Categoría: Cultura

Fuente: sinpermiso.info   (22-04-2017)

Para Ruth Ben Asher

Tal vez una de las razones por las que el superviviente del Holocausto de origen italiano vivió hasta la década de 1980 - a diferencia de sus homólogos de habla alemana, que rápidamente se quitaron la vida - se debió a que escribió en su lengua materna. Sin embargo, finalmente, el famoso autor sufrió el mismo destino.

Cuando estaba en Auschwitz, el autor judío-italiano Primo Levi tenía una pesadilla recurrente que relata en su libro “Si esto es un hombre” (1947). Regresa a casa; su hermana, amigos y desconocidos lo rodean y escuchan su historia.

Y él se lo cuenta todo, la sirena que oye a lo lejos como acompañando la ardua labor que lleva a cabo, la cama dura, el hambre angustiosa, la inspección de los piojos “y el kapo que me ha golpeado en la nariz y me manda a lavarme porque sangraba“.

En el sueño, Levi experimenta un placer corporal, inexpresable en palabras, al estar en casa, entre amigos, compartiendo con ellos todos los detalles de su sufrimiento diario en el lager (campo de concentración) - hasta que se da cuenta que sus amigos le escuchan sin ningún interés, algunos de ellos incluso conversan entre si; al final, su hermana se levanta y se va, imperturbable. “Una pena desoladora nace en mí en ese momento, al igual que ciertos dolores apenas recordados de mi primera infancia. Es el dolor en su estado puro, no atemperado por un sentido de la realidad y por la intrusión de circunstancias externas, como el que hace llorar a un niño“, escribe.

Para escapar del dolor causado por la indiferencia de sus amigos y familiares cuando les relata su historia, Levi se despertaba cada vez a la realidad, a su litera de madera en Auschwitz, que en aquellos momentos encontraba más soportable que la realidad de sus sueños.

Después de la liberación y de su regreso a casa en 1945, Levi hablaba y hablaba y hablaba. Habló en escuelas, dio conferencias ante diversos públicos, y sostuvo conversaciones interminables destinadas a la prensa y la radio, hasta sus últimos días. Transmitir su sufrimiento a los demás en la primera persona, de forma directa, constituía una especie de nudo doble: Por un lado, hizo posible que el mundo de los campos continuase marcando su vida. Por otro lado, la repetición de cada detalle en su memoria hizo posible que exorcizase el dybbuk (el alma en pena de los muertos) que llevaba dentro y rescatarse de la pesadilla recurrente.

Este es el enfoque de las obras de Levi que no son de ficción, entre ellas “Si este es el hombre”, un relato de su año en Auschwitz; “La tregua”, que relata su liberación y regreso a casa; y, finalmente, “Los hundidos y los salvados”, publicado un año antes de su muerte en 1987. Esta trilogía de memorias (publicada en castellano por El Aleph editores, con traducción de Pilar Gómez Bedate) ayudó a Levi a atravesar el vacío del desierto de la indiferencia, donde vagó durante unos 40 años, desde el día en que fue liberado del campo hasta el trágico final de su vida en un vulgar edificio de apartamentos en el Turín en el que nació y vivió, y del que saltó hacia su muerte una mañana, cuatro días antes de Pesaj.

Antes de Levi, muchos otros pensadores y escritores se habían suicidado - intelectuales judíos que fueron testigos de los años del exterminio, y algunos de los cuales también lo habían experimentado en su carne. Entre ellos, Stefan Zweig y Jean Améry (Hanns Chaim Mayer), que escribió en su libro “En los límites de la mente”: “Un conjunto especial de problemas en relación con la función social o - no importa hacia que se volviera, no le pertenecía a él, sino al enemigo “.

