Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 44    (15-12-11)

 Recurso literario

Él la amenazó con un látigo y la pobre mujer retrocedió, asustada… Retrocedió y retrocedió hasta que se cayó del capítulo y apareció mucho más atrás, al comienzo de la novela.

Jamás pudo volver a ingresar en la acción de esa obra.

Sabiduría oriental

- En la cultura de Alor, para tranquilizar a un bebé que llora, se lo masturba.

Así dijo el profesor, mientras las lágrimas descendían por sus mejillas.

La buena culpa

Todos los protagonistas de las pesadillas de él: seres que pelean contra monstruos invisibles, disparan revólveres cuyas balas no tienen fuerza, son perseguidos por dementes que quieren mutilarlos con un afilado cuchillo, se rebanan los dedos de la mano en un accidente- se reunieron con las visiones que ocupan las intranquilas noches de ella: doncellas que caen por un pozo del que no se adivina el fondo, están a punto de ahogarse bajo el agua, quedan desnudas en medio de la calle, les abren la puerta cuando están bañándose.

Intimaron. Se hicieron amigos. Intercambiaron roles. Encajaron a la perfección unos con otras. Dejaron de inquietar a los demás.

Y, como en un sueño, fueron felices y comieron perdices.

Logia

- ¿Esa es la Sinfonía Concertino, de Mozart?

El ocupante de la otra carpa levantó la vista.

- Sí. Con el violín de Igor Oistraj.

El que había preguntado, deteniendo su paseo vespertino por la playa, tuvo un estremecimiento.

- ¿Orquesta de Moscú?

- Filarmónica de Berlín- dijo, lacónico y cómplice, el dueño de la radio.

Ya eran amigos para siempre, aunque recién se conocían.

Sebastopol

- Sebastopol.

La voz de Emiliano suena grave desde el sillón, donde se ha estirado como un camaleón, la cintura curvada, el cuerpo deslizándose hacia abajo y exhibiendo la protuberancia del abdomen. Interrumpo mi clase sobre la estética del cine de Europa oriental explicada a partir de una película rumana. Todos lo miran.

- Sebastopol- repite. - ¿Dónde queda? ¿En cuál país?

- No, no es en Rumania- corrijo. – La capital de Rumania es Bucarest…

Emiliano insiste.

- Ya sé que no es Rumania. Es un país de esos que… estaban en Rusia. Antes, digo. Cuando era la… la…

- La Unión Soviética- interviene Catalina.

- Eso. Rusia. Era en un país de Rusia. Un puerto.

- Hoy quizá sería Bielorrusia…- aventura Jacobo.

- No, no. Es otro lugar… Un puerto. Que da al Mar Negro.

- Ucrania- define Catalina. – Si da al Mar Negro, es Ucrania, seguro.

- Bueno, eso. Ucrania. Y Sebastopol es su puerto- asiente Emiliano, triunfante.

Largo silencio. Él observa a todos, orgulloso, ahora incorporado en su asiento.

- Hay algo que no entiendo- digo. - ¿Qué tiene que ver Sebastopol y Ucrania con la película rumana que estamos analizando?

- Nada- contesta Emiliano, sin inmutarse. – ¿Por qué tendría algo que ver? Me acordé de Sebastopol y tuve ganas de preguntar. ¿O acaso no estamos en democracia y cada uno puede expresar lo que quiera? Estuve el año pasado, había una gran exposición… No sé si entienden. En el puerto. Toda la flota rusa salía de allí en invierno, por las aguas cálidas. Ahora todo eso no funciona más. Pero tienen los barcos en fila, para visitar. Es algo muy extraño. El año pasado, cuando viajé de turismo a esa zona.

- Yo tampoco entiendo- agrega Nora. -Si no tiene nada que ver con el curso de cine que estamos haciendo en este momento, ¿qué querés decir con Sebastopol?

- Qué quiero, qué quiero… A ver: ¿alguno de ustedes conoce Sebastopol?

Mutismo generalizado. Varios niegan con la cabeza.

