Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 47    (10-09-2012)

A los 86 años, el pasado 31 de julio de 2012, murió Gore Vidal, uno de los grandes escritores estadounidenses del siglo XX. Coetáneo de Jack Kerouac, Truman Capote y Norman Mailer, fue un autor prolífico que publicó más de medio centenar de novelas y ensayos (obras todas animadas por una decidida vocación histórica, política y social), algún volumen de cuentos y un par de policiales de intriga bajo el seudónimo Edgard Box. También incursionó con éxito en el teatro, hizo guiones para el cine y la televisión, ejerció el periodismo y dio a la imprenta su autobiografía en dos entregas.

Miembro de la más rancia aristocracia norteamericana, Gore Vidal recibió la influencia de su abuelo materno, Thomas P. Gore, senador demócrata por Oklahoma y tenaz promotor del no-intervencionismo, esto es, del procedimiento por el cual los Estados Unidos desandarían el camino de su conversión en un Imperio. Fueron sus padres Eugene Vidal y Nina Gore; ésta última se casó luego con un financista acaudalado, Hugh Dudley Auchincloss, quien posteriormente se casaría con Janet Norton Lee, la madre de Jacqueline Kennedy (nacida Jacqueline Lee Bouvier, del matrimonio de Janet con John Vernou Bouvier III).

Pero lo que de veras importa no es la pertenencia de Gore Vidal a la aristocracia que ocupaba (y en cierta medida continúa ocupando) el vértice de la pirámide social norteamericana, sino cómo la veía y qué decidió difundir de ella. En efecto, al comienzo de su autobiografía titulada Palimpsest: a memoir, de 1995, se refirió a la ceremonia matrimonial de Newton Steers con “mi hermana materna Nina (a quien a partir de ahora llamaremos Nini) Gore Auchincloss”. El acto transcurrió en la iglesia de San Juan, en Washington D.C., y allí estaban los novios, por supuesto, y algunas personalidades notables, como el futuro senador John Warner y el entonces senador, y futuro presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy.

Así arranca el libro. Y en el tercer párrafo del primer capítulo, apenas apuntado lo anterior, Gore Vidal recuerda que poco después, ese mismo día de un lejano mes de junio de 1957, en uno de los cuartos de baño de la casa de Auchincloss la futura primera dama, Jacqueline Kennedy, “se subía el vestido y le enseñaba a la inocente Nini cómo hacerse una irrigación después del acto sexual, con un pie en el interior de la bañera y el otro sobre el suelo de baldosas blancas”. Y concluye: “Aunque en esa época ya se conocía el bidet, no lo había en ninguna casa decente.”

Ciertamente, en un comienzo por el estilo, sin rodeos, directo y llamando a las cosas por su nombre, queda claro que al autor de las memorias lo sensibilizaban la circunstancia histórica, el devenir político y las perplejidades aportadas por “lo social”, pero sin abandonar el abordaje artístico en sí mismo, el ir y venir constante desde lo general hasta lo particular, desde una ceremonia religiosa en la capital de la primera potencia del planeta, con la debida concurrencia de personajes destinados a ser miembros de una concupiscente galería de próceres, hasta la transmisión de un íntimo procedimiento higiénico entre algunos de esos personajes en un baño con baldosas blancas. Y también resulta claro que Gore Vidal fue un escritor frontal, un polemista que no midió riesgos o consecuencias, como cuando adoptó una posición no intervencionista durante la Segunda Guerra Mundial, seguramente por influencia de su abuelo materno (posición que luego revisaría parcialmente), o decidió publicar The city and the pillar en 1948, al comienzo de su carrera, una novela que abordaba el tema de la homosexualidad y sinceraba la relación con Jimmy Trimble, compañero de Vidal en el colegio St. Albans y su primer amante, una vez consumado el acto en el mismo baño con baldosas blancas que Jacqueline, inminente primera dama, convertiría en aula.

