Categoría: Ecología
Gingko biloba, la planta que sobrevivió a Hiroshima

Fuente: elarcadogital.com.ar  Edición N° 357
{mosimage}¿Qué es posible recordar de aquel ignomioso 6 de agosto de 1945? Columnas de humo y fuego surgieron en la tierra, a una temperatura aproximada de 4000º C, lo que calcinó a miles de personas en el centro de Hiroshima. Y sin embargo del centro mismo del horror algo sobrevivió: los brotes verdes de una planta de gingko biloba, considerado desde entonces el “portador de esperanza”.

En septiembre de 1945, un mes después de que Estados Unidos lanzara la bomba atómica en Hiroshima, se hizo un examen riguroso de las plantas y árboles que se encontraban alrededor del epicentro de la explosión. A un kilómetro de éste, un árbol de gingko biloba que alguna vez fue plantado junto a un templo que quedó totalmente destruido, presumía –sin muestras de deformación– sus nuevos brotes. Después de considerar si se trasplantaba o derribaba el árbol antes de construir un nuevo templo, se decidió dejarlo allí y construir el templo ajustándolo alrededor del árbol de manera que lo protegiese. Desde entonces, en su corteza se han grabado rezos y plegarias por la paz.

Allí es donde se le agregó el nombre de “portador de esperanza”, a los múltiples calificativos que se le han dado a este resistente árbol que existe desde hace más de 270 millones de años, y que coexistió con los dinosaurios en las dimensiones proporcionales a éstos. Aún sobreviven seis árboles gingko que fueron bombardeados y se ha comprobado que su tronco y hojas producen una savia que retarda la acción del fuego. El árbol sagrado, árbol de las pagodas, árbol de los 40 escudos, árbol de oro (porque en otoño sus hojas se vuelven doradas), árbol cabellera de doncella, nogal de Japón, árbol que sobrevivió a Hiroshima y portador de la esperanza, son algunos de los nombres dados a esta planta tan preciada.  La palabra gingko proviene del japonés Gin Yyo, que se deriva del chino Ya Tchio, que quiere decir “pata de pato”. Biloba evoca la forma de los dos lóbulos de la hoja. Árbol “sin parientes vivos” en el mundo, único miembro del género ginkgo, se le considera uno de los mejores ejemplos de fósil viviente conocido y el eslabón perdido entre las plantas inferiores (que se reproducen por esporas) y superiores (que lo hacen por semillas). Los fósiles claramente emparentados a esta especie desaparecieron de todos los registros, a excepción de una pequeña zona de China central donde ha sobrevivido la especie moderna.
Por sus grandes cualidades medicinales, desde 1100 d.C., los monjes budistas cultivaron este árbol (que puede alcanzar hasta 35 metros de altura) en los monasterios de las montañas y en los jardines de palacios y templos, por lo cual adquiere el nombre de “árbol de las pagodas”. Se cree que para conservarlo en sus rituales, en 1192 d.C., los budistas propagaron las semillas a Japón y Corea.
Son muchas las leyendas en chino y japonés que se han escrito acerca del gingko, además de tener un lugar especial en los haikú –los poemas miniatura japoneses– en los cuales se le llama “icho-ba (ne)” que significa gingko-pluma.
En 1691, el científico alemán Engelbert Kaempfer descubrió el gingko en Japón y lo llevó a Holanda en donde se plantó por primera vez en el Jardín Botánico de Utrecht. En su descripción de esta planta dentro de su Amoenitatum exoticarum de 1712, este físico y botánico compara las hojas de la planta con las del “adiantum o helecho Cabellos de Venus” (de donde se origina su nombre de “cabellera de doncella”), alabando las propiedades de las semillas que “son tomadas después de una comida para favorecer la digestión y ablandamiento de la hinchazón de barriga por comer repetidamente; por lo que nunca se olvidan en el postre de una comida suntuosa”. En 1754 fue cultivado en Londres en donde se le adjudica el nombre de “árbol de los 40 escudos”, debido al precio (muy alto para esa época) de 40 escudos que pagó un aficionado parisino a un horticultor inglés por la compra de cada uno de cinco gingkos.
Hacia 1784 llegó el gingko a Estados Unidos al jardín de William Hamilton en Filadelfia. Para finales del siglo XIX y comienzos del XX era un árbol popular en las calles de la costa oeste, y llegó a centro y Sudamérica.