Si en este punto me atrevo a ofrecer una respuesta tentativa, dubitativa a la inquietante pregunta de por qué los demás se quitaron la vida durante la guerra o poco después de que acabara, mientras que Levi sobrevivió cuatro décadas - yo respondería que el idioma jugó un  papel importante. Levi creía que su limitado conocimiento del alemán lo salvó de la muerte en el campo, ya que le ayudó a conseguir un trabajo. Pero a diferencia de otros, para quienes era su lengua materna y la lengua primaria cuando se trataba de la poesía, la literatura y la filosofía, Levi pudo abandonarla inmediatamente después de su liberación. Cuando el escritor judío-austríaco Karl Kraus dijo del Tercer Reich que cuando ese mundo surgió a la vida, murió el habla, es probable que quisiera referirse a la muerte (temporal) de la lengua del genocidio.

Almas ilusas

Levi nació en Turín, en la región del Piamonte, en el norte de Italia, en un mundo de judíos laicos italianos. Su familia era liberal, sus padres eran muy instruidas, su casa era una casa burguesa europea. Leían, escuchaban música, tocaban instrumentos musicales, aprendían otros idiomas. Asistió a una prestigiosa escuela secundaria local donde destacó por su inteligencia, su corta estatura y su condición de judío. Levi era delicado y tímido, y durante el período en que sufrió las burlas de sus compañeros, se encerró en sí mismo aún más. Más tarde definió esa actitud hacia él como “especialmente antisemita.”

A principios de la década de 1930, los judíos de Italia eran unos 50.000. La gran mayoría de ellos, entre ellos el padre de Levi, apoyaron al gobierno fascista hasta que en 1938 el Ministerio del Interior redactó las regulaciones anti-judías, a las que se añadieron una serie de órdenes de marginación en la vida pública que rápidamente se convirtieron en leyes raciales.

En 1943, Levi y algunos de sus amigos formaron un primitivo grupo de partisanos antifascistas e intentaron unirse al movimiento de resistencia. Su entrenamiento era patético, no estaban adecuadamente equipados y pronto fueron capturados por la milicia fascista. Durante el interrogatorio, Levi confesó ser judío y fue enviado al campo de concentración de Fossoli, donde las condiciones eran decentes. Dos meses más tarde, a mediados del mes de febrero, soldados de las SS tomaron el mando del campo y ordenaron a todos los judíos que se preparasen para un viaje que duraría unas dos semanas. “Sólo una minoría de almas ingenuas y engañadas mantuvieron la esperaza; nosotros, los demás, a menudo habíamos hablado con los refugiados polacos y croatas y sabíamos lo que significaba la partida”. Pasó un total de 11 meses en Auschwitz hasta que el campo fue liberado por el Ejército Rojo. De los 650 judíos italianos que formaron parte del convoy de transporte en el que llegó, solo “tres de nosotros volvimos a casa”, cuenta Levi. “Estos son los hechos despreciables y valiosos.”

A menudo se le preguntó si se habría convertido en escritor si no hubiera sido por haber sobrevivido a Auschwitz. A lo que él respondia que, como nunca había vivido una vida en la que no hubiera estado en Auschwitz, no tenía forma de saber lo que hubiera ocurrido en esa otra vida. En cualquier caso, y a pesar de su modestia, Levi, que ya de niño había planeado ser un científico y era químico antes de ser enviado al campo de exterminio (llamó a sus primeros libros, casuales) – se convirtió en el mayor escritor del Holocausto y uno de los gigantes de la literatura del siglo XX. No hay nada comparable a su punto de vista como testigo-narrador, conformado por su formación como químico, su tendencia a participar en la observación científica, y su modesto y suave carácter, impregnado todo ello con el deseo de contar historias. Su escritura está llena de observaciones refinadas y precisas. Lo hace como alguien que está llevando a cabo el juicio de los asesinos ante el tribunal de sus lectores, y las maniobras de su prosa, entre la omnipotencia de la materia abordada y la suavidad de su expresión en el lenguaje.

Levi encontró y adoptó una voz tranquila y devastadora en su cortesía y una prosa medida y distante. Con una curiosidad intacta a pesar de su experiencia, informa sobre sus resultados en el laboratorio en el que se llevó a cabo un experimento biológico y sociológico multidimensional, en el que fue a la vez científico y ratón de laboratorio.

