Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 40   (3-12-10)

 La Argentina lee desmesuradamente, inmensamente, ansiosamente, con la ansiedad  con que se lee  no bien se ha aprendido a leer[1] dice Alberto Gerchunoff, autor anacrónico, en los alrededores del Primer Centenario. Habla de un lector incipiente, atolondrado, voraz. Hoy, en tiempos de  Bicentenario, Ricardo Piglia[2], autor actual, habla del último, tan raro como notable.

Nada reúne a estos nombres, salvo la lectura misma. Pero esta mínima –rotunda– salvedad revierte la inquietante actualidad de uno sobre el supuesto anacronismo del otro para dar paso a un lector menos feliz, apenas afirmado entre la ansiedad y la rareza: ¿por qué leer hoy a Gerchunoff, nombre que muchos excluyen del placer de la lectura ociosa?[3]

Porque un país no deja de ser la trama de sus textos y lecturas. Y la obra de Gerchunoff, contra la que se mide todo un linaje literario argentino, enhebra en esa trama ineludibles dilemas nacionales. Inconclusos, perentorios.

Y no sólo por la impronta de una epopeya inmigratoria devenida carta literaria de ciudadanía, ni por espesor de una escritura que –aún si reducida por la Vulgata a Los gauchos judíos– dialoga con Darío y con Borges[4], con Arlt y con Lugones[5], dejando su huella en Filloy[6] y en Mujica Láinez[7]. Tampoco es sólo por  la rara perfección de una lengua burilada entre peones rurales y chamarileros[8]. Ni siquiera se trata solamente del enigma de una sensibilidad en perpetua combustión[9] que participa –con su voz o su silencio– de debates decisivos.

No. No sólo es por todo eso -que es tanto- sino también porque, como dice Borges[10], cuando volvemos sobre un libro que hace mucho no leemos, es como si leyéramos el tiempo transcurrido entre el día en que fue escrito y nosotros. Volver sobre el texto  es leer ese tiempo.

Pero –agrego– también es un modo de leer el nosotros que nos reúne en la lectura.  

El inquietante pronombre nos requiere también hoy, en tiempos que son de celebración y regocijo por los años transcurridos pero también de deliberación y exigencia histórica. En esta auspiciosa agitación bicentenaria, la lectura –del tiempo, pero también de nosotros mismos- es un modo de revisar nuestros lenguajes, aquellos que habrán de decir nuestro presente y modelar nuestro futuro. Una lectura por así decir, reflexiva, una lectura que deviene imprescindible práctica política.

Gerchunoff mismo, testigo de los nacionalismos de su propio tiempo, imaginó un particular Bicentenario, quizás como conjuro de ese “juicio eterno sobre los hebreos”  que vio con tristeza  trasplantarse a suelo argentino; un conjuro –digamos, un deseo- al que dio forma de día mítico en que los hijos de sus hijos habrían de oír, “en el segundo centenario de la República, el elogio de próceres hebreos, hecho después del católico Tedeum, bajo las bóvedas santas de la Catedral”[11].

Si bien juicio y deseo permanecen, contundentes, en nuestra historia y aunque la frase esperanzada de Gerchunoff resultara extrañamente ingenua hace cien años, hoy sin embargo, la sabemos sustancialmente cierta,  salvo quizás, alguna circunstancia, la ocasión, algunos nombres: No fue en Buenos Aires, sino en Luján, no fue en la Catedral, sino en la Basílica, donde esa frase devino oración, aunque no habló sólo de próceres -ni sólo de hebreos- ni fue dicha por un rabí venerable sino por un risueño rabino porteño que, evocando e invocando la memoria, reescribió con poética justica antiguas palabras argentinas: “al gran pueblo argentino shalóm”[12].

Pero también podemos decir que los deseos que animan esa frase increíble, fraguaron de un modo menos estentóreo precisamente en una casa de lecturas, la Biblioteca Nacional, la misma que hoy nos alberga en estas conversaciones y que, bajo la dirección del Dr. Horacio González,  no sólo reinstaló a Gerchunoff entre tantos autores decisivos para el turbulento drama nacional al incluirlo en la Colección “Los raros”[13], sino que -no sin espinosas deliberaciones- decidió cambiar el nombre de la Hemeroteca -que era el de un acérrimo cultor de aquel “juicio eterno”- por el de un autor que no vacila en decirse judío.

Así fue que el nombre de Martínez Zuviría -el Hugo Wast que pergeñó conspiraciones y alquimias de turbiamente judíos, el impulsor de “modestos pogróms” bibliotecarios[14] que excluían a investigadores como Boleslao Lewin de la Sala del Tesoro-, cedió su lugar al de Ezequiel Martínez Estrada, quien “en su situación de expatriado agobiado de achaques y nostalgias, merced a las revelaciones de Kafka”, se sentía ser, “por temperamento y destino, mucho más judío de lo que más o menos me barruntaba” [15].

