Categoría: Cultura

 Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 49   (4-04-2013)

Extrae del bolsillo izquierdo un pequeño grabador, lo instala sobre la mesa y vuelve a acomodar el saco con un empujón de hombros.

-Palabras se las lleva el viento. Ganamos tiempo con este aporte- farfulla, con sonrisa algo forzada.

Durante las últimas dos horas han desgranado ideas, evaluaciones políticas, análisis de situación. Algunos quieren enfrentamiento, agresividad, llegar al borde de la ruptura. Otros proponen disimular impaciencia, mediar, apaciguar.

Un llamado desde la Presidencia de la Nación es atendido entre cuchicheos por la máxima autoridad. La consulta de los organismos de seguridad se deriva al Organizador de Fiestas, Eventos Especiales y Afines.

La gente está excitada. Beben café, debaten fragmentos del texto que se leerá al día siguiente, cómo construir la alocución, avances en la investigación judicial. No sólo novedades de pasillo: se toman decisiones. Mucha adrenalina.

El hombre del pasacasettes se imagina elegante. Atildado, anteojos de grueso marco, frente despejada que avanza sobre el cabello. Levanta la mano para solicitar silencio. Presiona el botón de Play y desde el aparato emerge su voz, inconfundible y algo gangosa:

Compatriotas, amigos, señoras y señores presentes… Estamos aquí, una vez más, recordando el luctuoso día en el que fuerzas oscuras de la sociedad que a todos nos cobija sorprendieron en su prístina inocencia a pacíficos ciudadanos…

Todos lo conocen. Saben que su añosa (y legítima) ambición es llegar al más alto sitial de esa larga mesa rodeada de sillones donde está sentado. Saben, también, que eso jamás ocurrirá.

“El tono, el tono es lo que falla”, murmura el secretario de Rincones No Visitados. “Se nota que ya está viejo. Planificó una estrategia de ascenso, pero descuidó la cronología. Se apuró al principio, se confundió después, equivocó alianzas. Perdiste el tren, flaco”.

Por eso, como dirigentes que asumimos nuestro lugar frente a la delicada situación que nos ocupa y ante la reiteración de hechos que afectan a la auténtica dignidad humana, queremos decir: ¡Nunca más! ¡Ni un paso atrás! No confundan nuestro anhelo de paz y armonía con debilidad o inconsciencia…

Los presentes observan el reproductor, como si recién lo hubiesen descubierto. Miradas incómodas que no saben en cuál otro lugar detenerse.

“Se equivocó de esposa”, piensa el encargado de Incisos Contables. “Es buen empresario, tiene mucho dinero. Tal vez, con un matrimonio más pragmático -alguno de su clase social, familia más ligada al templo, contactos y negocios comunes- la historia hubiera sido distinta. Ahora: 70 años, vida hecha. No hay vuelta atrás.”

Somos aquellos que hemos atravesado el fuego de la historia para iluminar al mundo. ¿Dónde están, ahora, los tremendos imperios que quisieron destruirnos? Somos emblema de la tolerancia civil y religiosa, pero ¡que nadie se equivoque! No será gratis confundirnos con corderos. ¡A nuestros enemigos me dirijo! Tengan cuidado con…

Frases cortas y contundentes. El tono asciende. Un gallo escapa de la garganta emocionada, gesticulando frente al gran espejo del living, dos horas antes.

El Director de Elegancia y Recursos Humanos anota velozmente en su cuaderno: “Anteojos cuadrados, marco grueso, nacionales. Vidrios blancos que denuncian miopía (¡hace una generación que inventaron fotocromáticos en degradé marrón!). Cabello teñido, peinado con fijador y raya a la izquierda. Traje negro, corbata gris, pantalones con anchas bocamangas que cubren zapatos. ¡Camisa a rayas horizontales que ensanchan el abdomen! Un horror. No es raro que jamás pudo llegar a jugar en primera, ni siquiera tiene un asesor de vestuario…”.

Nuestra supervivencia es eterna, contraria a la lógica histórica. La cosa más maravillosa que se haya visto. Por eso, como presidente responsable del destino de esta comunidad, yo quiero asegurar rotundamente que…

La oratoria más importante jamás pensada, ante decenas de miles de asistentes. Sus pupilas reflejan el ondear de banderas a lo largo de las calles, la multitud que ruge. Imagina esas palabras que se abren desde el grabador como espiral arborescente, que planean sobre rostros asombrados, van y vuelven desde su garganta hacia los otros y regresan en espejo, alimentando el fervor.