- ¿Ven? Esa es la diferencia. Yo estuve en ese lugar de paseo turístico. Y ustedes nunca. No es un lugar muy visitado ni resulta fácil viajar hasta allí. Lo asocié con eso que están diciendo sobre Europa oriental y qué sé yo…

- Pero ahora estamos discutiendo sobre una película rumana que…

- Yo pago mi parte de los honorarios del profesor y, por lo tanto, puedo hablar de lo que se me antoja- insiste Emiliano, algo enojado. – Y se me antoja mencionar Sebastopol. Un lugar donde ninguno de ustedes estuvo, muertos de hambre. Y yo sí.

Otro largo silencio.

- Sebastopol- repite, riendo para adentro, satisfecho.

Entre judíos

El pequeño hall del teatro está repleto, antes de comenzar la función. La obra es muy polémica y amerita soportar cierta incomodidad para poder presenciar un espectáculo del que habla toda la comunidad.

El hombre mayor se acomoda sobre uno de los bancos de madera, en el último lugar disponible, y envía a sus dos mujeres (¿hermanas? ¿esposa y cuñada? ¿paisanas?) a mezclarse con el gentío amontonado frente a la boletería. Todos hablan en voz alta y los murmullos son incesantes.

Una de las féminas vuelve donde el padrino de la familia, que observa sin discreción al público en busca de conocidos. Ella agita en la mano un billete azul de cien pesos, desgarrado en un costado y algo descolorido en el centro.

- Otro billete, Nújem. Me dicen que lo cambie. ¿Tenés otro?

- ¿Vus otro billete? ¿De qué hablás?

- El señor de la boletería dice que no es muy casher así presentado, roto y descolorido. Que puede ser falso.

- ¿Falso? ¿Mi billete falso? ¿Quién dice eso?

Se levanta de un salto, arranca el dinero de las manos de la mujer y, codeando a quienes forman la fila, llega hasta la ventanilla.

- ¿Qué pasa con este billete, eh? ¿Qué tiene de malo?

- No parece legítimo señor. Ante la duda yo...

- ¡Qué duda ni shmuda! ¡Estos cien pesos son míos! ¿Sabe lo que significa?

- Pero quizás usted los recibió...

- ¡Nada de recibió! ¡Son míos! ¿Qué, ahora mi plata no vale como la de cualquiera? ¿Yo soy distinto? ¿Mi dinero es diferente? ¿Qué significa “tengo dudas...”?

- Si usted pudiera cambiarlo...

- ¡No cambio nada! ¡Que venga aquí el que dice que esta plata mía no sirve! ¡Me lo dieron ayer en el banco, con mi jubilación! ¡Buena plata! ¡Como la de cualquiera!

Con las entradas en la mano, vuelve al lugar original. Su rostro revela, todavía, furia contenida por la discusión. Las dos mujeres están a su lado, sin animarse a abrir la boca. ¡Aquí, entre judíos, atreverse a dudar de él!

Por la puerta trasera aparece una señora gordita, al parecer parte del elenco, portando una bandeja todavía caliente que contiene porciones de kamish y galletitas salpicadas con mum, amapola negra. Desde la fuente se desprende un aroma de Europa oriental, esa tierra de origen que jamás han olvidado quienes esperan ingresar a la sala.

La anfitriona convida a los presentes. Llega hasta el banco donde está Nújem con cara de pocos amigos y se inclina levemente para ofrecer sus delicias culinarias.

El aroma de galletas recién horneadas asciende hasta las fosas nasales del enojado judío, quien sacude levemente la cabeza, como si despertara. Un deja vù familiar emana desde esa sonriente abuelita que le recuerda a la suya propia, allá en la aldea polaca. Toma una porción de kamish en la mano derecha y otras dos galletas con la izquierda. Le corresponde.

Cuando sus dientes aplican el primer mordisco, esa masa tibia

se deshace sobre la lengua y las arrugas desaparecen del rostro. Más aún: una grata sonrisa comienza a desplegarse hacia los costados.

Así, contento y relajado, permanecerá hasta el final de esa noche teatral. En ese espacio contenedor y nostálgico donde puede protestar pero, también, reencontrar el sabor de la infancia.

*Escritor, ex director dela Editorial Mila, director editorial de Acervo Cultural Editores