Categoría: Cultura

 Fuente: Miradas al Sur   (16-02-2014)

Julio Cortázar nació en Ixelles, Bruselas; se crió en Buenos Aires y, finalmente, viajó a París para establecerse definitivamente allí: casi podríamos decir que fue un porteño típico. Su traslado a Francia se produjo en 1952. La última dictadura cívico-militar que sufrió la Argentina desde 1976 hasta 1983 transformó aquella emigración en un exilio. Si bien el resultado es el mismo –vivir en otro país, lejano al país de origen–, entre uno y otro acto hay enormes diferencias. Cuando Jehová expulsa a Adán y a Eva del paraíso terrenal (Génesis, 3:24) los condena al exilio, y la pareja recién constituida se marcha en contra de su voluntad.

La emigración, por el contrario, no se lleva a cabo por imposición sino por elección: Moisés elige abandonar Egipto y marchar, al frente de las tribus judías, rumbo a la tierra prometida (Éxodo, 13:17). Cuando Cortázar partió hacia Francia no lo hizo en busca de la tierra prometida, sólo se proponía conseguir algo de paz: no soportaba que los bombos peronistas le impidieran escuchar a Alban Berg. Una actitud básicamente gorila, aunque a él poco le inquietaba esa imputación; de hecho, no negaba su antiperonismo, incluso lo hacía público: “En los años 44-45 participé en la lucha política contra el peronismo, y cuando Perón ganó las elecciones presidenciales, preferí renunciar a mis cátedras antes de verme obligado a ‘sacarme el saco’, como les pasó a tantos colegas que optaron por seguir en sus puestos”.

En 1946, la revista Sur publicó su cuento “Casa tomada”. Algunos despistados decidieron que la atroz historia de Irene y de su hermano debía leerse como una metáfora del peronismo invasor, ni uno solo de esos sagaces analistas tuvo en cuenta que “Casa tomada” apareció cuando el peronismo comenzaba a dar sus primeros pasos y seguramente fue gestado (el cuento, no el peronismo) bastante antes de 1945. A la hora de valorar una obra, su declarado antiperonismo no le hacía perder coherencia y menos aún lucidez. En 1948, Leopoldo Marechal publicó Adán Buenosayres. No bien apareció la novela se alzaron mil voces en contra de ese exquisito poeta que, para asombro de todos, se mostraba complaciente con el gobierno del general Perón. Cortázar fue unos de los pocos intelectuales que supo ver los indudables valores de Adán Buenosayres. En una aguda nota publicada por la revista Realidad (marzo/abril de 1949), entre otras cosas señaló: “La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa”.

Tres años más tarde se instalaría definitivamente en París. Esa emigración iba a ser motivo de innumerables conflictos, alentados en su mayor parte por aquellos “progresistas” que no admitían que Cortázar viviera lejos de su país, aunque sí lo aceptaban en Carpentier, García Márquez o Vargas Llosa, una disociación difícil de comprender. El domingo 8 de diciembre de 1974, con el título “Julio Cortázar, la responsabilidad del intelectual latinoamericano”, el suplemento cultural del diario La Opinión recogió el parecer de varios intelectuales argentinos que aún cuestionaban que hubiera elegido París como sitio de residencia.

A Cortázar, ese sermón no pareció importarle. Podríamos conjeturar que lo había resuelto once años antes. En 1963 fue invitado a integrar el jurado del concurso de Casa de las Américas. Esa primera visita a Cuba iba a ser transformadora. Escribió: “Quizá lo que más me impresionó fue el apoyo de los intelectuales a la Revolución. Salvo dos o tres que se fueron, todos los escritores y los artistas apoyan al gobierno. Y no con meras palabras, sino trabajando para la Revolución, alfabetizando, haciendo magníficas ediciones, escribiendo y traduciendo libros.(…) escuché sus críticas (porque las críticas abundan, pero no son negativas, siempre proponen algo constructivo), y me convencí de que una revolución que tiene de su parte a todos los intelectuales, es una revolución justa y necesaria. No puede ser otra cosa, no puede ser que centenares de escritores, poetas, pintores y músicos estén equivocados.” Se encontraba frente a una revolución real, descubría el camino al socialismo, aquellas reformas sociales y laborales que no había alcanzado a ver en el primer gobierno peronista ahora las encontraba en la Revolución Cubana. Se convirtió en un defensor a ultranza de esa Revolución. Sin embargo, las consabidas críticas de cierta “izquierda” se acentuaron. Si hiciéramos un rápido balance descubriríamos que ese crecimiento se produjo cuando aquel Cortázar que vivía en París se quitó el traje de escritor liberal y comenzó a vestir el de intelectual de izquierda dispuesto a alentar y apoyar los movimientos revolucionarios de América latina.

El 3 de octubre de 1980, el dictador Videla le traspasó su mando al dictador Viola. Un grupo de artistas y escritores exiliados planificaron regresar a la Argentina en un vuelo charter, entendían que las condiciones estaban dadas para entrar en el país sin que sus vidas corrieran peligro. Invitaron a Cortázar para que encabezara la columna, pero él desistió de esa invitación. “Cobarde” fue el epíteto más cordial que le dedicaron como consecuencia de aquella negativa. El vuelo charter jamás se realizó, pero sólo fue Cortázar el cuestionado por no subir a un avión al que tampoco subieron los artistas y escritores exiliados que planeaban regresar a la Argentina.

No bien recuperamos la democracia, visitó la Argentina. Dicen que intentó saludar a Alfonsín. Dicen que Alfonsín se negó a recibirlo. Después llovieron excusas, se habló de malos entendidos y se articularon las tonterías que suelen articularse en este tipo de situaciones. Lo cierto es que luego de la sangrienta dictadura cívico-militar, el primer presidente democrático no recibió a uno de los mayores escritores argentinos quien, además, había cuestionado y denunciado sin cesar a esa dictadura. El 19 de febrero de 1982 publicó en La República, París, un texto –“El genocidio cultural bajo la bota militar”– donde apuntaba: “No sé si fui yo quien lanzó la noción de exilio cultural, no importa; lo que interesa es saber –y hace unos años que yo vengo hablando de eso– que ese exilio cultural estaba creando un segundo exilio, el exilio cultural de allá, de adentro, de millones de argentinos que no nos podían leer, y ese exilio sigue siendo para mí el más doloroso de todos”. Esas palabras iban a originar una polémica sin sentido o de confuso sentido, ya que parecía trasuntar que pese a una dictadura sangrienta los artistas y escritores que vivían en la Argentina tenían libertad para expresarse. Por la misma época, Alberto Giordano, en la revista Punto de Vista, sostuvo que Cortázar eludía las polémicas serias porque, por sobre todo, estaba ocupado “en la celebración narcisista de su figura de escritor comprometido”. ¿Habría que calificar de poco seria aquella polémica que a mediados de 1969 bajo el título de “Literatura en la revolución y revolución en la literatura” sostuvo con Oscar Collazos y que fue publicada por Marcha, de Montevideo, y Nuevos Aires, de Buenos Aires? ¿O tal vez por entonces a Cortázar no le inquietaban las celebraciones narcisistas?

Alguna vez señaló: “De la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad, como lo imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro; en París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad”. Esa realidad hoy se proyecta en novelas fundadoras como Rayuela y 62, modelo para armar y en cuentos insuperables como “Continuidad de los parques” y “El perseguidor”. El próximo 26 de agosto celebraremos el centenario del nacimiento de uno de nuestros mayores escritores, capaz de crearse a sí mismo y de dejar una obra ejemplar. Es lo único que verdaderamente importa.

*Escritor