Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 42     (5-07-11) 

 

 Algunos parecemos destinados al mestizaje cultural.

Dos progenitores judíos de distinto origen (inmigrante polaco y argentina hija de rumanos) fue el primer dato. Habitar Villa Pueyrredón y concurrir a la primaria “Tomás Perón” -el “abuelito de nuestro líder”, como decía el himno de la escuela- el segundo. Y el negocio paterno, el definitivo.

Todo recuerdo es una reconstrucción. El cerebro no archiva fotos ni diálogos ni escenas.

No se conservan imágenes de nada, copias deslavadas ni reservorios de sucesos. Y, sin embargo, la sensación de evocar el pasado es posible y conocida por todos. Deben activarse una serie de mecanismos neuronales para arrastrar al presente, como una catarata, las vivencias de antaño. Pero uno nunca termina de saber si lo que rememora sucedió tal cual lo expresa o se trata -cada vez- de un manoseo inevitable del pasado.

Estoy casi seguro que la propaganda del negocio de mi padre -que trajo su delicado oficio desde Polonia- decía, en alguna tarjeta o volante de papel: “Sastre de medida fina”, para diferenciarse de sus colegas de la zona que hacían “ropa de confección”, un escalón más bajo que la artesanía de tijera y aguja. Esta remembranza quizá contenga un error: ¿la medida “fina” se opondría a otra (gruesa, imperfecta) y señalaría la artesanía dedicada a un individuo y no a la masa? Tal vez la frase fuera: “sastre fino de medida”, por su doble significación: “no es de confección” y “es muy buena en singular”.

Esta nostálgica digresión está ligada al salón de exposición que él instaló en Villa Pueyrredón, sobre la poco comercial avenida Mosconi (que, no obstante, era la mejor calle del alejado barrio). Ocupaba todo el local de la antigua “sastrería y camisería” (y afines en ropa para hombre), a lo que sumó buena parte de nuestra vivienda original, que seguía a continuación en el delgado lote cercano a la esquina de Cuenca. Habíamos mudado la vivienda a los dos pisos superiores -construidos, trabajosamente, con créditos del Banco Hipotecario y la cooperativa de los paisanos- y la superficie disponible, ahora, era respetable para nuestras modestas aspiraciones (unos seis metros de ancho por quince de profundidad).

Con sus ojos vencidos por el duro trajinar de cortar casimires, enhebrar agujas y coser hilvanes durante doce o más horas diarias, a lo largo de treinta años, el inmigrante nacionalizado argentino imaginó en sus noches de insomnio un negocio fabuloso, que tiempo después imaginé similar al de las medias irrompibles de Roberto Arlt. Me lo comentó una noche, por ser el primogénito varón, pero solicitó reserva absoluta para no estropear el maravilloso plan. Todas las botellas de bebida estaban cerradas con corchos, me explicó. Millones y millones. Conversaciones reiteradas con un vecino matricero le habían acercado la posibilidad de diseñar una máquina sencilla que permitiera fabricarlos. El local, aunque reducido, alcanzaría para instalar la fábrica y su administración. Un depósito para las planchas de corcho y otro para cajas con los productos terminados, en las dos pequeñas piecitas del fondo. Un baño, patio y cocinita minúscula. ¿Qué más?

Felizmente, la esotérica máquina de fabricar corchos nunca llegó a concretarse. Después de muchas reuniones, pruebas y dibujos, de pronto, la situación cambió bruscamente. Sólo en algunas semanas, “millones de envases” cambiaron su cobertura por tapitas de plástico a rosca. Fue un bajón.

Mi tío, entonces, insistió hasta convencerlo: mueblería. Ese era el negocio. Él había ya probado instalarlas en varios lugares -saltaba de la avenida Belgrano, el centro urbano del oficio, al último rincón de Villa Lynch o a la misma avenida Mosconi, siete cuadras más allá- y aunque su suerte era variada, lo seguro es que se trabajaba poco. A diferencia de un comercio “popular”, aquí entraban sólo una docena de interesados… por semana. Habría tiempo para dormir la siesta, leer, jugar a las cartas o conversar indefinidamente en las horas de atención. Con dos o tres ventas mensuales, la renta estaba asegurada. Mi hermano y yo haríamos de peones en las entregas (y tendríamos más tiempo para estudiar), con la ayuda del viejo y destartalado camión de un vecino, que nos ayudaría en el transporte y armado. Cartón lleno.

