Categoría: Conmemoraciones

Fuente: Revista Zoom   (1-02-2019)

El ciudadano alemán Karl Höcker tuvo una larga vida y un funeral discreto. Había fallecido el 30 de enero de 2000 en la pequeña ciudad de Preussisch Oldendorf, en Renania del Norte-Westfalia, a escasa distancia del lugar de su nacimiento, 89 años antes, cuando dicha urbe aún se llamaba Engershausen. Esposo diligente, con dos vástagos ya sesentones y seis nietos que, a su vez, lo hicieron bisabuelo, aquel hombre ya frágil y quebradizo, luego de jubilarse como cajero del banco regional de Lübbecke, supo mitigar las horas muertas de la vejez repartido entre su colección de estampillas y la jardinería.

Cuando fue enterrado en el cementerio local, su vida durante la última gran guerra era aún un misterio, pero un misterio vencido, del cual apenas quedaban rastros y muy poca intención de esclarecerlo. Hasta 2007.

En diciembre de aquel año, el Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos recibió un álbum de fotografías, donado por un antiguo oficial del ejército norteamericano, quien lo encontró después de la caída del Tercer Reich en un departamento abandonado de Frankfurt. Se trataba de un documento histórico particularmente valioso: 122 imágenes de Auschwitz, el principal campo de concentración de la era nazi, tomadas entre el verano y el otoño de 1944. Esas imágenes no sólo muestran a los jerarcas del lugar y sus ceremonias oficiales sino también a los verdugos con sus familias en las horas de descanso, con almuerzos al aire libre, excursiones compartidas y festejos de todo tipo para así aliviar el rigor que les exigía la Madre Patria. Esa colección –junto con otra, a la que se denominó El Álbum de Jacob, hallada por una sobreviviente de ese apellido también al concluir la guerra– constituye uno de los pocos vestigios visuales de Auschwitz. El autor fue un Obersturmführer (teniente primero) de las SS con cargo de “adjunto” en la comandancia de ese sitio. Su nombre: Karl Höcker.

Revolución de la alegría

Ese mismo año, al ser elegido jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri dijo: “El siglo XX fue el siglo de los derechos humanos; el siglo XXI debe ser el de las obligaciones ciudadanas”. Dos extraordinarias definiciones; especialmente, la primera. Porque la centuria pasada fue en realidad la de los genocidios. Y su hito más espeluznante, el sistema de exterminio en escala industrial ideado por los nazis. Auschwitz lo sintetiza.
 
Situada a 50 kilómetros de la ciudad polaca de Cracovia, su estructura edilicia parecía una enorme planta fabril. Tal impresión se robustecía por las chimeneas siempre humeantes de los hornos crematorios. Y constaba de tres campos principales: Auschwitz I, Birkenau y Buna-Monowitz. Este último era usado como unidad de trabajo esclavo por la empresa química IG Farben, que producía el gas letal Zyklon B, con el cual se eliminaba a los prisioneros. Ese complejo era una verdadera fábrica de muertes. Una fábrica cuya cadena de producción –gestionada en todas sus fases por unos siete mil efectivos de las SS– no dejaba ningún detalle librado al azar. Solamente allí fueron asesinados más de un millón de hombres, mujeres y niños.

El 27 de enero de 1945, una columna del Ejército Rojo abría las puertas de aquel infierno y liberaba a ocho mil sobrevivientes. La fecha entonces pasó a ser el Día de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto.

El domingo pasado, nada menos que el presidente Macri encabezó en el Palacio San Martín el acto correspondiente a tal aniversario, secundado por los integrantes de su Gabinete y la dirigencia comunitaria.

“La pérdida es inmensa, y por esa razón tiene que serlo también nuestra memoria”, resultó la frase más vibrante del tibio discurso que alguien le había escrito para la ocasión, y que él sobreactuaba con tono de campaña.

Claro que por ser un animal político con actitudes xenófobas, represivas y revanchistas –en una coyuntura mundial en que la ultraderecha se extiende como una mancha venenosa–, no está de más encuadrar su imaginario ante el horror de la Shoá. Al respecto, ciertas voces de su entorno son ilustrativas.

En tal sentido cabe recordar a Esteban Bullrich –para colmo a cargo del Ministerio de Educación– cuando al firmar en Ámsterdam un convenio con la Casa-Museo de Ana Frank se le ocurrió decir, forzando el tonito marketinero del PRO, que los sueños de la niña holandesa “quedaron truncos, en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir”. Esa era su interpretación sobre el régimen nazi. O cuando el intendente de Vicente López y primo presidencial, Jorge Macri, patrocinó la conferencia “Las dos Evas del poder: Eva Perón y Eva Braun” (sí, la amante del Führer) en el ciclo “Pequeñas biografías de grandes mujeres”, organizado por su municipio. O cuando –a mediados de 2017– el diputado de la alianza Cambiemos, Eduardo Pablo Amadeo, quien al referirse a la visita protocolar de la canciller alemana en el templo de la calle Libertad sorprendió a la opinión pública con la siguiente frase: “La presencia de Ángela Merkel a la sinagoga demuestra cómo es posible la reconciliación. El que quiera oír que oiga”.