Así que, además de la prédica de su abuelo, con seguridad motivó el no-intervencionismo de Gore Vidal la temprana muerte de Jimmy Trimble en la batalla de Iwo Jima, el 1° de junio de 1945, a causa de la explosión de una granada. Y aquél romance fundacional sirvió, como corresponde a todo romance fundacional, para diseñar la matriz amatoria de al menos uno de sus participantes, quien además halló retratada su experiencia en El banquete de Platón, pero no en las palabras que Sócrates recibiera de Diotima sino en las pronunciadas por Aristófanes, el comediante. Y en este punto conviene aclarar que Gore Vidal, el escritor exitoso, el primo del presidente demócrata James Carter y del senador, vicepresidente y frustrado candidato presidencial Al Gore, el aristócrata más por imposición de las circunstancias que por búsqueda obsesiva, el millonario (por mérito propio), el bon vivant con fastuosas viviendas en Los Ángeles y en Ravello, Italia, en sus memorias asegura compartir con Aristófanes el hecho de haber escrito “comedias vulgares y populistas”.

La ironía de Gore Vidal fue a la par de cierta provocación metodológica. En efecto, Platón puso en boca de Aristófanes la teoría de la otra mitad: al principio los individuos se dividían en hombres, mujeres y andróginos, y eran esféricos, con cuatro brazos, dos caras, una cabeza, cuatro piernas, dos sexos y cuatro orejas cada uno. Podían caminar en cualquier dirección, incluso rodando, y “eran terribles por su fuerza y su vigor y tenían gran arrogancia, hasta el punto que atentaron contra los dioses”. De ahí que Zeus decidiera cortarlos por la mitad, para que fueran más útiles y débiles. Pero tanto se extrañaban las partes divididas y tanto deseaban regresar a la unidad anterior que, cuando se hallaban en el mundo, se unían en un abrazo implacable hasta morir de hambre. Compadecido, Zeus trasladó sus órganos genitales a la parte delantera y dispuso que “a través de lo masculino en lo femenino”, si el abrazo era entre hombre y mujer (o sea, ex andróginos), ésta engendrara internamente y se preservara la especie. También dispuso que en los encuentros de hombre con hombre (o sea, ex varones esféricos) “hubiera al menos plenitud del contacto, descansaran, prestaran atención a sus labores y se ocuparan de las demás cosas de la vida”. En definitiva, los descendientes de varones seccionados “aman a los hombres y disfrutan estando acostados y abrazados con los hombres, y son estos los mejores de los niños y muchachos, por ser los más viriles por naturaleza”.

Como se ve, la identificación con Aristófanes (autor de “comedias vulgares y populistas” enfrentadas con la versión idealizada de sí mismos que difundían sus contemporáneos) no es precisamente un homenaje a la corrección política. Y basta recordar el tratamiento de Aristófanes prodigado a sus adversarios y sus críticas a la comunidad “apolínea” de su época para comprender la densidad y riqueza de invectivas que Gore Vidal prodigó a los suyos, tanto pasados como coetáneos, sobre todo en lo que a la gestión de la cosa pública se refiere. Richard Nixon, Ronald Regan y los Bush (padre e hijo) fueron algunos de sus blancos preferidos, siempre en el marco de la crítica general al desenvolvimiento del imperialismo norteamericano.

Pero el mejor Vidal quedó en sus novelas históricas, tanto las referidas a escenarios ajenos y pretéritos, como Julian o Creación, y las referidas a la historia de los Estados Unidos como Burr (1973), 1876 (1976), Lincoln (1984), Imperio (1987) o Hollywood (1989). En ellas los grandes personajes aparecen animando instituciones que no comprenden y tampoco vacilan en poner al servicio de sus intereses individuales, inspirados simultáneamente por ideas que los exceden y por pasiones a nivel del suelo, cuando no a nivel del suelo, pero del sótano. Es el caso de Imperio, un fresco de la sociedad estadounidense del último lustro del siglo XIX y del primero del siglo XX, cuando la república del asesinado presidente Lincoln da paso al intervencionismo exterior creciente, luego de la guerra con España. El sistema democrático, bajo la penetrante mirada de Vidal, exhibe por su parte debilidades extraordinarias, como la irrupción de los caciques manejadores de votos (una suerte de macropunteros), la compraventa de cargos públicos, el tráfico de influencias y la corrupción desenfrenada. Y en esa novela aparecen también personajes paradigmáticos, como el joven William Randolph Hearst, el magnate de la prensa amarilla que se jactaba de haber inventado no sólo la guerra con España sino también al héroe correspondiente (Theodore Roosevelt), luego promovido a la vicepresidencia con el también asesinado presidente McKinley (a quien sustituyó), y finalmente instalado en el vértice de la pirámide de la administración, tras el triunfo en comicios impecables.

* Escritor, Periodista, Director del Fondo Nacional de las Artes.