El entusiasmo nos ganó a todos. Con solemnidad, papá y mamá me informaron, poco antes de la inauguración, que el título del nuevo negocio sería “Muebles Richard”, traduciendo al inglés mi nombre, como solía hacerse en la moda kitsch barrial de los años ’50. Un enorme y vertical letrero luminoso inmortalizó la entrada del edificio.

Y aquí llego. Trato de recordar ese local en los primeros tiempos de un recorrido que no fue demasiado glorioso -apenas se extendió unos cinco o seis años- y me veo en el fondo del salón, junto al escritorio, leyendo todo lo que caía en mis manos y preparando exámenes durante horas y horas, sin que ni siquiera un fantasma penetrara al lugar. Observo hacia el frente y entonces, como un relámpago, sucede la epifanía.

La exposición que se ofrecía al público correspondía a los gustos de época (además, mi tío había asesorado en ello, su experiencia hacía que fuera imposible equivocarse). A la izquierda se alineaban media docena de juegos de dormitorio (ropero contra la pared, cama de dos plazas y mesas de luz), en el medio estaba el pasillo de circulación y, contra la derecha y apoyados en la otra pared, los parientes simétricos del comedor y la sala de estar, algo más relajados en su ubicación y simetría.

Lo asombroso -entiendo ahora- era la profusión y mezcla de “estilos”: el primer juego de muebles era “inglés” (madera color guinda, doradas cerraduras y patas torneadas), el segundo “provenzal” francés (puertas semiojivales de tono marrón mediano a oscuro, muchos rulos y firuletes), el tercero “americano” (madera de peteribí de matiz ocre más ligero, líneas funcionales con ángulos rectos y diagonales), el cuarto “vienés” (maderas casi blancas, ascéticos, fuertes y despojados) y así sucesivamente. Después de esa época llegarían muebles de algarrobo y caña, más arquetípicamente argentinos aunque mucho menos solicitados. Una visión pluralista del equipamiento hogareño.

Pasé entre mis trece y diecisiete años- más o menos- en ese lugar, donde el desparramo ecléctico de ofertas respondía a los códigos de los vecinos. Inmigrantes (la mayoría de ellos) o primera generación de argentinos, venidos de Italia y España sobre todo, pero también de Rumania, Francia, Yugoslavia, Portugal, Rusia, Alemania, Austria… Cada etnia se sentía cómoda al estar rodeada de muebles similares a los de sus países de origen. Ese muestrario universal y algo decadente -desplegado a lo largo de “Muebles Richard”- respondía a requerimientos de marketing, como se diría hoy, pero fue sedimentando una manera de ver que ese adolescente, cuyo nombre encabezaba el negocio, ya había experimentado en la escuela primaria barrial -y luego, en la secundaria más urbana-, cuando creció rodeado de muchachos de todos los orígenes, una suerte de Naciones Unidas en miniatura desde donde aprendió a leer el mundo.

En la adultez llegarían novelas y ensayos para tratar de configurar los elusivos contornos de esta condición cultural mestiza. Pero todo empezó, comprendo ahora, en esa combinación de ambiente escolar y negocio paterno que, como si se hubieran puesto de acuerdo, demostraron a un espíritu en formación las bondades y necesidad de la mezcla como riqueza, antes que signo discriminatorio.

O, como dijera el escritor judeo-tunecino-francés Albert Memmi en uno de sus últimos reportajes: “mis hijos, ambos mestizos de cultura, color y religión, son los ciudadanos del futuro…”. El tiempo parece darle la razón.

* Escritor, ex director de la editorial MILA