivel global; mientras que para otros, como son los casos de China e India, por sólo mencionar los ejemplos más conspicuos, significa bajar los ritmos de crecimiento económico y moderar sus expectativas de progreso. Los líderes de esos países consideran que el precio es demasiado alto e instan a buscar soluciones menos traumáticas.

Los más esclarecidos participantes en los debates se han percatado de que la reducción de la emisión de los gases malditos, se relacionan no sólo con el desempeño económico, sino también con los modelos de sociedades establecidos, los patrones de consumo y naturalmente con los estilos de vida vigentes no sólo en los países más desarrollados, sino en todo el mundo.

Las clases medias, los ricos y las elites de Yakarta, Nueva Delhi, Río de Janeiro no viven con más humildad ni consumen más racionalmente que las de Nueva York, Tokio, Ámsterdam o Múnich, tampoco los jóvenes, los profesionales y los obreros del Tercer Mundo aspiran a menos de lo que ya tienen sus congéneres norteamericanos. Ahora no se trata sólo de auspiciar un cambio decisivo en los estilos de vida de las sociedades desarrolladas, sino de impedir que tales modelos sean adoptados por China, India, Brasil y el resto de las naciones emergentes. Se dice fácil.

El problema de los modelos es que modelos son y al instalarse en la conciencia social devienen paradigmas, a partir de los cuales se definen las metas, llegando a ser, además de componentes de la realidad objetiva, fenómenos ideológicos y culturales devenidos en pautas que gobiernan los comportamientos humanos. Ningún rico quisiera ser pobre aunque hay demasiados pobres deseosos de ser ricos. Para bien y para mal, las expectativas de progreso y de bienestar se asocian al consumo.

Es obvio que si el estilo de vida norteamericano y sus patrones de consumo se impone en China donde la meta del Partido Comunista, la más frugal de todas las instancias de poder conocidas, es construir una sociedad “moderadamente acomodada”, llega a la India donde en lugar de renunciar al automóvil se trabaja por producirlo de modo tan económico que sea asequible a las mayorías, que es exactamente como pensaba Henry Ford hace 100 años, es probable que el planeta estalle.

Hay quienes aseguran que la falta de consenso o voluntad política para llegar a compromisos sustantivos y vinculantes en materias de reducción de la emisión de gases de efecto invernadero decretará el fracaso de la Conferencia sobre el Cambio Climático, mientras otros esperan que aparezcan ideas que enriquezcan la hasta hoy reducida gama de opciones.

Tampoco debe pasarse por alto que, formal o no, la mayor parte del mundo vive bajo democracias electorales en las cuales el poder se vincula al voto de mayorías a las que también habrá que convencer.

*Periodista