Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA  N° 41   (8-04-11)

 Este artículo tiene como objetivo relatar una experiencia que sirvió para demostrar a los asistentes a mis clases de Historia social que no somos simples espectadores pasivos de la Historia sino que todos somos protagonistas de la Historia, todos hacemos la Historia.

 El interés actual por nuestra Historia y el auge de textos que revisan o reinterpretan la historia argentina en forma integral o con el acento puesto en un episodio o personalidad relevante, es un signo elocuente de la inquietud surgida en vastos sectores de nuestro pueblo acerca del origen de tantos desencuentros, tantas ilusiones con sus correspondientes desengaños, tantas declaraciones fundacionales en la asunción del poder por parte de algún sector político, como si lo hecho por los anteriores no sirviera o fuera un simple ensayo.

Lo cual, por otra parte, es bastante comprensible en un país en que la única constante ha sido los golpes de estado militares y la puja de sectores oligárquicos por recuperar el pleno dominio del poder que habían tenido por tanto tiempo y que había sido “usurpado” por ideologías plebeyas y caóticas.

 

Al comienzo de nuestras clases de Historia social en el grupo “Encuentro” de adultos mayores del Club Náutico Hacoaj, clases que ya llevan 15 años de interesante desarrollo, nos encontramos con resistencias esperables: para las alumnas del taller la Historia discurría por un carril y sus vidas por otro.

 

Por otra parte, el estudio de la Historia había quedado fijado en el pasado como algo esquemático y, por momentos, incomprensible.

 

Las respuestas eran: "La Historia es aburrida”, o, por el contrario: “Dejémonos de Historia. Lo que interesa es el presente”.

 

Por eso decidimos abordar el tema de la inmigración a nuestro país, lo que convertía a las alumnas (la mayoría son mujeres) en testigos activos.

 

Nuevamente debimos vencer variadas resistencias y hacerlo con delicadeza. En casi todos los casos implicaba mirar hacia el interior de historias de desarraigo, separaciones (algunas, definitivas), miedos, olvidos sufrimientos, sacrificios.

 

Pero el principal obstáculo a vencer era el desprecio por la propia historia; la Historia verdadera es la de los grandes acontecimientos: batallas, tratados, constituciones, grandes hombres, héroes, estadistas.

 

Fue de gran importancia introducir el concepto de Historia social: Historia de los grupos humanos a través del tiempo: sus migraciones, sus ocupaciones, sus creencias, sus rebeliones.

 

Y también la vida cotidiana: la comida, la vestimenta, las costumbres, la sociabilidad.

 

La respuesta no se hizo esperar: una por una, algunas con gozo, otras con dolor, fueron adentrándose en la memoria y reconstruyendo su infancia, sus relaciones familiares, sus relaciones con “el viejo hogar”, la búsqueda del sustento, las frecuentes mudanzas, los barrios, la adaptación a las costumbres del país nuevo, una experiencia colectiva de una riqueza incalculable tanto por el valor testimonial como por el valor reparador al interior de cada individuo.

Pero esta experiencia no iba en una sola dirección: las visiones sobre este proceso de vida que abarca casi todo el siglo XX eran muy variadas, según el origen nacional (la región de la cual provenían y los motivos expulsores) o el origen social (medios económicos y status social en el país de origen y reubicación en el país receptor).

 

El lugar de radicación de la familia también teñía de diversos colores la experiencia. La gran ciudad fue el objetivo de grandes grupos migratorios (familias e individuos) que se instalaron y formaron barrios enteros que dieron a la ciudad aspectos, colores y olores desconocidos hasta entonces.

Otro lugar de radicación fue el campo (formación de colonias agrícolas y pequeños pueblos) con climas, experiencias y adaptaciones muy distintas y entrañables.

 

Las historias personales comenzaron a aflorar: el padre trabajando día y noche, la madre criando hijos (a veces muchos), manejando la casa y trabajando (a veces) a domicilio, los hermanos, trabajando y estudiando, los abuelos, los tíos, los primos, el clan familiar, sostén del inmigrante para luchar contra el desarraigo, la nostalgia del hogar perdido, la pérdida de identidad. La lucha por la vida, los largos años de trabajo, el fracaso, a veces, el sueño de la realización a través de los hijos, (m’hijo el doctor).

 

Un panorama multifacético que se abre como un abanico testimonial del proceso inmigratorio de nuestro país.

 

La inmigración de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, como fenómeno histórico decisivo en la conformación de la sociedad argentina, sobre todo de la zona litoral, no había sido estudiada en profundidad hasta hace poco más de veinte años.

 

La Historiografía tradicional no le ha otorgado ni el lugar ni la envergadura necesaria como para que dicho fenómeno figurara en los libros de Historia y en los planes de estudio, precisamente porque no era un acontecimiento puntual ni estaba referido a una figura ilustre sino que era un proceso paulatino y multitudinario que, como dijo el historiador Juan Carlos Torre, modificó la estructura social de nuestro país, “haciéndolo de nuevo, por obra de los inmigrantes y sus descendientes”.

 

En este nuevo marco historiográfico han surgido infinidad de trabajos de investigación (algunos excelentes) tendientes a rescatar este momento de nuestra Historia y abriendo ese panorama multifacético al que nos hemos referido más arriba.

 

Pero el momento más gratificante en nuestro trabajo y que dio mayor credibilidad a nuestra tesis sobre el protagonismo en la Historia de todas y cada una de nuestras alumnas, fue la introducción de un tema que, al principio, fue tratado sin darle mayor importancia, solo como un aspecto de la conducta de los inmigrantes.

 

Se trataba de que todo individuo o familia reservaba una pequeña suma de dinero, ahorrada de los magros sueldos ganados con sacrificios, para enviarla, mensualmente, al viejo hogar, con la que ayudaban a la manutención de padres, hijos, familiares; o para ahorrar para la compra de un pasaje de llamada, lo que implicaba una esperanza de futuro mejor para  otro miembro de la familia.

 

Casi no había hogar en que este fenómeno no se repitiera, por lo que esas sumas (las remesas), una más otra, más otra…. hasta el infinito, implicaban no solo la transferencia masiva de dinero individual, sino que aportaron, en algunos casos, al desarrollo del país de origen( Polonia, Rusia, Turquía) y a la creación, para la recepción del dinero, de bancos nacionales, con su correspondiente circulación de capitales.

 

Las alumnas analizaron este fenómeno, que se da también en la actualidad con la misma intensidad en varios países( México, Perú, Estados Unidos, países del Cercano Oriente) con incredulidad al comienzo, asombro luego y, por fin, admiración.

 

Habían comprendido que ese padre o hermano, o alguna de ellas mismas o todas juntas, eran protagonistas de la Historia, pues habían ayudado a transformar la realidad de su familia, de su pueblo, de su país.

 

*Profesora de Historia social.

 

Bibliografía:

Torre, Juan Carlos, Nueva Historia argentina, tomo VIII, Sudamericana, Bs.As., 2002.

Romero, Luis Alberto, Breve Historia contemporánea de Argentina, Fondo de Cultura Económica, Bs. As. 1994.

Sánchez, Florencio, “M’Hijo el dotor”, Losada, Bs. As. 1998.