Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 47    (10-09-2012)

A 100 años de conmemorarse la gran huelga de arrendatarios contra la explotación terrateniente, episodio conocido como el Grito de Alcorta por haberse generado en la localidad del sur santafecino del mismo y su consecuencia inmediata, la fundación de la Federación Agraria Argentina el 15 de agosto de 1912, es pertinente recordar que en las colonias campesinas judías, años después, también tuvieron lugar grandes luchas por la tierra. Con epicentro en Villa Domínguez, fueron protagonizadas por los colonos pobres acosados por los administradores la Jewish Colonization Association (JCA) para cobrarles las cuotas fijadas en los contratos originales, sin ninguna consideración por los inconvenientes causados por la sequía, la langosta o problemas familiares, llegándose en algunos casos a decomisarles la tierra o a obligarles a venderla.

 La JCA fue creada por el Barón Mauricio de Hirsh con el objetivo de dar albergue a familias judías rescatándolas de los ataques  y persecución a que estaban sometidas en la Rusia zarista y otros países de Europa Oriental, posibilitando la colonización en diversas provincias del país. Lamentablemente los propósitos altruistas de su fundador no siempre fueron respetados por quienes tenían que llevarlos a la práctica.

D.E.

El rechazo de la burocracia jerárquica de la JCA a conceder títulos de propiedad antes de cumplidos los veinte años de arrendamiento, así como la negativa a instalar como colonos a los hijos cerca de los campos de sus padres, eran vividos como un serio conflicto de índole clasista.

Entre 1910 y 1914 se produce un ascenso económico en el país, con buenas cosechas en las zonas cerealeras de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe; aumenta la exportación y se fortalece el crédito exterior argentino. Sin duda la colonización judía, en pleno incremento, juega un rol decisivo en el desarrollo de la agricultura argentina.

Comienzan a aparecer colonos con el título de propiedad de sus tierras, luego de un juicio que ganaron los colonos de Mauricio a la JCA, logrando emanciparse de la organización mediante el pago del resto de la deuda sobre el campo. Algunos de ellos estaban tan endeudados con prestamistas que se liberaban simultáneamente de la JCA y de la tierra, entregándola para saldar sus deudas y emigrando a la ciudad.

Los enfrentamientos entre grupos de colonos y de éstos contra la organización central proporcionan un recorrido que echa luz sobre las diferencias que se profundizarán poco después, en el fatídico año de 1919. Ya existen entonces colonos “ricos” y colonos “revolucionarios”, además de la JCA. Las acusaciones se cruzan en todo sentido, desde los que “quieren borrarle todo contenido judío a la experiencia” hasta los que acusan a sus antiguos compañeros de “traidores enriquecidos aliados con la patronal…”.

Una síntesis de estos enfrentamientos ideológicos y personales, unidos a la jerga judeoargentina de muchos inmigrantes, puede encontrarse en una obra siempre citada y casi desconocida del dramaturgo Samuel Eichelbaum (Domínguez, provincia de Entre Ríos, 1894- Buenos Aires, 1967): “El judío Aarón”, cuya acción transcurre hacia 1925 en una colonia y resume metafóricamente en sus diversos personajes judíos la lucha de ideas, el matrimonio mixto y las “alianzas” clasistas que trascienden los orígenes étnicos. El autor, que luego trascendería como uno de los mayores representantes del teatro argentino (“Un guapo del 900”, “Un tal Servando Gómez”), despliega en esta obra juvenil las impresiones que le causaron la violenta “segunda Semana Trágica” ocurrida en Domínguez en 1921 de las que fue testigo, cuando sectores adinerados de propietarios de tierras de origen judío se aliaron a las fuerzas represivas contra una huelga de peones.

Don Aarón representa -en su media lengua- las ideas anarquistas y cooperativistas, frente a los colonos judíos enriquecidos y a los comerciantes del pueblo. Dos de estos últimos, Kohen y el doctor Gorovich, hablan con el comisario en el Acto Segundo, para denunciar la alianza “subversiva” de Aarón y los peones gentiles:

GOROVICH: Amigo comisario, no le quepa la menor duda de que ese sujeto es peligroso.

KOHEN: (Interrumpiéndole) Ese la cose.

GOROVICH: Al llegar a este pueblo, lo conocí una tarde, en circunstancias en que yo iba a la estación a esperar el tren de Buenos Aires para comprar unas novelitas semanales –que yo, entre paréntesis, compro siempre. Leo mucho. Me paso la vida leyendo. Bueno, ese día me lo presentaron. Conversamos de una punta de cosas y en todos los temas que hemos tocado, ese hombre no ha hecho más que mezclar que la tierra es de todos.

KOHEN: Ese la cose.

GOROVICH: Total, que yo comprendí en seguida que me las tenía que ver con un judío muy dado al libre macaneo.

KOHEN: Demás ya.

COMISARIO: Pero, discúlpeme, doctor: usted ¿es o no es judío? Algunos dicen que les ha dicho que no es y otros dicen también que usted les ha dicho que sí. ¿En qué quedamos…?