Sin embargo la incontinencia tweetera del diputado Amadeo le aportó al tema una vuelta de tuerca no menor: la palabra “reconciliación”. Versöhnung, en alemán. Como si la señora Merkel fuera una representante tardía del Tercer Reich que supo cristalizar el bello acto de amigarse con el pueblo judío. Algo que también resultaría posible –así como usualmente lo desliza el oficialismo con notable obstinación– entre las víctimas y los hacedores del terrorismo de Estado en Argentina durante la última dictadura cívico-militar. En tal contexto lo de Amadeo no fue un disparate personal sino un pronunciamiento orgánico apuntalado en una burda fantasía histórica tendiente a falsificar –bien al estilo del PRO– el modo en que los alemanes procesaron su propio pasado una vez concluida la Segunda Guerra Mundial.

Pero desde un punto de vista objetivo, son solo derrapes ideológicos en una construcción partidaria que se desvive por resultar amable y dialoguista de cara al electorado. En fin, nada que la magia del coaching no pueda mantener bajo control. Y en este punto adquiere relevancia la figura del inefable Jaime Durán Barba, el gurú comunicacional del macrismo, ya que en una entrevista periodística para la revista Noticias se le soltó la lengua para decir que “Hitler era un tipo espectacular”.

Lo cierto es que aquel sujeto obeso y petiso es un atento intérprete de la conciencia colectiva. O al menos de ello se da dique. En una entrevista para el diario La Nación esgrimió su aguda visión del asunto: “Nosotros tratamos de comunicarnos con electores comunes. En las campañas, el votante que más nos interesa es el menos instruido”.

El concepto no sería de su cuño, ya que guarda una sugestiva similitud con lo expuesto en un texto teórico de la primera mitad del siglo XX; uno de sus párrafos señala: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida; cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa”. La cita pertenece al ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels.

La gran inventiva de ese hombrecillo cojo y macilento divinizó a Hitler; por ello fue considerado como el evangelizador del nazismo. Desde el poder controlaba las artes y la cultura con métodos tan expeditivos como la quema de libros. A la vez, transformó la prensa, la radiofonía y el cine en vigorosas herramientas al servicio de la manipulación masiva. Pero ninguno de aquellos logros llegó a equipararse con sus dotes de orador: los discursos pronunciados por él –y los que redactaba para Hitler– hechizaban a las multitudes. Durante tres lustros (entre 1930 y 1945) cinceló en la conciencia de los alemanes el soporte ideológico que en la Segunda Guerra Mundial contribuyó a llevar a la muerte a 50 millones de personas.

De de su obra sobreviven algunos recursos propagandísticos que aun en estos días hay quienes no dejan de tomar en cuenta. A saber: simplificar la lucha política mediante la construcción de un enemigo único; cargar sobre el adversario los propios errores y defectos; emitir argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público ya esté interesado en otra cosa; instalar la impresión de que la gente piensa “como todo el mundo”, creando así un clima ilusorio de unanimidad. Y repetir un puñado de ideas desde diferentes perspectivas, aunque siempre convergiendo sobre el mismo concepto. De ahí la famosa máxima goebbeliana: “Una mentira multiplicada mil veces se transforma en verdad”. Todo, claro inyectado por un optimismo ciego, jubiloso y arrollador.

¿Acaso la famosa “Revolución de la Alegría” del PRO no completa este combo? Tanto es así que los amenos “retiros espirituales” de sus funcionario, siempre rematados por una fotografía grupal en un paisaje idílico, ocultan con eficacia la sensación de derrumbe del país.

Al respecto, conviene volver a las imágenes tomadas por Herr Höcker.

La fábrica del mal absoluto

A mediados de 1944, llegó con suma puntualidad un tren cargado de judíos húngaros a la siniestra rampa de Birkenau, en donde se realizaba la selección de quienes vivirían y quiénes no. La atmósfera era surrealista. Sonaba un vals. La orquesta del campo estaba en medio de un ensayo. La melodía era suave y bella. Los recién llegados no podían imaginar que estaban en la antesala del averno. Entre ellos se encontraba la joven Lili Jacob. Un oficial (cuya cara ella jamás olvidaría) elegía a dedo a los candidatos inmediatos a la cámara de gas. El tipo seleccionó a sus abuelos, mientras ella y sus dos hermanos menores eran arreados hacia unas sombrías barracas. El uniformado lucía tenso.

En Auschwitz y en otros campos alemanes de exterminio, para atenuar el peso psicológico de las tareas asignadas, los SS cultivaban una camaradería inquebrantable. Y una vida social no menos intensa, a pesar de que vivían en un barrio periférico a las instalaciones del exterminio.

