Categoría: Cultura

Fuente: Revista  CONVERGENCIA Nº34 Julio

{mosimage}Vasto tema el del gaucho, que recorre nuestra literatura desde las afirmaciones perentorias e incontestables de su omnipresencia hasta la boutade de Macedonio Fernández según la cual el personaje en cuestión no sería más que “un invento de los poetas para entretener a los caballos de las estancias”. Sin embargo, como tantos otros mitos argentinos, éste tiene aún poder emblemático y movilizador: se ha visto claramente durante el último conflicto “del campo” y, por su peso regresivo, inactual (y por guardar tan discutida semejanza con los caballeros de la Mesa de Enlace), merecería ser desentrañado, analizado.

 Por otra parte, la historia del país se ha encargado de desdibujar la figura: si bien es cierto que la palabra gaucho consta en dos comunicados del Libertador José de San Martín cuando se refiere a las fuerzas bajo su mando, también lo es que la Gaceta oficial la tradujo por “patriotas campesinos”, atestiguando desde los inicios de la vida nacional independiente la resistencia de las élites gobernantes para admitir un vocablo de connotaciones bárbaras, o quizás la prevención ante las acechanzas de la rebeldía.

Es plausible pensar que, antes de promediar el siglo, y a juzgar por el tratamiento que el rosismo dio a la peonada, entre unitarios y federales se lanzaran el término como crítica metafórica, bastante suave de todos modos a tenor de otras caricias de la época. El hecho es que, a mediados de los ’80, Vicente Fidel López en su Historia de la República Argentina  adujo que “no existe ya: es hoy para nosotros una Leyenda de ahora setenta años”.
Con tales instrumentos, no es raro que las letras se hayan sentido más libres para describirlo. Más libres y más contradictorias. El resero que, para Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes (1926), es honestísimo, dócil, hábil y trabajador, sin abandonar esos méritos, recorta en El inglés de los güesos, de Benito Lynch (1924) otras características, como las de ser primitivo, taimado o vulgar, y si en Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff (1910), por explicables y explicadas tendencias del autor a la integración, reviste nobleza y valentía, generosidad y hospitalidad, en los cuentos de Fray Mocho, de tiempo antes, el campesino, mudado al Litoral, adonde su innato nomadismo lo ha llevado, puede transformarse en gente de avería, cuatrero y contrabandista, y hasta prescindir de su mitad inseparable, ya que “En las islas se puede vivir sin rancho, sin ropas, sin armas y sin familias, pero no sin la canoa, que es la casa y el caballo”(1).

A veces, las razones de la diferencia aparecen claramente enunciadas, como en esa límpida página donde Lucio V. Mansilla compara a dos gauchos de su conocimiento: Chañilao, ahora baquiano de los indios, y Camilo Arias, quien para el autor es “un paisano gaucho, pero no es un gaucho”, porque, precisa, “Son dos tipos diferentes. Paisano gaucho es el que tiene hogar, paradero fijo, hábitos de trabajo, respeto por la autoridad, de cuyo lado estará siempre, aun contra su sentir”. En cambio, “El gaucho neto, es el criollo errante, que hoy está aquí, mañana allá; jugador, pendenciero, enemigo de toda disciplina; que huye del servicio cuando le toca, que se refugia entre los indios si da una puñalada, o gana la montonera si ésta asoma” (Una excursión a los indios ranqueles, 1870).

La vida, pues, parece haber ido confundiéndose con la literatura, tanto como para que ciertos personajes reales se hicieran literarios, y ciertos literarios adornaran la realidad de sobremesas, fiestas, carnavales, reuniones en clubes y círculos criollos. Puede suponerse, empero, que de los primeros poetas criollos, de Juan Moreira, de muchas y definitivas páginas del Martín Fierro, y de personajes ya algo caricaturizados, como Hormiga Negra, o varias veces recompuestos como Santos Vega, surgía una clase de hombres perseguidos, manoseados por la autoridad, golpeados por la injusticia o por la adversidad, y a quienes esas situaciones llevaron a la rebeldía, a la deserción de los ejércitos o al enfrentamiento de las instituciones y de sus postulados más elementales. Hombres en quienes las huellas del pasado, vividas como estigmas, mantenían frescas y aún permeables las pieles a las afirmaciones de Ezequiel Martínez Estrada, quien, definiendo al hijo de la Conquista en nuestras tierras, escribió: “El padre pertenecía a los invasores, se iría; la madre a los vencidos, moriría; pero él era el pueblo que iba a quedar” (2).

