Categoría: Cultura

Fuente: Revista Convergencia N° 35

 No es nada más que una india mapuche esperando en su choza a su compañero. Está desesperada, ya ha pasado casi un mes y el Ceferino no ha aparecido y mientras sus cuatro hijos lloran de frío y hambre, mientras ella lo hace, muerta de miedo. Sin embargo no es la primera vez que se ha quedado sola, pero ahora, mirando el camino, tiene el horrible presentimiento de que él ya no volverá. Lo peor de todo es que no sabe a quien recurrir, encerrada en su choza con los hijos, saliendo sólo para cuidar a sus pocos animales, sin siquiera hablar con su vecina, tan pobre y desgraciada como ella, a la que la une el laconismo de la raza.

Después de pasar unos días insoportables, decide cargar a su hijo recién nacido, sobre la espalda, dirigiéndose al pueblo, donde quizás, alguien pueda ayudarla. Camina, seguida, por los más grandes y el perro que no se despega de ellos, sin importarle el frío que hace, los charcos que la helada ha dejado en el camino, el hambre que siente royendo su panza ya que lo poco de pan que ha quedado, lo había repartido entre los hijos.

No se detiene, aunque se siente desfallecer y después de dos horas, llega al pueblo, extenuada, sentándose en el banco de la plaza, frente a la Iglesia en la que hizo bautizar a los chicos.

-¡Tal vez el cura me ayude!, se dice a si misma. “Él sabe que soy una buena cristiana” como aquella vez que habló con el Ceferino para que no le pegara tanto, sin que el hombre le hiciera caso, sobre todo cuando chupa demasiado y vuelve rabioso de la cantina.

María espera que amanezca y entonces se levanta y entra en la Iglesia, dejando a los chicos más grandes jugando, buscando al cura y algo de calor, que la ayuden a seguir aguantando el frío de la madrugada.

Don Martín, el cura no es un mal tipo, pero está harto de tener que convivir con esa gente de medio pelo, trasladado a ese lugar ignoto de la Argentina, sermoneando al jefe de familia, culpable de vivir borracho, que mata a golpes a su compañera y hasta sospechado de violar cuanta chinita, se le cruza en el camino. Y eso no es lo peor, no se resigna a tener que asistir, a esos indios zarrapastrosos, sus mujeres y a tantos chicos, muertos de hambre como ellos.

Al principio cuando llegó, trajo la esperanza de impartirles además del catecismo algunas normas de vida civilizada, hasta que después de un tiempo, entendió que nada podía hacer frente al hambre, la suciedad, las enfermedades, que los gobiernos de turno no solucionaban y entonces decidió optar por la indiferencia, maldiciendo todos los días que el destino lo hubiera confinado a ese lugar, poblado en su mayor parte, por ovejas.

¡Cuántas veces le gustaría increpar a ese Dios que él venera, haciéndolo responsable de su destino! Pero no lo hace, prefiriendo recordar con ternura, la aldea gallega de su infancia, omitiendo su orfandad, olvidando al padre que una vez viudo, regaló a sus hijos a los parientes más cercanos. A él en la repartija le tocó su tío Pedro, que lo crió, castigándolo duramente, hasta que se cansó y desprendiéndose de él lo encerró en el Asilo de Huérfanos, regenteado por las monjas más crueles del mundo, convirtiéndolo en una criatura rebelde e irascible, imposible de dominar.

A esa altura de los recuerdos, se acuerda de aquel chico de 10 años, que enfrentaba a esas brujas, robando comida de la cocina y descargando su furia sobre cualquier compañero que se atrevía a contradecir una orden suya, llegando con el tiempo, a convertirse en un líder odiado y temido por los otros que terminaban por obedecer sin oponer la menor resistencia.

Frente a su rebeldía, las monjas aumentaban los castigos, encerrándolo en una celda sin luz, como si fuera una fiera salvaje, sin que pudiera comunicarse con nadie por mucho tiempo. Un día, debilitado por tantas horas de ayuno, se sintió morir y decidiendo no continuar viviendo, esa vida desgraciada, peor que un perro apaleado, se clavó un tenedor en una pierna por lo que debieron trasladarlo a la enfermería del Asilo, donde casi la pierde, debido a la gran infección, provocada por la falta de atención médica.

Allí tuvo la suerte de conocer a Don Pedro, el cura que los visitaba, que apiadándose de él y queriendo reformarlo, lo llevó a su Iglesia, haciéndolo su monaguillo, ayudándolo, con el tiempo, a ingresar al Seminario y a pesar de no tener demasiada vocación, terminó haciéndose cura, entendiendo que gracias a esa profesión, podría escaparse de la miseria y la inseguridad.

¿Y todo para qué? Si iba a finalizar sus días en ese lugar helado y miserable de la Patagonia, en el que nadie lo quería, sintiéndose despreciado por esos rastacueros, que engañaban a sus mujeres con las de sus compañeros, una casta que por sus galones, se sentían superiores a los colegas de menor grado, haciendo una vida sedentaria y terriblemente aburrida, hasta que un día ¡Gracias al Cielo! llegó el momento, en que tuvieron su gran oportunidad, sofocando la huelga de los peones esquiladores de ovejas, en la que finalmente pudieron entrar en acción, fusilando a los insurrectos.

