Categoría: Cultura

Fuente: Revista CONVERGENCIA Nº 34 Julio

{mosimage}La primera gran guerra de liberación que conoció la humanidad a nivel continental, fue la gran gesta emancipadora de las dos primeras décadas del siglo XIX en Hispanoamérica. Se conformaron Juntas revolucionarias en las principales ciudades del subcontinente, con el objetivo de recuperar la soberanía y declarar la independencia. Inmediatamente hubo que sostener tales decisiones con el peso de las armas de un ejército popular que se iba conformando en las distintas regiones para enfrentar las reacciones de los realistas ibéricos y las posibles represalias de la Santa Alianza europea.

Los más preclaros revolucionarios necesitaban darle forma legal a las declaraciones de independencias, para que sus ejércitos fueran fuerzas beligerantes reconocidas como brazos armados de pueblos que se estaban constituyendo en repúblicas, y no como bandidajes rebeldes de las soliviantadas provincias de Caracas, Santa Fe de Bogotá, Lima, Quito, Buenos Aires, Charcas y La Habana, tal como las caracterizaba un informe del Consejo de Indias aparecido a principios de 1811.

EL Congreso de Tucumán

El Congreso fue, de alguna manera, la continuación de la voluntad de los patriotas que surgieran a la lucha frontal en mayo de 1810 en Buenos Aires y en el resto del ex virreinato. En el desgaste lógico producido durante los años de lucha contra el enemigo colonialista y la contrarrevolución, durante el cual las dos cabezas más lúcidas de la revolución en este sur –Mariano Moreno y Bernardo Monteagudo– habían sido desplazadas de la conducción del proceso, la única garantía que quedaba en pie para seguir soñando con el triunfo en esa guerra de liberación, era el ejército americanista que San Martín estaba conformando en Cuyo bajo la concepción de “pueblo en armas” y de “ejército de liberación americano”. Esta fue una fuerza determinante para que la anhelada declaración de Independencia se concretara. El Libertador del sur tenía garantizados cuatro diputados en el Congreso y no confiaba en la actitud de muchos del resto. Apenas instalado el Congreso, en carta a su operador Godoy Cruz, le decía: ¿Hasta cuándo esperamos para declarar nuestra independencia? Es ridículo acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y, por último, hacer la guerra al Soberano, de quien se dice dependemos y permanecer a pupilo de los enemigos. ¿Qué más tenemos que decir? Con este paso, el Estado ganará un cincuenta por ciento; y si tiene riesgos, para los hombres de coraje se han hecho las empresas.

 Situación continental e internacional

San Martín necesitaba imperiosamente esa declaración de independencia para sostener, no sólo a su ejército en formación, sino a la guerra de guerrillas que se desplegaba en el norte. Por otro lado, derrotados los patriotas de la Sociedad Patriótica y la Logia en Buenos Aires, había quedado abierto el camino para terminar de destruir el espíritu revolucionario de mayo de 1810. Al mismo tiempo el azote de la guerra civil comenzaba a hacer peligrar la guerra continental que ya se desplegaba incontenible. En los otros escenarios de esa guerra había sido fusilado el cura guerrillero Morelos en México –ya había sido derrotado y también fusilado su antecesor Hidalgo-; Rondeau derrotado en el Alto Perú y crecía la amenaza de la invasión portuguesa en la Banda Oriental.

En España Fernando VII estaba repuesto en su trono tras la derrota de Napoleón y tomaban fuerza las monarquías post napoleónicas en Europa. En la península se preparaba un ejército punitivo con el objetivo de venir a aplastar al movimiento emancipatorio.

San Martín necesitaba institucionalizar la independencia, llevarla luego al resto de Sudamérica, completando el cerco de pinzas que, junto a los ejércitos de Simón Bolívar, el otro Libertador, serviría para derrotar definitivamente a los realistas.

 Composición del Congreso

Sólo seis provincias del ex virreinato estuvieron representadas en el Congreso de Tucumán, incluidos los delegados altoperuanos de la región que más tarde conformaría la República de Bolivia, aunque de La Paz, Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra y Potosí no pudieron llegar sus representantes por haber sido esos territorios reconquistados por los realistas. Tampoco asistieron delegados de la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe, por estar en guerra civil con el gobierno central.

 Más allá de las diferencias conocidas en torno a la forma que debería adoptar el futuro gobierno, entre los que respondían a San Martín y aquellos que junto a Belgrano propiciaban la adopción de una monarquía incaica, de tipo constitucional a la inglesa, enfilada a ganar a las masas indígenas, se enfrentaban allí las posturas de los miembros de la Logia reorganizada por San Martín en Cuyo contra las del grupo de los fuertes ganaderos, saladeristas y comerciantes de Buenos Aires, incluido un grupo de católicos reaccionarios –los denominados ‘apostólicos’-, aferrados a mantener la hegemonía porteña y sus propios privilegios por sobre el resto.

