Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 41     (15-04-11)

Memoria, pluralismo y globalización

 “Algunos dicen que piensan cuando lo que hacen es reordenar sus prejuicios”, escribió William James.

Vivimos tiempos extraños (quizá todos lo fueron). La velocidad de los hechos y la reiteración de situaciones históricas en apariencia -y sólo en apariencia- similares, provoca errores de apreciación y reitera aquello de que la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia. El conocimiento de un pasado que sigue actuando sobre el presente, el pluralismo de ideas para evitar el ombliguismo y la vorágine de la globalización planetaria -sobre todo, en el campo de las comunicaciones- constituyen las tres patas de una mesa sobre la que resulta difícil apoyarse.

Ambiguos vectores que, al reunirse, pueden dejar de ser herramientas de comprensión y transformarse en un “triángulo de las Bermudas” conceptual, donde desaparecen para siempre las mejores intenciones y los supuestos saberes adquiridos.

Dilucidar el tiempo que se vive es uno de los temas clave de la filosofía contemporánea. El danés Soren Kierkegaard solía decir que el pequeño problema de la existencia es que debemos vivirla hacia delante, pero la entendemos hacia atrás. Se acepta que la inactualidad del pensar es el germen de su autonomía. Pero sucede que su exacto reverso es muy poco seductor: abandonar toda práctica a un presente irreflexivo. En esa sugestiva oscilación entre la falta del espacio neutral y la eterna incógnita sobre su veracidad radica el peligro (y el encanto) de intentar comprender el mundo de hoy.Imaginemos tres ejemplos arquetípicos para esta enredadera conceptual. 

Argentina entre peronista y gorilas 

Pervive en ciertas mentalidades una vieja rivalidad binaria que llega desde 1945, cuando un coronel con antecedentes fascistoides encabeza un movimiento popular que se impone -ante sorpresa y consternación de muchos- a un frente conformado por todas las otras fuerzas políticas. Apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, esta partición de la sociedad puede encontrar muchas explicaciones razonables.

Hoy, en 2011, amenaza un escenario similar: el kirchnerismo -la última versión que se reivindica peronista, sin olvidar por eso la grotesca traición del entonces mayoritario menemismo a su origen- enfrenta para las próximas elecciones de octubre un disperso conglomerado opositor, unido antes por el espanto ante la posible derrota que por coincidencias, sin poder articular un mínimo par de ideas originales o renovadoras para enfrentar lo que se viene. Sí, digámoslo de una vez: otra vetusta y absurda Unión Democrática.

Es posible distinguir aquí dos vertientes: la del salvajismo “gorila” inmisericorde y la de aquellos con antecedentes democráticos que remiten, convencidos, a características autoritarias del movimiento que enfrentaron hace más de medio siglo.

Recibo por razones casuales continuos correos electrónicos de la primera versión, que remiten al espantoso “viva el cáncer” de 1951 escrito en las paredes para celebrar la enfermedad de Eva Perón. Me cuesta comprender -salvo en términos patológicos- este odio visceral. A los peores insultos y groserías sobre el difunto Néstor Kirchner y sobre la actual presidenta, agregan una “originalidad” producto de la desesperación: el oficialismo beneficia a las mayorías -algo bastante innegable para cualquier persona sensata-, pero lo hace para así distraerlas y quitarles la libertad (sic). Un perfecto argumento para convencer idiotas.

La otra línea es aún más difícil de entender: excelentes personas de indudable convicción democrática no pueden superar la resistencia a un pasado que, más que enseñarles, los tiene atrapados. Los epítetos de “autoritarios” o “dictatoriales” no poseen el menor sustento en la realidad argentina actual -sin presos políticos, sin censura, sin represión, con el ochenta por ciento de los medios de comunicación en manos de los enemigos jurados del gobierno y realizando indisimuladas campañas por sus intereses- pero, sin embargo, siguen empeñados en hundirse en ese inexplicable dislate virtual de adjetivos, operaciones de prensa y contrasentidos.

Mucho más creíble resultaría, de cara a la sociedad, un discurso opositor que reivindicara las políticas correctas (desde el juicio a los genocidas hasta el rumbo económico y la redistribución del ingreso) y propusiera mantener estos logros y agregar lo que ellos consideran falencias: mayor control de la corrupción, participación en decisiones de estado, acumulación de poder político para hacer frente a mineras o sojeras multinacionales que depredan el territorio.

Pero no: creen mejor reiterar lugares comunes masticados durante décadas, como si todo se repitiera de idéntica manera. Y hacerse los tontos sobre el trabajo esclavo, los nietos apropiados o el origen de Papel Prensa. 