Más de una vez se había sentido rechazado, cuando los milicos no lo invitaban a sus reuniones y mucho menos a las francachelas de los jefes y sus alcahuetes, en las que corría el vino y la presencia de las putas del lugar En cambio, para su desgracia se acercaban a él, esos indios sucios o sus mujeres, buscando consejo y comida para su prole, siempre tan numerosa, a quienes despreciaba.

Esa mañana, recorriendo uno de los pasillos de la Iglesia, reconoció en ese bulto negro, acurrucado a María, la indiecita que casi se muere, en su último parto y que gracias a su ayuda, secundando a la vieja que la estaba atendiendo, pudo salvar. No tenía ganas de escuchar sus quejas y lamentaciones, así que tratando de evitarla, apresuró el paso, pero debió detenerse, cuando escuchó una voz casi inhumana, como el quejido de un animal herido, rogando:

-Padrecito, ayúdeme ¡por favor!

¡Pobre mujer!, pensó, unida a ese negro borracho, estúpido, mezclado con esos gringos rebeldes, anarquistas gallegos y tanos, metidos en esa huelga contra los patrones, dueños de enormes extensiones de campos e innumerables ovejas, viviendo la mayor parte en Londres y viajando a ese lejano lugar sudamericano, para recibir las enormes ganancias que sus estancias producían, gracias al trabajo de esos pobres desgraciados, comandados por un capataz, tan pobre e indígena como ellos, que creyéndose superior, por su lugar de mando, cumplía las órdenes, con total ensañamiento, haciéndolos morir de hambre, obligándoles a dormir en el suelo y pagándoles salarios miserables con los que apenas podían sobrevivir, cuidando a esas ovejas, que tenían una vida mejor que la de ellos.

La india, continuó suplicando:

-Padre, ¿no sabe dónde puede estar el Ceferino? -Hace más de un mes que se ha ido para la esquila y todavía no ha vuelto, no sé que pudo haber pasado…

-¿Fuiste hasta la cantina? Puede ser que después de haber terminado su trabajo, se fue hasta allí y se pego una mamúa tan fuerte que esté tirado sobre una mesa o jugando una partida de naipes o de taba, dejando los pocos pesos que ganó trabajando…

-No, no fui todavía, pero mi hombre no hace nunca nada así, cuando vuelve de la esquila, pasa por la cantina y chupa hasta emborracharse, para después volver a la choza, tirarse en el catre y dormir.

El Cura hubiera querido terminar el diálogo, porque como casi todo el pueblo, conocía la respuesta. Ceferino no volvería más, estaba muerto, enterrado en la tumba sin nombre, que él mismo había cavado, como pasó con tantos rebeldes, mezclados en esa huelga inútil.

Sin embargo, no sentía ninguna lástima. Ellos se lo habían buscado, porque a quién se le podía ocurrir pedir mejores salarios y una vida decente, por lo menos igual a la de las ovejas que tenían que cuidar. Si siempre había sido así, ¿o es que acaso conocían una existencia mejor que la de sus padres o hermanos? Además ¿quién les había mandado a escuchar a esos gallegos revolucionarios, incitándolos a cambiar? Nadie, nadie más que ellos mismos. ¿Cómo no se dieron cuenta que no podían hacer nada contra los milicos y sus armas?¡Y claro los imbéciles habían creído las promesas hechas para que finalizaran la huelga, cayendo como chorlitos, porque toda la cuestión fue dirimida a culatazos y ejecuciones relámpago sin juicio previo!

María lo mira y él no sabe que contestarle y entonces zafando como hace siempre cuando quiere dar por terminada una situación que lo perturba dice:

-Quedate tranquila, ya volverá, andate a tu casa y reza para que el Ceferino regrese y vas a ver que cualquiera de estas mañanas aparece de nuevo y no ha pasado nada…

La indiecita lo escucha como si estuviera paralizada, preguntándose ¿adónde va a ir?, ¿qué le va a dar de comer a sus hijos?, cuando de pronto el llanto de su hijito la despierta y entonces sacándose la teta, comienza a alimentarlo.

Sale a la calle y llamando a sus hijos, emprende el largo camino hasta la choza, ilusionada pensando que a lo mejor el Ceferino ha vuelto y la está esperando. Hace mucho frío y antes de seguir, se detiene frente a la casa de la Rosa, buscando algo de calor y comida. Golpea la puerta del rancho y el Robustiano, compañero de su hombre sale a recibirla y reconociéndola, a pesar de estar muy borracho, pregunta:

-¿Qué hace por acá, María?

-Y aquí estoy esperando al Ceferino. ¿Usted no sabe nada? ¿Estuvo trabajando en la esquila con usted?

Robustiano ni le contesta, no quiere decirle que lo vio tirado, fusilado como si fuera un perro. Tampoco quiere contarle, que él se había salvado de pura casualidad, cuando pudo esconderse, detrás de un arbusto, gracias a que el soldado que estaba apuntándolos, estaba tan ebrio que cuando le tocó a él erró en el tiro, Viéndola tan miserable, no puede dejar de sentir lástima, pero ¿qué puede hacer?, si es tan pobre como ella y entonces decide terminar la charla, metiéndose en el rancho, diciéndole antes:

-¡Ya va a llegar! ¡Vuelva a su casa pronto! ¡Se ve que está por nevar, mejor que corra antes que la tormenta los agarre!

Y otra vez se arrastra por el camino, más débil y cansada que esa mañana, mientras los chicos, corriendo, delante de ella, siguen jugando, acompañados por el perro.

*Escritora, autora de “Mujeres en la literatura y la vida judeoargentina”. Ed. Milá