Categoría: Cultura

Fuente: La Nación     (17-08-2015)

Resultado de imagen para nosotros ellos y yo nicolas avrujTrucha, boga y dorado. El cartelito dice "trucha, boga y dorado" y ahí estoy yo en la pescadería pidiendo por favor que, junto con la merluza y el abadejo que acabo de comprar, me envuelvan también esa especie de minitorta cuadrada, que nada tiene que ver con las redondeadas porciones del guefilte fish hervido de mi vieja, pero que sé, y me convenzo gracias a mi deseo, que va a tener un gusto parecido a aquello que comí en cada celebración judía durante toda mi vida, o, al menos, en lo que fue mi vida mientras ella lo cocinaba.Pido también un poco de jrein, el aderezo de rábano picante que va a servir para acentuar la memoria de una receta perfecta en su combinación y en la certeza de mi identidad; una receta que podría, perfectamente, incorporarse como dato clave de mi DNI de argentina y judía, todo al mismo tiempo, sin privilegios de una u otra condición y más allá de que a algunos les pueda parecer un rapto de cipayismo, afán de traición o escaso amor por la patria.

La escena de la pescadería y mi condición de argentina y judía o de judía y argentina como loop vuelve luego de ver NEY. Nosotros, ellos y yo, una película en la cual su director, Nicolás Avruj, reconstruye un viaje que hizo a Israel en 2000 cuando, llevado por la curiosidad y el deseo de aventuras de sus 24 años -y obviando todo riesgo-, visitó también Gaza y Cisjordania y se alojó en casas de familias palestinas. Argentino y judío, de identidad familiar sionista, al partir Israel era para él el faro señalado por los mayores y el territorio que el mundo (léase: los organismos internacionales) había destinado al pueblo judío luego de siglos de diáspora y de millones de muertos a manos de los nazis. Con su flamante cámara como compañía, Avruj terminará su viaje convertido en involuntario cronista de la segunda intifada, furioso capítulo en la espiral de violencia del conflicto palestino-israelí, pero también se volverá voluntario cronista de sus propias contradicciones, 15 años después.

Hay en particular dos momentos del documental -un logrado caleidoscopio de opiniones, miradas, voluntades y desprecios, a uno y otro lado del conflicto- que, de alguna manera, reverberan en mí. Uno es cuando una joven artesana israelí dice que no cruza a los territorios palestinos porque aunque sabe que hay gente que, como ella, tienen como objetivo lograr la paz, no ignora que su condición de judía la expone al peligro. El otro momento es cuando un joven palestino lanza comentarios antisemitas. Avruj le pregunta entonces varias veces, deseando una respuesta que no llega, "¿Estás hablando de los judíos o de los israelíes?". Y todas las veces el palestino le responde "de los judíos", con una certeza que perturba y atemoriza. Hay, también, dos imágenes que siguen ahí: la del chico palestino algo enajenado que insiste para que el director le responda quién tiene razón, si los palestinos o los israelíes, y esa otra que muestra a un gato gordo que aparece con un ratón muerto colgado de su boca.

Lo que Avruj y su cámara registran es que los padecimientos, el despojo y la hostilidad del entorno no son patrimonio de los judíos y que hay otras poblaciones que padecen una injusticia de siglos y reclaman por eso no sólo en términos discursivos, sino con la política de la violencia y las armas que tienen a mano. "Israel tiene la llave", dice un hombre que, junto con otros adultos mayores, le cuentan en Gaza al director las dificultades que entraña en el día a día no ser dueños de su destino y el miedo, la desconfianza y el odio que se macera en un territorio ocupado. Las imágenes muestran, en consonancia, el pánico constante de los israelíes por un posible atentado, que se traduce en permanentes actuaciones de las fuerzas de seguridad para desactivar artefactos sospechosos y en el maltrato durante los operativos para detectar a posibles terroristas.

Para los que crecimos palpando los efectos reales del Holocausto ("sus padres murieron en Auschwitz", "su abuelo es sobreviviente del gueto de Varsovia") las ideas de persecución y exterminio no eran cine o literatura, sino marcas tan reales como el tatuaje en el antebrazo de mi maestra de hebreo de tercer grado. Para aquella cultura de la diáspora, ser judío era un origen, una pertenencia y una cultura, además de un conjunto de canciones y una gastronomía. "Muchas veces y con ciertos temas siento que no soy sólo un judío. Soy todos los judíos; es como si tuviera que cuidar la reputación de toda una comunidad", me escribe Avruj por mail. Pasaron casi 70 años de la creación del Estado de Israel y no importa que la postal haya cambiado: la enseñanza sigue ahí. Señalar contradicciones éticas, preguntarse por el dolor ajeno, ir tras la justicia aunque en la discusión se comprometa lo más querido y familiar también forma parte del abecedario que aprendimos desde muy chicos y que muchos nos esforzamos por no olvidar.