Eso bien lo supo Höcker, quien fue la mano derecha del comandante del campo, Richard Baer. Ese hombre, criado en Engershausen, empezó a trabajar de empleado en una sucursal bancaria de Lübbecke. No tardó en presentar la renuncia para ingresar a las SS, donde recibió entrenamiento militar. En 1943 fue destinado al campo de exterminio más importante de la Alemania nazi. Allí dio rienda suelta a otra de sus pasiones: la fotografía. Pero no se trataba de un artista escabroso. Por el contrario, Höcker documentó con su cámara la buena predisposición de los criminales hacia sus hijos, sus esposas y amigos durante las horas de descanso.

Son notables una serie de imágenes de su autoría, captadas en Solahütte, una base de las SS situada a unos 30 kilómetros de Auschwitz. Allí el régimen recompensaba con una semana de vacaciones a los guardias de Auschwitz que se destacaban en sus quehaceres. Hay muchas fotos tomadas por Höcker en ese lugar; una de ellas documenta un encuentro social para la jerarquía de las SS. Entre los presentes estaban algunos de los oficiales más conocidos de los campos, como Rudolf Höss y el doctor Josef Ménguele, célebre por usar seres humanos para sus experimentos.

Otras fotografías, tomadas el 22 de julio de 1944, muestran un grupo de las SS Helferinnen (mujeres que trabajaban para las SS como auxiliares y operadoras en comunicaciones) durante una excursión, al bajar corriendo por una rampa acompañadas por la música de un acordeonista. Otras seis fotos tituladas “Hier gibt es Blaubeeren” (Acá están las moras azules) exhiben a Höcker distribuyendo platos de moras a esas mismas mujeres, sentadas sobre una cerca. Al terminar de comer las moras con fingido dramatismo para la cámara, una chica posa con lágrimas falsas y un platito invertido. En aquel mismo instante, a poca distancia de allí, unos 300 prisioneros ingresaban en las cámaras de gas.

En 1945, poco antes de que el Ejército Rojo liberara a los prisioneros de Auschwitz, Baer y Höcker ya habían puesto los pies en polvorosa. Se sabe que un oficial norteamericano –cuyo nombre nunca trascendió– hallaría su tesoro fotográfico en Frankfurt.

A su vez, Lili Jacob halló el otro álbum en una oficina del campo Dora-Mittelbau, a donde fue trasladada por los captores en vísperas de la caída de Auschwitz. Asombra como ambos conjuntos de fotografías se entrelazarían en una misma historia.

En tanto, Höcker permanecía prófugo. Pero los británicos lo capturaron cerca de Hamburgo con una falsa identidad. Y fue liberado a fines de 1946, después de 18 meses de confinamiento en un campo de prisioneros de guerra. Entonces volvió con su familia a Engerhausen, en donde fue readmitido como empleado en el banco de Lübbecke. Perdería su empleo al ser sentado en el banquillo de los acusados del juicio a los verdugos de Auschwitz celebrado en Frankfurt a partir de 1963.

Allí, junto a él estaba el comandante segundo del campo, Robert Mulka, un antiguo despachante de aduana que en Auschwitz se ocupaba de garantizar el suministro de Zyklon B; el delegado de la Gestapo, Wilhelm Borger, un antiguo empleado contable que en Auschwitz investigaba a los prisioneros por hurtos y fugas; el jefe de enfermería Josef Klher, un antiguo carpintero que en Auschwitz mató con inyecciones venenosas a miles de prisioneros enfermos. Y el farmacéutico Víctor Capesius, un visitador médico de la IG Farben que en Auschwitz tenía bajo su mando el manejo de las cámaras de gas. Borger fue condenado a perpetua y Mulka, a 14 años, mientras que el resto obtuvo entre nueve años y la absolución, dado que fueron juzgados con un código del siglo XIX que no preveía el delito de genocidio.

En el juicio, Höcker se mostró como un individuo tímido, afable, como la mayoría de los hombres que había fotografiado en su paso por Auschwitz. Pese a los testimonios en su contra, el tribunal no pudo probar su papel de “seleccionador” en la rampa de Birkenau. En consecuencia, fue sentenciado solamente a siete años de prisión. Ya libre en 1970, recuperó su trabajo como jefe cajero del banco regional de Lubbecke.

Sus fotos y las del Álbum de Jacob, fueron recientemente analizadas por expertos para determinar si en alguna se podía ver al oficial-retratista en la rampa de selección. En una se observa un hombre con su mismo aspecto. La imagen fue adaptada a un software especial. Ese desconocido no era otro que Höcker.

A más de siete décadas del infierno de Auschwitz, ciertos funcionarios de un lejano país sudamericano interpretan al nazismo como “una dirigencia que no fue capaz de unir” o que es posible la “reconciliación” entre víctimas y verdugos. O que “Hitler fue un tipo espectacular”.

Galería: el descanso del horror