Categoría: Conmemoraciones

Fuente: Revista CONVERGENCIA N° 49    (4-04-2012)

Máxima epopeya histórica del heroísmo humano   

En épocas de Pesaj nuestra memoria se dirige inexorablemente a recordar, con devota y laica unción, la que ha sido una de las epopeyas más heroicas que registra la historia humana. Una gesta protagonizada por no mucho más de dos centenares de jóvenes, enrolados en las distintas expresiones políticas del socialismo judío de Polonia, que supieron hermanarse en una notoria lucha desigual contra la bestialidad humana, reivindicando el honor y la humillación infringida a una de las comunidades principales de la Diáspora judía. Una comunidad que, por su enorme y reconocida relevancia en el orden cultural, educativo, religioso y político, se había convertido en un  verdadero centro irradiador hacia otras comunidades judías dispersas en el mundo.

Marek Edelman, vice comandante de la Organización de Combate Judía, escribe en “El Gueto Lucha”, libro que publicó inmediatamente de finalizada la guerra: “Nunca hubo una relación tan armónica y coordinada entre gente de distintos partidos y grupos políticos como en ese período. Todos éramos combatientes de una causa justa con respecto a la historia y con respecto a la muerte. Cada gota de sangre derramada tenía el mismo valor.”

A 70 años del Levantamiento del Gueto de Varsovia recordemos en este sucinto artículo, qué es lo que llevó a estos heroicos jóvenes a ser protagonistas de esta magna epopeya, un intento de relato histórico abreviado que se hace presente cada año en nuestra memoria, cuando se avecina el Pesaj.

Producida la ocupación de Varsovia en septiembre de 1939, los casi trescientos mil judíos que allí residían, rápidamente se ven sometidos   a represiones, vejámenes, exacciones, golpizas implementadas por las fuerzas de ocupación alemana acompañadas por el   dictado de  numerosas normas, gravemente   discriminatorias y limitantes, que tuvieron el evidente propósito de aterrorizar a la población. Las más notorias son las que ningún judío podrá ya trabajar en la gran industria e instituciones públicas, ni ganar más de quinientos zlotys por mes (El kilo de pan alcanza a valer en determinados momentos 80 zlotys), ni podrá vender o comprar a “arios”, ni ser atendidos por médicos “arios”, como tampoco atender a pacientes “arios”. Tampoco podrá viajar en trenes ni tranvías, ni abandonar los límites de la ciudad sin un permiso especial, no podrán poseer oro o joyas y le serán requisada toda fortuna que supere los 2000 zlotys por familia. Desde el 12 de noviembre, todo judío mayor de 12 años debe llevar sobre el brazo derecho una banda blanca con una estrella de David, y en esa fecha comienza a regir una ley no escrita de responsabilidad colectiva, que concretan efectivamente ese mismo mes cuando son  fusilados 53 hombres que vivían en la vivienda de Nalevki 9 porque uno de sus habitantes había golpeado a un policía polaco.

En noviembre de 1940 los alemanes establecen el gueto de Varsovia. Toda la población que residía fuera de los límites establecidos es trasladada a ese sector, mientras que los polacos que viven en la zona del gueto deben dejar sus viviendas. Los alemanes clausuran rápidamente los locales que poseían los judíos fuera del gueto y, junto con todo el inventario, lo ceden gratuitamente a los comerciantes y traficantes polacos, queriendo de este modo ganarlos para su causa. Desde el 15 de noviembre ya ningún judío puede salir del gueto, quedando totalmente aislados del mundo exterior provocando con esta prohibición que los obreros y empleados judíos pierdan toda posibilidad de trabajo remunerativo, que va provocando una profunda indigencia, en una ya pauperizada población. A esta situación creada debe agregarse el ingreso masivo de miles de judíos expulsados de pueblos aledaños, despojados de todo lo que poseían y sin ningún sustento visible. Un dramático panorama  donde los niños mendigan en forma masiva, tanto en el gueto como en el sector  “ario”, zona donde buscan escabullirse a través del alambrado para conseguir un poco de alimento para ellos y sus familias, siendo muchas veces alcanzados por los disparos de los gendarmes. La hambruna es tan grande que la gente se muere por inanición. Todas las madrugadas la Jevra Kedisha recolecta decenas de muertos en las calles más los que morían en sus hogares, colocados por sus familiares en el umbral de sus casas, para que el entierro fuera costeado por la Kehilá. En los grandes e inhóspitos no calefaccionados templos y fábricas se van aglomerando cientos de personas sin vivienda, sin posibilidad de higienizarse, sin alimentos, donde permanecen acostados días enteros sobre sucias bolsas de paja sin fuerzas para levantarse. No resulta por lo tanto extraño que el tifus aparezca con toda su virulencia siendo cada vez mayor el número de viviendas donde se ven colocados los impactantes carteles “¡Manchas de fiebre!”. Con hospitales colapsados, con escaso personal médico, la gente va muriendo de a centenares y los sepultureros no dan abasto. El tifus con el hambre se han convertido ahora en los verdaderos opresores del gueto.

