Categoría: Cultura

 Fuente: La Jornada, México     (8-11-2013)

Una vez lo escuché en vivo: en 2011 en el Rubinstein Piano Festival en Lodz –mi ciudad natal y la del maestro Artur Rubinstein (1887-1982)–. La actuación fue un homenaje a su gran mentor, promotor y amigo que era, a pesar de la diferencia de edades (55 años). Rubinstein fue un conocido de sus padres, descendientes de judíos rusos emigrados a Buenos Aires y conoció a Daniel antes de que naciera en 1942, aún en el vientre de su mamá. Cuando los Barenboim se mudaron a Israel, Daniel no se olvidó de Argentina, aunque en principio los vínculos eran forzados: varias veces tuvo que viajar para que le postergaran el servicio militar. Una vez se fue con la carta de justificación de Rubinstein.

Para el niño prodigio, que empezó como solista a los 10 años (el año pasado por estas fechas festejaba sus 70 años de vida y 60 de carrera), el maestro polaco fue un modelo y guía. Cuando Barenboim, ahora más conocido como director, empezó a dirigir las orquestas (trabajando luego con las mejores del mundo, hoy a cargo de la Staatskapelle de Berlín), Rubinstein fue el primer solista que condujo. El argentino tenía 25 años. El polaco, 80. Pero tal vez la más importante lección para Barenboim fue el amor a los libros y a un lado intelectual de la profesión, algo a veces descuidado por otros músicos. Rubinstein decía que no tenía amigos pianistas porque el único libro que tienen es la sección amarilla.

Como solista y como director Barenboim prefiere el repertorio clásico o romántico (Beethoven, Mozart, List), aunque sus gustos van desde Bach hasta Schönberg o Carter. Preocupado por el tono y sus matices, es conocido por un controvertido manejo de tempos. Presentadas en Lodz las sonatas de Schubert (en sol mayor, D 894 y en si bemol mayor, D 960), diferenciadas en colores y sonoridades, le dieron una gran oportunidad de gozar y deleitar al público. Pero entre sus amores destaca la afección a la música de Wagner. Para él, aunque el autor de El anillo del nibelungo (el argentino acaba de dirigir la famosa tetralogía: el 2013 fue declarado el Año de Wagner) fue un feroz antisemita (¡su panfleto Das Judenthum in der Musik!) y un apologeta de la superioridad teutona, no es su culpa que también lo amara Hitler o que –incluso– su música sonaba cuando la gente iba a las cámaras de gas. Hay que separar su postura y su obra. Como argumentaba otro gran amigo de Barenboim, el académico palestino Edward W. Said (1935-2003), otro gran wagnerista, su música se niega a llevar el mensaje ideológico que se le imponía. Pero en 2001 Barenboim provocó un gran escándalo en Israel rompiendo la informal prohibición (vigente incluso desde los 30) y tocando a Wagner allá. Lo tildaron de... pro nazi y antisemita (¡sic!). Dice que no quiere forzar a nadie –y menos a los sobrevivientes del Holocausto– a escucharlo, pero no cesa en su afán de instalarlo en las escenas allí.

No sólo sus gustos musicales provocan rechazo de los conservadores: es un activista por la paz y un luchador por los derechos de los palestinos. También crítico de la ocupación y la colonización israelí: El muro que acaba de construirse recuerda al gueto de Varsovia. El muro es de los que prohíben a Wagner. La misma célula en la mente que no les deja resolver el conflicto es la que hace que no puedan admitir que esa música, que provoca asociaciones tan terribles en algunos, a otros no les produce nada (Página/12, 18/8/04). Insiste en que el conflicto palestino-israelí no tiene una solución militar. Como Said, es partidario de un Estado binacional. En 2008 fue el primer israelí en aceptar la nacionalidad palestina. Con Said lo unía la pasión por la música (a menudo a cuatro manos tocaban a su amado Schubert), por la política y por el activismo que unía estas dimensiones (también escribían libros a cuatro manos: Paralelismos y paradojas). En 1999 fundaron la West-Eastern Divan Orchestra (WEDO), compuesta por músicos árabes e israelíes, tomando el nombre de un poemario de Goethe, fruto de su admiración por la cultura árabe. La inauguraron en Weimar, símbolo de lo mejor y lo peor en la historia alemana: la ciudad de Goethe, Schiller o Bach, y un lugar en cuya vecindad se erigió el campo de Buchenwald. Hoy Barenboim trata de ampliar el proyecto: a finales de octubre anunció que dejará sus funciones en La Scala de Milán para centrarse en la WEDO e inaugurar en Berlín una escuela de música (Barenboim-Said Akademie).

Edward Said en su último libro (Sobre el estilo tardío) apunta que Glenn Gould, el famoso pianista canadiense, como pocos músicos logró irrumpir en el imaginario común: un poco por su conocida excentricidad, pero más porque de un virtuoso, se volvió un intelectual, una observación que se aplica al mismo Barenboim. Como pianista tan diferente de Gould, aquí los dos se parecen, aunque el argentino va mucho más allá actuando como un verdadero intelectual público: es activista, conferencista, escritor y un comprometido publicista. Como Said, lamenta que la eliminación de la música de los programas escolares resulta en que los intelectuales ya tienen una escasa formación musical; critica a los mismos músicos por descuidar la literatura, cuando escuchar música es solo otra forma de leer. En sus libros evoca a filósofos como Spinoza, mientras su wagnerismo lo acerca a los pensadores como Adorno. Su postura destaca frente a la miseria intelectual en Israel: contrario a los intelectuales del poder que caminan al ritmo de las marchas militares, él marca su propio tempo. Subraya que también en la política el tiempo es un factor decisivo: criticando por ejemplo los acuerdos de paz de Oslo (1993), decía que fueron ejecutados demasiado rápido primero, y luego demasiado lento. No teme pronunciarse sobre otros temas: en 2010 en La Scala, frente al presidente italiano, criticó los recortes a la cultura (37 por ciento), fruto de la austeridad. Un placer escucharlo cuando habla. Y más cuando toca.

*Periodista polaco