Es el mismo indispensable autor que metaforizó aquellas indigencias intelectuales describiendo la Biblioteca como un recinto fantasmal donde el busto de Mariano Moreno -fundador de la precursora Biblioteca Pública y actual Biblioteca Nacional- se hallaba cabeza abajo[16].  Reubicarlo sobre sus pies no fue mera cuestión de orden, sino la modulación de una cavilación profunda que, sin eludir complejidades de la historia[17], convoca los pliegues más recónditos de una vida cultural que nunca es fácil.

No lo era en primer Centenario, tiempos de pugna por una lengua cuya custodia política y didáctica arraiga en el espíritu de la época, en la que la misma pluma oficia en la literatura y en las leyes anti–inmigratorias, propiciando la fundación de Filosofía y Letras (1896–98) para oponer la enseñanza de griego y latín  a la degradación de la lengua nacional.[18]. Tiempos en que el intelectual argentino –como Gerchunoff- se encontraba, al decir de David Viñas, entrampado en la perspectiva de la  alta burguesía liberal, trampa de la que había sólo dos salidas: irse o el suicidio.[19]

En la Argentina del Bicentenario, los herederos de quienes no hicieron ni lo uno ni lo otro no por eso están menos acosados por los extraños dilemas de un país donde aún se dice “aluvional” al pensar en una inmigración –la de entonces, la de ahora- que se considera una especie de condición hereditaria[20]:

En esta trama, la labor intelectual no puede soslayar el llamado a una lectura que no se conforme con los arquetipos consagrados ni se limite a la glosa de un autor que, como Gerchunoff, indaga, con medida mordacidad, en las políticas del idioma[21] ante pensamientos que zozobraban en jergas sobreactuadas de vacuidad y grandilocuencia[22].

Pero su decir no se limita a la ironía, sino que pretende denunciar un vicio moral, una “facundia de fogata” que rige un pensamiento “balanceado en las ancas de sapientes gerundios”. Sabemos que ese modo de la meditación argentina se extiende hasta nuestros días y que, aún hoy, entre la filosofía y el turismo, abreva más en un periodismo de letras de molde académicas que en las complejidades textuales que signan nuestra existencia. Pero ya entonces Gerchunoff ensaya una denuncia que, sin caer en el regodeo moral, se despliega en una estrategia intelectual donde nombres y vidas encarnan la historia y la escritura deviene praxis de combate.

Podemos encontrar esta estrategia en su gesto de confesar su debilidad por lo ridículo en un país siempre atento a lo risible del otro, del que se viste como los demás no se visten, del que profesa ideas que cuestionan las ideas comunes. Ante lo ridículo, Gerchunoff se ve embargado por la “vaga zozobra del que presiente un acontecimiento de significación recóndita”[23].

Conviene atender a ella hoy, precisamente hoy cuando las formas más oscuras del poder tradicional amenazan un devenir instituyente, sosteniendo que un saco arrugado, una corbata desprolija o un imprevisto malabar con el bastón de mando anulan la potencia y la originalidad  de una reflexión política que no se deja encerrar en las reglas del protocolo. Porque esta estrategia –mejor: posición ética- supone un modo de buscar una verdad sin afanes de mayúscula, atendiendo a sus formas más inadvertidas, aquellas que están en la acción que las personas estiman indispensable.

Hay en la escritura de Gerchunoff -cuya lectura podemos trasponer contra las grandes plumas rusas[24]  o contra los personajes desastrados de escritores ídish como Sholem Aleijem, Méndele Moijer Sforim e Y. L. Péretz-, la pista de una circunstancia propiamente argentina: la del desterrado que asediado por decires inevitablemente ajenos busca forjar un discurso propio. ¿Qué es sino un “gaucho judío”, tanto por lo judío como por lo gaucho?

No se trata de símbolos de pertenencia a una tierra o a una tradición, sino –como leemos en La vuelta de Juan Moreiraun objeto de expoliación y hostilidad; una figura trágica condenada al desamparo y a la rebelión inútil. Quizás en este cruce de gaucho con judío haya algo más que reliquia servil y arquetipo universitario, quizás sea un modo de hacer resonar, como se pueda, la voz de los vencidos, desplegando en ese cruce un motivo ciertamente argentino: el avatar de un sujeto frágil que acosado por la historia se obceca en seguir existiendo. Y encuentra en su fragilidad la fuente misma de su fortaleza.

Hay mucho en Gerchunoff que puede alimentar nuestra lectura reflexiva, pero estas líneas no aspiran a más que una mínima propuesta. Sin embargo, no pueden no albergar una pequeña anécdota porque también éstas hacen al poder iluminante de una escritura –judía por argentina, argentina por judía- que es esperanzado llamado a un lector que ni primero ni último, es siempre lector por venir.