GOROVICH: Sí, soy judío, pero no como todos. Figúrese, que casi nunca me acuerdo de que lo soy. Por eso, a veces, de puro olvidado, digo que no. (Pausa) Pero dejemos esto…

En las discusiones posteriores entre Aarón y sus adversarios, especialmente en la asamblea del Fondo Comunal cooperativo, se despliega esta oposición:

KOHEN: Boino, boino. ¿Qué quiere?

AARÓN: Yo digue que percise suprimir la plate. Yu sei qui no se poide suprimir a todas partes, porque nu somos gobierno. Por ese yu quire qui en noistre sociedad, in la Fondo Comunal, suprimamos la plate. Ese astá la proyecte míe.

KOHEN: Astá loque, la señor Leibovich. Istá ñorante.

AARÓN: (Dirigiéndose al interruptor) Cierte, siñor Kohen. Yo astoy inorante, no digue qui no. Piro yo estudiando poide ser sabio, y la siñor Kohen no. El Talmud noistre, la biblie jodíe, dice que los comerciantos no sirán nunca ni sabies, ni justes. (Pequeña pausa) Para suprimir la plate yo propongue que la Fondo Comunal establezca una gran almacén, tiende, zapaterie con todas qui precisa para la vida de la coloñe.

VOCES: ¿Qué hacemos con éste?

AARÓN: La Fondo Comunal va a vender a los socies, a la precie de costa y los colonos nu van a pagar cun plate: van a pagar cun la productos de la coseche: trigue, line, maíz amargo, maíz dulce, avene y tode lo demás. Así los coloños van a tener tode barate. (…) Si la Fondo Comunal acepte la proyecte mío, ese tristo, injusto asoñeque nu pasar más. Las socies colones van a tener pan barate y todes otres coses lo mismo. Foira de éste, poide ser que la vicinos nu seien tan malos, goístas, anvediosos. (Los tapes aplauden con entusiasmo. Uno de ellos grita: ¡Viva don Aarón! Y es arrestado por el comisario).

KOHEN: Diga otra vez qui don Aarón Leibovich istá loque. Y digue también qui astá un pelegrose.

GOROVICH: Muy bien dicho. Es la verdad. Se trata de un loco, de un loco de atar. (…)

AARÓN: Los astetutos de noistre sociedad precisa riforme. Tinemos qui hacer socies a todes los criollos. Nu vevimos soles aquí.

UN COLONO: Esta astá un sociedad di calonos.

GOROVICH: Naturalmente. (…)

AARÓN: (…) Nosotros los colones, quisimos sir doiños di la tierra qui trabajamos. Los tapes nu tienen tierras. Trabajan noistra tierra. Nosotros nu queremos trabajar tierres di otres. Está bien. Así debe ser. Peru elles nu tienen tierre para trabajar. Por eso tenemos que ayudar a elles a vivir mejor. ¡Nosotros los colones, israelitas, jadíos, tinemos qui dar a elles partes di noistres campos en vez de pagar soilde miserable!

KOHEN: Esto hombre istá infermo.

AARÓN: El Talmud, noistre Biblia, qui dice tantes coses lindas, dice que es mejor sembrar qui hacer sembrar. Nosotres hacemes sembrar y guardamos fruto. Tampoco estamos boinos jadíos. Yu nu astoy loco. Yu hablo como buen jadío, como jadío verdadera.

GOROVICH: Es un cínico.

KOHEN: ¿Usted buen jadío? Veie: mijor cállese la boca. Usted astá un antisimito. Istá siempre juntite así (junta los índices)  con los tapos criolles. Istá un goi igual qui elles.

AARÓN: Cierte, cierte. Por eso astoy buen jadío. Aarón Leibovich cuando criollos tapos astán in goelga porque los otres colones jadíos ricos nu quieren pagar cincuenta centavos más para galletos, él le da su motor y trilladora para qui trabajen en cooperativo…

GOROVICH: ¡Miente! Les ha prestado el motor y la trilladora. No ha regalado nada.

AARÓN: Cierte, cierte. Un gran rabino qui la doctor Gorovich nu coñoce dijo qui más vale recebir el auxilio de un préstamo, que el de una limosna. Aarón nu hace limosnas…

Esta obra teatral que nunca conoció forma de libro (sólo fue publicada, una vez, como suplemento de la revista “Talía”) puede entenderse, tantos años después, como afilada metáfora sobre las internas de la comunidad judía y su historia. Al final, el hijo del rico comerciante judío y la hija de don Aarón, enamorados, escapan a Buenos Aires. La alianza inexplicable entre los xenófobos matones de la Liga Patriótica y los judíos ricos de aquel entonces -para enfrentar a algunos pequeños chacareros como don Aarón y a los peones criollos- se reiterará, tal vez con contornos menos nítidos, en muchas situaciones posteriores, hasta llegar a la actualidad

* Escritor, ex Director de la Editorial Mila