Israel y el siglo sionista. 

La relación de los judíos del mundo con el Estado de Israel atraviesa, también, un momento delicado. A la brutal y asimétrica versión de la mayoría de los medios de comunicación y organismos internacionales -colocando en los israelíes la totalidad de las culpas por el inacabable conflicto del Medio Oriente y excusando a terroristas y represivos regímenes del otro bando- debe agregarse, para entender el contexto, la memoria ampliada de las últimas décadas. Israel ya no es lo que era y esto tal vez corresponde a un desarrollo inevitable.

Idith Zertal, una destacada estudiosa israelí, señala en un libro recientemente publicado lo que denomina “el fin del siglo sionista: 1895-1995”. En el inicio, Theodor Herzl publica “El Estado Judío” y se sientan las bases del sionismo político laico, uno de los pocos (sino el único) movimiento de liberación triunfante en el siglo XX. La segunda fecha corresponde al asesinato del primer ministro Itzjak Rabin -un arquetipo del sabra israelí, portador de los valores originales del movimiento- a manos de un fanático fundamentalista, en medio del clima de terror y guerra civil creado por la extrema derecha religiosa y civil de su país. Extremismo que luego, en sucesivas elecciones y (tácitamente) ayudado por la acción de sus similares en el mundo árabe, modificó profundamente la política y el carácter del Estado judío.

Los kibutzim y el movimiento obrero -que fundaron y dirigieron el naciente Estado- fueron paulatinamente suplantados por elementos retrógrados, medievales y hasta racistas. Los últimos años -dice Zertal- muestran la dolorosa transformación de Israel: de refugio, hogar y patria del pueblo desplazado por el mundo, hacia un estado semiteocrático y colonizador, que se propone como templo y eterno altar, donde la “sacralidad de la tierra” (que Dios les habría prometido, según sus propios textos) reemplaza la sacralidad de la vida.

No se trata, entonces, de que todos son antisemitas. Hay procesos de cambios, profundos y singulares, que modifican la relación de fuerzas, pero también el carácter de los contendientes (aunque puede agregarse que, felizmente, un fuerte porcentaje de la población israelí resiste estas transformaciones y pugna por volver al sionismo laico original). Aceptar esta posibilidad ayudaría, también, a no quedar congelados en el complejo de “Masada” -como se lo llama en Israel-, que acaba de ser nuevamente puesto a la luz con la declaración de un alto jefe militar israelí, para quien “Dios está con nosotros y eso nos asegura la victoria” (sic). 

¿La ortodoxia como única respuesta? 

El tercer lado de esta figura, que une lo nacional con lo israelí y lo comunitario, se refiere al tema del pluralismo, de la unidad en la diversidad que, desde siempre, constituyó la piedra basal de la historia y la cosmovisión judías. Y que, sin duda, ayudó a su perpetuación a través de los siglos.

Las visiones unidimensionales que han tomado preponderancia en los últimos tiempos poco tienen que ver con esta tradición. Basta un repaso de la sabiduría contenida en los textos originarios -especialmente el Talmud, compuesto en los primeros siglos de nuestra era en sus dos versiones, babilónica y jerosolimitana- para acceder al punto de vista de los estudiosos de aquel entonces, preocupados por adecuar los libros sagrados y la ley oral de siglos a la vida cotidiana, mediante la discusión exhaustiva, metódica y hasta interminable, el respeto por todos los puntos de vista y las posibles variantes de una frase bíblica o una enunciación de preceptos. 

Cualquier página de esta obra monumental advierte, por su disposición gráfica, el sentido con el que está compuesto la obra (Mishná, Guemará, opiniones de rabinos famosos, cada uno de estos andariveles girando alrededor del otro para completarlo, entenderlo, debatirlo…). Resulta difícil explicar cómo, desde este origen amplio y democrático, pudo llegarse a la actual situación, donde un grupo religioso se arrogan la representación de la única y verdadera sabiduría judía, dejando de lado e incluso negando su condición a quienes no coincidan con sus ideas y forma de vida. Si a esto sumamos lo entrañable y decisivo que el propio Estado de Israel representa para todos los judíos del mundo, el pensar objetivo sobre estas cuestiones se dificulta.

¿Podrá hallarse en una perspectiva integradora -que tome nota de historia, tradición y mundo actual- el sendero que permita integrar los cambios de cada época y evite una compulsión a la repetición que no tiene destino? 

* Escritor, ex director de la editorial MILA