A esa lectura encomendamos esta anécdota[25]:

Febrero, 1942: Kiev está en manos de los nazis. Stefan Zweig se ha suicidado. En Argentina, se prohíbe Campo minado, libro de Adolfo Lanús. Gerchunoff es invitado a disertar en un almuerzo por la creación de la Cámara del Libro. Preside la reunión precisamente el ministro que ha decretado esa prohibición.

Encantado de conocerle, Sr. Ministro -dice Gerchunoff al tomar la palabra- ahora es para mí una felicidad vernos aquí reunidos como en familia a todos los que tenemos algo que ver con el libro argentino. Aquí estamos los escritores –dice, señalando a los representantes de la Sade-, los que lo editan –señala a D. Urgaiti, de Sudamericana-, los que lo imprimen –señala a los dueños de la Imprenta López- y, por último, tenemos a quienes los prohíben. Y, haciendo una reverencia, repite su encantado de conocerle.

¿Cómo no leer  los ecos de esta historia cuando intentamos buscar las palabras de nuestras circunstancias en este Bicentenario? ¿Cómo desoír los tonos que atraviesan nuestras voces cuando hoy queremos –si es que queremos- decir nosotros?

*Escritora, psicoanalista

 

[1] Alabanza del buen tesoro, suplemento de  La Nación, 21–9–1928.

[2] Piglia, Ricardo – El último lector, Anagrama, Mayo 2005.

[3] Sneh Perla, Estudio preliminar en Los gauchos judíos / El hombre que habló en la Sorbona, Colección “Los raros”, B.Nac./Colihue, Bs. As.,

[4] Quien prologa su Retorno a Don Quijote.

[5] Mizraje, M.G.: Por una república sin cosacos, en Mitzvá, Revista del Hogar Israelita Argentino de ancianos, Bs. As., Agosto, 2000 / Elul,     5760. 

 

[6] Gerchunoff, sobre todo –dice Filloy–  fue un gran maestro mío

 

[7] Enviado extraordinario ­y arbitrario del verbo, lo llama Mujica Láinez en una improvisada cuarteta. Cfr. Requeni, Antonio Poetas en el periodismo, Discurso de incorporación como Miembro de número en la Academia Nacional de Periodismo, 20 de mayo, 2004.

 

[8] Requeni, Antonio, Compromiso con la libertad, La Nación, Bs. As., 2000.

[9] Bernardo Ezequiel Korenblit, Gerchunoff o el vellocino de la literatura, Academia Nacional de Periodismo, Bs. As.,  2003.

[10] Borges, oral (1979), Emecé, Buenos Aires, 1979.

 

[11] Cfr. Los gauchos judíos, op. cit.

[12] Daniel Goldman, Oración para Tedéum Bicentenario, en Página/12, Bs. As. 26/5/2010.

[13] Los raros: colección editada por la actual gestión de Biblioteca Nacional para rescatar los textos fundamentales del pensamiento argentino y ponerlos al alcance de las nuevas generaciones.

[14] Nombre borgiano que le da Horacio González en Política de nombres, texto leído en ocasión del cambio de nombre mencionado, publicado en Página/12, 29/4/2010.

[15] Martínez Estrada, Ezequiel: En torno a Kafka y otros ensayos, Seix Barral, Barcelona, 1966.

 

[16] E. Martínez Estrada, La cabeza de Goliat, Emecé Editores S.A., Buenos Aires / 1946.

 

[17] H. González, op. cit.

 

[18] En los años 1896–8 Miguel Cané, autor de Juvenilia,  teórico y redactor de  la Ley de Residencia (instrumento para la expulsión de extranjeros indeseables), fue activo partícipe de la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras. Cfr. David Viñas, Señoritismo y literatura, Pasaje de la charla ofrecida en el Taller Molina y Vedia de la Facultad de Arquitectura y urbanismo, en 1985. El ojo mocho, N° 6, Bs. As., Invierno de 1995.

 

[19] Viñas, David Gerchunoff, gauchos judíos y xenofobia, en Literatura argentina y realidad política, C.E.A.L., Bs. As, 1982.

 

[20] “Tercera generación de inmigrantes”, suele decirse comunmente.

[21] El problema de la nacionalidad y la política del idioma (Argentina, país de advenimiento), en Alberto Gerchunoff – judío y argentino, op. cit.

[22] El hombre que habló en la Sorbona, en el volumen del mismo nombre que incluye, amén del ensayo que da título al volumen dos textos claves: Elogio de las personas ridículas y La vuelta de Juan Moreira. Ver tb. Ver los ensayos El hombre importante  

[23] Elogio de las personas ridículas, en El hombre que habló en la Sorbona, Ediciones M. Gleizer, Bs. As., 1926.

[24] Como bien dice Laura Estrin en el "Una voluntad de provincia”, capítulo sobre Alberto Gerchunoff,  de Literatura argentina Siglo XX, Dir. D. Viñas,  tomo del Centenario (Coord. Ma. G. García Cedro), Paradiso, e/p, 2010.

 

[25] La tomamos del texto de B. E. Korenblit antes citado.