El Hacedor de Discursos, Gacetillas y Afines menea la cabeza. “Más de lo mismo. Frases sueltas de proclamas anteriores. Lugares comunes. Mencionar influyentes. Frases retóricas: felicidad del pueblo, grandeza de la patria... Blablabla… Gesto épico. Bluff. Yo, por lo menos, soy creativo: intercalo frases ambiguas desde el prospecto de un medicamento. Extraigo líneas de un reglamento de fútbol. Y así. Igual, cinco minutos después, nadie escucha ni recuerda nada. Hay que divertirse en este ingrato trabajo de dar palabras a los demás…”.

Somos un accidente histórico, que no se adapta a la comprensión admisible de la historia. Nuestros orígenes preceden en muchos siglos a los de aquellos más antiguos sobre la Tierra. Constituimos un misterio en la historia humana…

Exige las cuerdas vocales. Se imagina sobre el escenario, dedo índice en alto con gesto admonitorio, esfuerzo por resaltar el color de un adjetivo, pausa que permite repensar lo escuchado mientras abajo brama la multitud.

“El mismo desubicado de siempre”, piensa el Presidente Autorizado, mientras intercambia una mirada de inteligencia con su Asesor de Situaciones Trascendentes. “Le falta cintura política. En los dos últimos plenarios votó al revés. Pero maneja un centenar de votos en su pequeño reducto, lo necesito para el próximo cónclave. Paciencia y ‘cara de nada’, como dicen los mexicanos.”

El filósofo francés Yanpol Sartre dijo en uno de sus libros que somos algo más allá de la comprensión del tiempo. Y es cierto. Nuestra herencia cultural…

El pueblo allí abajo, anhelante, esperando una línea de acción que el jefe de la tropa debe impartir con idénticas dosis de serenidad, fuerza y confianza en sí mismo. ¡Ha estado horas ensayándolo! Verba vibrante, gestos corporales, dominio del palco escénico.

“¿Por qué mencionar a un extranjero?”, piensa el Guardián de Buenas Costumbres. “¿Acaso no tenemos suficientes filósofos propios, como para que este cipayo necesite citar alguien de afuera como ese Sastre o Sartre? Es un asimilado, traidor a los suyos…”.

No retrocederé un solo paso. Exijo justicia y memoria para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los habitantes de buena voluntad que habitan esta tierra bendita, donde…

Ahora, el hombre sueña. Tiene los ojos entrecerrados, apenas para permitir una mirada al público cautivo, el resto de atención vuelto hacia dentro. Hacia esa imagen deseada de conductor de masas, general de civiles, interlocutor privilegiado de ministros y funcionarios del país. Sueña, sí, con lo que pudo haber sido la siguiente jornada: él encabezando el acto público, los demás siguiéndolo con obediencia y admiración.

Alguien resopla, sin disimulo, en el extremo de la mesa. Es el joven Comisario de Hurtos y Proyectos Novedosos, que masculla en voz baja: “¿Por qué? ¿Por qué? Tengo entre manos, por lo menos, diez nuevos emprendimientos y conexiones que dejarán un alto saldo positivo, para decirlo así. ¿Qué hacemos aquí, escuchando a este dinosaurio pasado de moda que imagina ser rey y está desnudo? ¡Que regrese a su geriátrico!”

El breve discurso termina con un clic de la tecla Stop, que el propio autor presiona en el grabador. Sigue un silencio, bastante prolongado.

-No está mal. Nada mal- dice el presidente.

Solicita, con un gesto, el casete de la alocución recién escuchada. Lo guarda en un cajón del escritorio.

-Agradecemos al compañero la valiosa colaboración.

-¡Y con una cita de Yanpol Sartre!- agrega el Tesorero Suplente, emocionado.

Todos asienten, gestos entusiastas. El Vicepresidente Dudoso, incluso, amaga con iniciar un aplauso, pero se detiene.

*Escritor, ex Director de la Editorial Milá, Director Editorial de Acervo Cultural.