Y, sin embargo, Levi creía que a pesar de su singularidad, Auschwitz era un subproducto de la degeneración de la cultura occidental, la fruta podrida de su filosofía de la que todos, italianos, alemanes, judíos y cristianos, y los nazis eran responsables . Y, por lo tanto, cualquiera tiene que sentir esa responsabilidad humana compartida, porque Auschwitz fue producto de los seres humanos, y todos somos seres humanos. Este fue un reconocimiento brutal de algo que muchos todavía rechazan con una ira auto-justificativa - entre ellos las falanges de los “no hay nada que comparar” -, pero Levi, quien reconoció el Holocausto en su singularidad humana y como evento histórico, también reconoció la borrosa frontera entre la víctima y el verdugo.

Así, sus relaciones con el Estado de Israel eran entusiastas pero torturadas. Levi no era neutral o indiferente. Sentía una profunda conexión con los otros sobrevivientes del Holocausto que encontraron refugio en Israel. Sin embargo, cuando se trataba del conflicto palestino-israelí, sus opiniones estaban cerca de la “izquierda” – ese grupo perseguido, objeto de profundo odio en la sociedad israelí actual. La Guerra del Líbano y la masacre en 1982 en los campos de refugiados de Sabra y Chatila le hicieron hablar públicamente por primera vez y exigir el cese del primer ministro Menachem Begin, a quién consideraba un “fascista”.

Levi también firmó una petición que exigía que Israel se retirase del Líbano, pidió una solución al conflicto regional que reconociese los derechos de todos los pueblos a la soberanía y la seguridad nacional, y contenía unas líneas proféticas acerca de la naturaleza de la democracia israelí, en la que prevalecían tendencias hacia un separatismo muy peligroso que serían mortales en el caso de la anexión de Cisjordania.

En 1984 Levi señaló que el deterioro de la vida política en Israel le resultaba insoportable. Él, que había dicho que “los oprimidos de hoy son seres humanos como nosotros” - lo que significa que alguien que está oprimido puede llegar a ser un opresor - ahora tenía que ser testigo de la transformación a la inversa. Por lo tanto, creía que el papel de Israel como centro unificador del judaísmo estaba en declive y que el centro se había desplazado a la diáspora, donde sería preservado mejor que hasta entonces. Si era así, entonces la loca idea de que la realización de la opción sionista y la inmigración a la Tierra de Israel podía dar a un judío universalista como Stefan Zweig una razón para vivir, estallaba a la luz del dolor y el sufrimiento que el estado sionista causó a Levi (y a otros intelectuales judíos) en los últimos años de su vida.

Y aquellos años fueron amargos. Levi se hundió en una depresión severa de la que, en última instancia, no logró liberarse. Los sobrevivientes, escribió a una amiga, en realidad no sobreviven, pero sólo parecían haberlo hecho. La mañana del sábado 11 de abril de 1987, el conserje de su edificio de apartamentos tocó el timbre de la puerta del “Dr. Levi” para entregarle su correo, que aceptó, como todos los días, con una sonrisa. Unos minutos después regresó a su portería y oyó un ruido terrible. Salió y encontró el cuerpo ensangrentado y aplastado de Levi en la parte inferior de las escaleras, donde permanecía cuando su esposa regresó de hacer sus compras en el barrio.

“Me parece que he vaciado el depósito de lo que tengo que decir y de las historias que tengo que contar”, dijo Levi poco antes de su muerte. Nunca sabremos si tenía razón. Sin embargo, las cosas que dijo sobre Franz Kafka, con algunos pequeños ajustes, expresan mis propios sentimientos sobre él desde la primera vez que abrí “Si esto es un hombre” y empecé a leerlo: lo amo y tengo miedo de él como lo tendría de un profeta que está a punto de anunciar el día de mi muerte.

* Iris Leal (1959) nació en el kibbutz de Ashdot Yaakov en Israel. Estudió asistencia social y cine en Londres. Traductora, ensayista y guionista, es profesora de la Escuela de Arte Camera Obscura de Tel Aviv. En 1995 obtuvo el premio Bernstein de crítica literaria. Su última novela es Lost Depts, Keter, 2013 [Chovot Avudim].

Fuente: http://www.haaretz.com/world-news/europe/.premium-1.784771

Traducción: G. Buste