A Jorge Luis Borges esa existencia se le presenta tempranamente, y parece revestir en su relato una condición que siempre lo acompaña: la de asemejarse a un cuento, micro narración entre la vida y el sueño. Confesaba, ya adulto, lo que fue para él conocer la pampa y los gauchos: “Cuando supe que esta distancia sin término era la pampa y que los hombres que la trabajaban eran gauchos, como los personajes de Eduardo Gutiérrez, ellos me parecieron decorados por un cierto prestigio. Siempre fue así para mí: durante toda mi vida llegué a las cosas después de haberlas transitado en los libros”.
Desde que lo leyera e imaginara, el personaje ejerció particular fascinación sobre él. ¿Qué transformaciones sufrió el mito en sus manos? ¿Qué hizo su literatura con toda la anterior? En primer lugar, y sobre la figura histórica, sobre “el jinete, el hombre que ve la tierra desde el caballo y que lo gobierna”, escribió líneas respetuosas y admirativas, y en su poema “Los gauchos” (Elogio de la sombra), sentó ideas que, con pocas variantes, seguiría sosteniendo: “Eran sufridos, castos y pobres” /.../ “Morían y mataban con inocencia” /.../ “No dieron a la historia un solo caudillo”.

Pero es sobre todo con la literatura gauchesca (es decir, con la mitología) con la que Borges siente que hay que arreglar algunas cuentas. Esa literatura hecha, según él, por hombres de la ciudad, donde “les fabricaron un dialecto y una poesía de metáforas rústicas” (“Los gauchos”). Así por ejemplo: “La vigilia y los sueños de Buenos Aires producen lentamente el doble mito de la Pampa y del gaucho” (3). O bien: “Nuestra literatura gauchesca –acaso el género más original de este continente- siempre se elaboró en Buenos Aires. Salvo el coronel Ascasubi /…/ todos sus cultores fueron porteños, desde Estanislao del Campo a Eduardo Gutiérrez, desde el autor de El gaucho Martín Fierro al de Don Segundo Sombra.” (4).
También entiende que esa literatura ha ido creando arquetipos inexistentes, moldeados a voluntad para sustentar determinadas teorías, dañinos para la formación de una conciencia nacional progresista, digna y civilizada. La oposición que establece y que mantendrá en numerosas oportunidades será paradigmática. Luego de enumerar el libro clásico de cada país y cultura, escribirá: “En lo que se refiere a nosotros, pienso que nuestra historia sería otra, y sería mejor, si hubiéramos elegido, a partir de este siglo, el Facundo y no el Martín Fierro” (5). Y también: “No diré que el Facundo es el primer libro argentino; las afirmaciones categóricas no son caminos de convicción sino de polémica. Diré que si lo hubiéramos canonizado como nuestro libro ejemplar, otra sería nuestra historia y mejor” (6).

La culpa, como siempre, será del reaccionario Leopoldo Lugones. En efecto, cuanta afirmación del poeta cordobés encuentra sobre este tema, es desautorizada de inmediato, y muy especialmente el hecho de haber iniciado en El payador el culto de la obra de Hernández, el que “abultado luego por Rojas, nos ha inducido a la singular confusión de los conceptos de matrero y de gaucho” (7). Idea que, insistente y duramente, enunciará otras veces: “El Martín Fierro es un libro muy bien escrito y muy mal leído. Hernández lo escribió para mostrar que el Ministerio de Guerra /.../ hacía del gaucho un desertor y un traidor; Lugones exaltó ese desventurado a paladín y lo propuso como arquetipo. Ahora padecemos las consecuencias” (8).

Habiéndose instaurado el culto del gaucho en fechas y con propósitos precisos, juzga Borges que esa voluntaria adscripción es equivocada, arbitraria, y que consolida defectos largamente criticados, al convertir en esencial y de todos lo que a lo sumo era sectorial, de una reducida y geográficamente limitada cantidad de pobladores.
Pero esta operación de rescate y entronización le permite demostrar a su vez algo que le interesa, y hasta podríamos decir que le fascina: la preeminencia de lo literario, de lo mítico, en la conformación de la conciencia nacional de un pueblo.

*Escritor. Docente universitario (Profesor Extraordinario en la categoría de Consulto, Universidad Nacional de La Plata).

Notas
 (1) Fray Mocho, Tierra de matreros, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1952, p. 25.
 (2) Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la pampa, Buenos Aires, Editorial Losada, 1946 -3era. ed.-, Tomo I, p. 34.
 (3) “Temas y destino de Buenos Aires”, en Páginas de Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Celtia, 1982, p. 133.
(4) “Los escritores argentinos y Buenos Aires” -Ensayo fechado el 12 de Febrero de 1937-, en: Textos cautivos, en Obras Completas, Buenos Aires, Ed. Emecé, Barcelona, 1996, Tomo IV, p. 256).
 (5) Jorge Luis Borges, El matrero, Buenos Aires, Edicom S.A., 1970.
 (6) “Prólogo”, en Domingo F. Sarmiento, Facundo, Buenos Aires, Librería “El Ateneo” Editorial -Libros Fundamentales Comentados- 1974. Buenos Aires, Santiago Rueda Editor, 1968.
(7)  Jorge  Luis Borges, El Matrero, ob. cit., ed. cit..

(8) Jorge Luis Borges, Prólogo a: José Hernández, Martín Fierro, Buenos Aires, Santiago Rueda Editor, 1968.