Desde el primer día de la existencia del gueto este fue dirigido oficialmente por el Judenrat, un consejo comunitario impuesto para hacer cumplir las órdenes del alto mando de las SS y que, al principio, los alemanes obligan a integrar con los más prominentes ciudadanos judíos de Varsovia. El único miembro que no se resigna a aceptar su nombramiento fue el destacado dirigente político y gremial bundista Artur Zyguelboim que, a raíz de su renuncia, debe huir del país logrando llegar a Londres, donde formó parte la representación judía en el gobierno polaco en el exilio hasta su suicidio ocurrido en mayo de 1943, al enterarse de la destrucción total del gueto.

Con el fin de sostener el orden público es creada una guardia uniformada judía que luego cobrará relevancia cuando comienza el exterminio masivo de la población a partir del 22 de julio de 1942.

En esa fecha la dirigencia del Judenrat es informada por el alto mando de las SS que el gueto sería desmantelado y que su población iba ser “trasladada” a otros lugares de trabajo y para ello necesitaba su efectiva participación. Al día siguiente se suicida el presidente del Judenrat, el ing. Adam Czerniakow, seguramente al enterarse cual sería el destino real de los habitantes del gueto, pero sin  dejar mensaje alguno explicando los motivos que impulsaron a que tomara  esta drástica decisión.

Diariamente este consejo debía ayudar a deportar a unos diez mil judíos, previamente conducidos al Umschlagplatz, una zona cercana a la estación del ferrocarril que luego los conduciría al campo de exterminio de Treblinka. Esta diaria movilización debía ser llevada a cabo por los 2500 policías judíos que tenían a su cargo el Judenrat, más el aporte de 200 policías ucranianos, 200 soldados letones y solo la participación de 50 miembros de las SS alemanas.

Entre el 22 de julio y el 12 de septiembre de 1942 fueron deportados y exterminados en los campos de Treblinka más de 265.000 judíos y otros diez mil en el mismo gueto durante las operaciones de deportación, siendo el remanente, aproximadamente 11600 personas, enviadas a campos de trabajos forzados.

A partir del 12 de septiembre, fecha en que se paralizan estas deportaciones masivas los distintos grupos enrolados en las distintas expresiones socialistas de la ya menguada comunidad judía varsoviana (solo quedaban en el gueto unas 60.000 personas) concretan una acción unitaria frente a un sanguinario enemigo común, constituyendo en octubre de ese año la Organización Judía de Combate. Desde ese momento la OJC comienza a tomar el control de todas las actividades del gueto, abocándose prioritariamente en aprovisionarse de armamento y material bélico suficiente para resistir futuras órdenes de traslado del resto de la población.

Esta suspensión de las deportaciones masivas se mantiene con pocas alteraciones hasta el 18 de enero de 1943, fecha en que los alemanes quieren reanudarlas, esta vez por expresas órdenes emitidas por el líder de las SS, Heinrich Himmler, de liquidar el gueto. Con grandes pérdidas de vidas, grupos armados de la OJC desbaratan una masiva deportación, logrando que los alemanes desistan de su operativo. Este primer enfrentamiento armado logra despertar la admiración, no solo de la comunidad hacia la OJC, sino de los propios grupos armados polacos como el Armia Kraiova, que envía una mayor cantidad de armamento y material bélico. En esos meses la OJC se convierte paulatinamente en la única autoridad que la población judía respeta. Es el momento en que ingresa al gueto una mayor cantidad de armamento por compras realizadas en la zona “aria”, con dineros obtenidos con impuestos que pagan hasta los mismos miembros que integran el Judenrat.

Por otro lado son efectivizadas sentencias de muerte que la comandancia de la OJC ha establecido para la mayoría de los agentes judíos colaboradores de la Gestapo.

Ante este incontrolable panorama los alemanes resuelven liquidar definitivamente el gueto de Varsovia. El 19 de abril comienza el primer levantamiento armado que se produce en los países de Europa sojuzgados por el nazismo.

Una resistencia que se prolongará por más de un mes, debiendo el poderoso ejército alemán recurrir a incendiar al gueto para reducir al puñado de combatientes que luchó hasta el último aliento sabiendo que su muerte era la única alternativa.

Una juventud que envió un último mensaje alentador a un entorno que los contemplaba atónito en donde afirmaban que no solo luchaban por su libertad sino por la de todo el mundo civilizado.

Una juventud que en medio de un panorama de derrumbe y destrucción todavía seguía creyendo en los nobles ideales de solidaridad social que los unía, no olvidando de entonar las estrofas de la Internacional en su obligada recordación del 1º de mayo, luego de una cruenta jornada de combate.

Honrada sea su memoria.