Finalmente ayudó a que el Congreso se definiera en el sentido de declarar la independencia y la designación de Pueyrredón como nuevo gobernante en Buenos Aires –cuestiones con las que se lograba la unidad necesaria en ese momento-, la presencia de las tropas de Cuyo y del Norte y de las masas indias sublevadas en la guerra de guerrillas, fuerzas todas que presionaron sobre los diputados.

 Declaración de la Independencia

El documento que se puso a consideración de los congresales ese 9 de julio, y que fue aprobado por aclamación, preguntaba: ¿Si querían que las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los Reyes de España y su metrópoli?  Medrano propone en sesión secreta diez días después, y se acepta, agregar el propósito de ser libres también de toda otra dominación extranjera. Este agregado era importante teniendo en cuenta las siempre latentes pretensiones inglesas y de otras potencias europeas sobre nuestro continente.

La Declaración de la Independencia se imprimió en castellano, quechua y aymara.

Téngase en cuenta que en el Acta de declaración figura: Nos, los Representantes de las Provincias Unidas en Sudamérica, reunidos en Congreso General..., lo cual abarcaba la voluntad de todas las regiones del anterior virreinato. Esta concepción, acorde con la visión sanmartiniana y bolivariana de luchar por la libertad de toda América y su posterior institucionalidad, fue más adelante tergiversada por el poder porteño que instaló el concepto de “Provincias Unidas del Río de la Plata”. Bartolomé Mitre en su “Historia de Belgrano” menciona: “El virreinato del Río de la Plata, dentro de cuyas fronteras se dilató la revolución argentina... Tal fue el bosquejo del país argentino dentro del cual debía operarse su revolución interna”.(1) Y justifica lo que quedó afuera de esta revolución, como los casos del Paraguay: “miembro atrofiado de la sociabilidad argentina”, las Provincias del Alto Perú: “era un mundo aparte”, la Banda Oriental: “patrimonio de multitudes desagregadas, emancipadas de toda ley...”.(2) Señala Astesano al respecto: “Ese cambio de rumbo independentista, terminó en una fragmentación de seis patrias chicas (Chile, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina). La localista burguesía portuaria, armonizando sus ideas republicanas o monárquicas, armó a sus ejércitos para imponer su hegemonía minorizante, haciendo valer su derecho tradicional de capital del antiguo Virreinato del Río de la Plata, que le había dado el disfrute del Puerto y la Aduana, mecanismos del control de un desarrollo capitalista apoyado en el tráfico portuario”(3)

De todas maneras, el 9 de julio de 1816 se logró en Tucumán lo que Monteagudo y demás miembros de la Logia no habían podido imponer en la Asamblea del año XIII, o sea la voluntad unánime e indubitable de estas provincias de romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli.

 Hacia la segunda y definitiva independencia

Aquellas ideas de una América del Sur libre e independiente y además unificada con cierta institucionalidad, como lo intentó Simón Bolívar con su Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826, fueron postergadas por diversas razones, principalmente por los propios intereses de las oligarquías nacientes en cada joven república y por el accionar de los neo colonialismos de turno. El caso más patente fue la creación del Panamericanismo, que más que una institucionalidad unificadora fue un Ministerio de Colonias de los EE.UU.

Hoy, a la luz de las experiencias de cambios que protagonizan gobiernos como los de Venezuela, Ecuador, Bolivia, sumado a los nuevos caminos que comienzan a transitar otros gobiernos democráticos -que posibilitaron entre otras cuestiones derrotar el ALCA-, a intentos como el del ALBA, los proyectos Banco del Sur, Petrosur, al rol que jugó UNASUR en defensa de la democracia boliviana o en contra de la agresión de Colombia a Ecuador en el bombardeo de Angostura, muestran que aquellos sueños de los patriotas que lucharon por la primera independencia comienzan a materializarse en nuevas condiciones.

Las generaciones de este siglo XXI podrán pues avizorar más cercano el horizonte de nuestra segunda y definitiva independencia.

 (1) Bartolomé Mitre. Historia de Belgrano (III). Editorial Estrada. Buenos Aires, 1947, pág. 38.

(2)  Ibidem.

(3) Eduardo Astesano. Juan Bautista de América. El Rey Inca de Manuel Belgrano. Ediciones Castañeda. Buenos Aires, 1979, pág. 176

 *Escritor, periodista,. Director Adjunto del Centro Cultural de la Cooperación