Categoría: Cultura

 Fuente: La Vanguardia, Barcelona    (20-01-2014)

Las dos últimas semanas se ha presentado en la Filmoteca de Catalunya el ciclo El cine de propaganda nazi. Seis de los largometrajes proyectados están sometidos a muy restrictivas condiciones de difusión pública por el Gobierno alemán, pues se trata de un material altamente tóxico y peligroso, que tuvo un papel esencial en el fomento del odio durante el Tercer Reich. Hannah Arendt ya adivinó que, en este régimen, “la propaganda y el terror constituyen dos caras de la misma moneda”. Coorganizaban el ciclo el Festival de Cinema Jueu y el Goethe Institut.

Hoy es difícil ver estas películas sólo como películas. Sobre todo, porque, en su momento, no fueron sólo eso, pese a que, tras 1945, todos los que participaron en ellas de manera relevante pretendieran exculparse con la cínica justificación de que “sólo hacían cine”. La cinematografía alemana fue una pieza clave en la política cultural del nazismo y, por ello, fue dirigida personalmente por Joseph Goebbels, el siniestro ministro de Propaganda de Hitler. Como ya también señaló Arendt, “sólo el populacho y la élite pueden sentirse atraídos por el ímpetu mismo del totalitarismo; las masas tienen que ser ganadas por la propaganda”. El Tercer Reich lo supo muy bien, y actuó en consecuencia a través de la generosa producción y difusión, absolutamente controlada, de cientos de películas de ficción y documentales. ¿Qué se perseguía con ello? Sobre todo dos cosas, no son exactamente sinónimas: hacer propaganda y adoctrinar. En unos casos la propaganda, como parte de la política de comunicación, buscaba convencer y persuadir, aunque fuera con la manipulación o falsificación de la realidad. En otros, se buscaba el adoctrinamiento, que es, en realidad, un instrumento de la ideología coercitiva que busca dominar, conformar conciencias y modular identidades.

Así, este ciclo ha permitido conocer con detalle los mecanismos de persuasión publicitaria y de adoctrinamiento, sobre todo a través de dos estrategias complementarias. En primer lugar, la demonización del otro. En El joven hitleriano Quex (1933) los sindicalistas y comunistas son mostrados como corruptos, inmorales, lujuriosos, borrachos, traidores, egoístas y antialemanes. En Ohm Krüger (1941), a través de una recreación del conflicto entre bóers sudafricanos y Gran Bretaña, los británicos son canallas, indignos, opresores y violentos, y se promueve el odio antibritánico justo en los meses que la Luftwaffe alemana masacra territorio inglés. En Heimkehr (1941), filmada tras la invasión de Polonia, se presenta a los polacos como un pueblo bárbaro, violento y belicista que discrimina, somete, roba, detiene y mata a la minoría alemana de Polonia. El judío Süss (1949), el más abominable de todos los filmes antisemitas del Tercer Reich, reproduce con saña todos los tópicos antijudíos que la cultura alemana ha desarrollado desde Lutero hasta Wagner y, por supuesto, Hitler.

En paralelo a esta demonización del otro (de todos los otros racialmente discriminados de la pureza aria), estas películas promueven o bien la victimización de los alemanes o bien la glorificación de unas virtudes éticas que la realidad estaba desmintiendo de forma ostentosa. Los alemanes arios son mostrados como víctimas, débiles, injustamente tratados, agredidos, inocentes, objeto de la violencia de todos los otros, precisamente cuando están aterrorizando al mundo, tras haber privado a los alemanes judíos de todos sus derechos y libertades y cuando los están deportando en masa hacia el este para exterminarlos a todos.

Es preciso preguntarse qué distingue propiamente a estas películas de las también propagandísticas realizadas por otras potencias en otros contextos. Por una parte, es obvio, la realidad a la que servían: un régimen criminal que, con ellas, justifica sus actuaciones. Pero esto lo hacía el régimen, no las películas en sí. La lección inolvidable del ciclo es que, como películas, eran también esencialmente criminales. Sólo un caso: el documental A film unfinished (2010), construido a partir de las bobinas filmadas por equipos nazis en el gueto judío de Varsovia justo antes de que sus habitantes fueran enviados a la muerte en Treblinka. Se trata de filmaciones, lo sabemos desde hace poco, cuidadosamente planificadas en su puesta en escena. Con ello, se pretendía mostrar a los judíos como subhumanos, viviendo con indiferencia e incluso enriqueciéndose mientras parte de los suyos, famélicos, eran abandonados por la comunidad hasta morir, en cantidades ingentes, en la calle. Esa mirada que filma de ese modo todo ello es una mirada literalmente inhumana y, además, criminal, pues está preparando el asesinato industrial en masa.

Emanuel Ringelblum consignó en sus documentos una anécdota del gueto de Varsovia. Un oficial nazi visitó a una familia judía para llevarse sus pertenencias. Ante la desesperación de la mujer, el oficial le propuso que, si adivinaba cuál de sus ojos era artificial, no lo haría. Acertó. Cuando le preguntaron a ella cómo lo había adivinado, contestó: “porque parecía humano”. Este ciclo ha mostrado esas miradas literalmente inhumanas. Ha sido muy duro ver estas películas. Pero necesario. Con ello la Filmoteca, como ha recordado su director, Esteve Riambau, ha cumplido un deber ético y cívico. Quizá habría que obligar a todos los que últimamente banalizan con el adjetivo nazi a verlas, una tras otra, sin contemplaciones.

* Filósofo, profesor de la Universidad de  Girona